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Imagen: Melina Gómez

Por Agustina Arrigorria


Colapso del sistema climático planetario, agotamiento de los recursos naturales, continuas crisis financieras, crediticias y fiscales, automatización de los procesos productivos, debilitamiento de las organizaciones laborales, incapacidad política para enfrentar las coyunturas actuales y futuras, empobrecimiento, pauperización y fortalecimiento de la hegemonía neoliberal. Este es nuestro mundo y todo salió mal.

En consonancia con este diagnóstico lapidario del capitalismo actual comienza el Manifiesto por una política aceleracionista (2013) de Alex Williams y Nick Srnicek, quienes proponen acelerar el proceso de evolución tecnológica en pos de superar el sistema actual, preservando sus logros y remediando sus desaciertos a través de un proceso de radicalización democrática. Para los autores de este manifiesto, la crisis ecológica y social causada por el modelo productivo actual no tiene un escape hacia atrás sino solo hacia adelante: aminorar la técnica y el dominio sobre el mundo no constituye una opción válida, ya que el camino hacia el poscapitalismo será globalista, tecnológico y progresista o no será.

Este proyecto osado y optimista, apostador del todo o nada, no titubea ante la posibilidad de reproducción de la racionalidad instrumental que trajo a la humanidad hacia este lugar. Al respecto, hace más de medio siglo el filósofo alemán Max Horkheimer en su libro Crítica de la razón instrumental (1947) sostuvo que el paradigma de racionalización nacido en la modernidad, junto con la excesiva ponderación de la técnica sostenida por el ideal de progreso, generó una crisis cultural al reducir el pensamiento a la acción. Su idea de razón instrumental apunta a la enajenación de la razón como medio para un fin, la exacerbación de esta finalidad representada por la lógica del dominio técnico sobre el mundo termina amenazando con destruir la razón misma y la idea de hombre.


podríamos decir que la mayoría de los problemas a los que se enfrenta la humanidad actualmente han sido causados por ella misma en su intento por dominar el mundo.


Siguiendo el razonamiento propuesto por Horkheimer, podríamos decir que la mayoría de los problemas a los que se enfrenta la humanidad actualmente han sido causados por ella misma en su intento por dominar el mundo. El calentamiento global provocado por las emisiones carbono antropogénicas revelan que estamos destruyendo el mundo en nuestro intento por habitarlo más cómodamente: el extractivismo, la combustión fósil utilizada para la industria, el transporte y la energía eléctrica, la cría intensiva de ganadería, el uso excesivo de fertilizantes, la contaminación de nuestros ríos, tierras y la destrucción de los bosques son las principales causas del cambio climático. Entre sus consecuencias no sólo está el aumento progresivo de las temperaturas, el aumento de los niveles del mar y el deshielo de los polos y glaciares, sino todo el desorden ecológico que se produce con ello. La extinción y migración de especies animales amenaza con el desorden ecosistémico, cambiando las condiciones ecológicas y propiciando el aumento de enfermedades y plagas. Sin ir más lejos, la crisis social y económica causada por la epidemia mundial del covid19 ha tenido su origen en una mutación zoonótica provocada por el atropello contra la naturaleza, al igual que las anteriores pandemias. De esta manera podríamos decir, de acuerdo con Horkheimer, que la razón erigida frente al pensamiento mítico, ha terminado generando el mito de la razón, que en su instrumentalidad ha construido el monstruo tecnocrático que puso la ciencia al servicio del dominio.


De esta manera podríamos decir, de acuerdo con Horkheimer, que la razón erigida frente al pensamiento mítico, ha terminado generando el mito de la razón, que en su instrumentalidad ha construido el monstruo tecnocrático que puso la ciencia al servicio del dominio.


Esta idea ya había aparecido en la obra de Horkheimer años atrás, cuando escribió junto a Theodor Adorno Dialéctica de la Ilustración (1944). Su idea principal consistía en develar cómo la modernidad creó el concepto de razón a través de la idea de dominio de la naturaleza y de la alteridad. Esta dominación del otro concluyó, según ambos pensadores judíos, en el Holocausto, que lejos de ser un acontecimiento casual o irracional, fue la consecuencia ideológica de la exacerbación de la razón instrumental.

La crítica a los ideales de la modernidad (la razón, la ilustración, la técnica y el progreso) han sido objeto de estudio no solo para los pensadores de la Escuela de Frankfurt como Adorno y Horkheimer; también al otro lado del espectro ideológico y político, filósofos como Carl Schmitt y Martin Heidegger han presentado sus objeciones al paradigma tecnocrático. Estos cuestionamientos han sido de gran influencia para la tematización de otros problemas como los desarrollados por las filosofías de la alteridad, la teoría poscolonial, la ecosofía, los estudios de género y de animalidad. 

