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Ph: Maximiliano Ubalde

Por Carlos Fuentealba


Las crónicas de este diario suelen buscar la transparencia. Esta no lo hace. O por lo menos, no en el sentido que entendemos habitualmente la idea de transparencia: la facultad de los grupos económicos para controlar el aparato del Estado.

Estas líneas, además, se anticipan a sus críticos, que en defensa de la citada idea de transparencia, saldrán a acusar al autor con su sentencia preferida: polarización. El diccionario define la polarización como el acto de “modificar los rayos luminosos por medio de refracción o reflexión, de tal manera que no puedan refractarse o reflejarse de nuevo en ciertas direcciones”. Es una palabra de la física y su sentido se puede entender fácilmente si pensamos en un auto con los vidrios polarizados. La oscuridad sobre el cristal permite que veamos hacia afuera, pero no permite que seamos vistos si estamos adentro. Demás está decir que este tipo de vidrios lo utilizan los narcotraficantes y la policía secreta; los políticos cazurros y toda la industria delictual que gira en torno a ellos. 

La historia de esta crónica parte como una idea que no prospera. Una idea que, como muchas, muere en la reunión de pauta, ante el “no” seco e incómodo de un editor. Sin más explicaciones. Ahora, sin embargo, llega a ustedes gracias a que ese mismo editor está de vacaciones y el autor de estas letras ha decidido tomarse algunas atribuciones para bajar el vidrio polarizado.  

Pues bien, hechas todas estas aclaraciones, vamos al asunto: acabo de salir de la cárcel. Sí, como lo leen. Hoy 4 de julio de 2011, me han librado de la Penitenciaría de Santiago, a la que me habían trasladado horas antes desde la Comisaría de Maipú. ¿Mi delito? Hurto en grado menor, lo que representa una falta. ¿Mi pena? Una noche de encierro, una multa de 20 mil pesos y la prohibición de acercarme por seis meses al lugar de la falta. ¿Y en español? De un hipermercado me afané una brocha para pintar que costaba 1500 pesos (tres dólares para los turistas). 

En el pasillo, la eché en mi mochila e intenté salir del local. Los guardias que me vieron por cámara detuvieron mi paso y me llevaron hasta una sala del subterráneo. Allí, una hora más tarde, me pasó a buscar un furgón de la policía, que me llevó a constatar lesiones y luego a la comisaría, esposado. Me dieron de puntapiés cada vez que subí y bajé del vehículo. 

En la comisaría, me encerraron en una celda junto a una docena de tipos. Cada tanto entraba o salía uno. Todos varones. En la celda de mujeres, al lado, había sólo una muchacha que no paraba de llorar. 

“Zapata”, leyó mi apellido el oficial, “cuando no pierde, empata”, remató. Dos cabos soltaron una risa estúpida. “Así que robo de brocha para pintar ¿Es usted pintor?”. Otra risotada de los cabos. “Pues espere a que el Fiscal ande de buen ánimo y lo suelte”. Me senté dos horas en silencio. Ya se hacía de noche y tras una llamada telefónica, el oficial abrió la reja y sacó a dos adolescentes.  “