Pero no siempre tiene sentido el refrán “muerto el perro se acabó la rabia”. Muerto el murciélago o el pangolín sigue el covid y algunos estudios climatológicos indicarían que, incluso aminorando nuestros modos de producción, consumo y contaminación, los problemas causados por ellos persistirían. Sabemos que la exacerbación del paradigma tecnocientífico y la razón instrumental han causado desastre en el mundo por el sometimiento del mismo para su explotación económica, lo que no sabemos es cómo salir de este problema ¿lo haremos con más o menos razón? ¿con más o menos ciencia? ¿el progreso es una línea hacia adelante o hacia atrás? ¿hay progreso posible en algún modo, tiempo o lugar?

Mientras algunos enfoques metafísicos teorizan sobre el abandono de la lógica de dominio de la naturaleza y sometimiento del otro, otros correlatos pragmáticos como el de la teoría del decrecimiento promueven la disminución paulatina de la producción con el objetivo de establecer una nueva relación equilibrada y sostenible entre los seres humanos y la naturaleza. Algunos de los promotores de estas teorías apoyan las políticas folk “piensa global, actúa local” intentando contrarrestar los efectos de la globalización y la industrialización dirigiéndose políticamente hacia acciones locales y sustentables.


Sabemos que la exacerbación del paradigma tecnocientífico y la razón instrumental han causado desastre en el mundo por el sometimiento del mismo para su explotación económica, lo que no sabemos es cómo salir de este problema ¿lo haremos con más o menos razón? ¿con más o menos ciencia? ¿el progreso es una línea hacia adelante o hacia atrás? ¿hay progreso posible en algún modo, tiempo o lugar?


El aceleracionismo promueve exactamente lo contrario. En el Manifiesto por una política aceleracionista (2013) puede leerse: “Nunca creímos que la tecnología sería suficiente para salvarnos. Necesaria sí, pero nunca suficiente sin la acción sociopolítica”. Según Williams y Srnicek, solo la razón y la técnica pueden solucionar los problemas creados por ellas, de modo que la oposición sería entre una construcción poscapitalista globalizada que acelere la tecnología redirigida sustentable y democráticamente o una lenta fragmentación hacia el primitivismo, la crisis social y el colapso planetario. En su libro Inventar el futuro. Postcapitalismo y un mundo sin trabajo (2015) ambos autores sostienen que el capitalismo opera como un universal en expansión agresiva y que los esfuerzos por segregar espacios de autonomía por medio de políticas locales y decrecionistas están destinados al fracaso, por lo que es necesario desarrollar un plan de resistencia y avanzada poscapitalista que combine aceleración tecnológica, sustentabilidad ecológica y equidad económica.


Hegel decía que el búho de Minerva abre sus alas al anochecer y con esto ilustraba la idea de que la filosofía siempre llega tarde, es decir, que puede reflexionar una vez acontecidos los hechos.


Pero no es solo la razón técnica lo que el aceleracionismo viene a rescatar, también los ideales de modernidad: sus teóricos sostienen que la modernidad no debe ser rechazada sino disputada. En Inventar el futuro, Williams y Srnicek sostienen que todo proyecto contrahegemónico debe constituirse como perteneciente a una “modernidad de izquierda”, retomando el ideal de progreso histórico, promoviendo un horizonte universalista y un compromiso con la idea de emancipación. Este redoblar la apuesta consistiría en objetarle a la ilustración que no fue “lo suficientemente ilustrada”, que no ha generado una racionalidad sustentable que haya hecho del mundo algo mejor, que el progreso no ha sido tal sino colapso y que la idea igualdad, libertad y fraternidad pregonada por la Revolución Francesa no fue ni tan igualitaria ni tan emancipadora. Hegel decía que el búho de Minerva abre sus alas al anochecer y con esto ilustraba la idea de que la filosofía siempre llega tarde, es decir, que puede reflexionar una vez acontecidos los hechos. Y es cierto que hemos tenido que vivir guerras mundiales, bombas atómicas, explosiones de centrales nucleares, derrames petroleros a mar abierto, extinciones de especies adorables, accidentes por tecnologías subestimadas, ciudades arrasadas por el viento o sepultadas por el agua, pandemias causadas por negligencia, vidas sometidas a la nada, tan sólo para darnos cuenta de que algo anda mal. Todavía no sabemos cómo arreglarlo, discutimos con ciencia, contabilidad y filosofía de por medio cómo solucionarlo. Pero frente a este panorama derrotista, el colapso ecológico, económico, político y social es necesario elegir la urgencia por pensar pero también actuar al unísono. Los debates al respecto son interesantes pero el planeta no tiene tiempo para esperarnos. De algún modo, la tarea emancipadora sigue siendo la trazada por Marx en sus Tesis sobre Feuerbach (1845): “Los filósofos, hasta el momento, no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, ahora de lo que se trata es de transformarlo”. Transformémoslo. Salvémoslo.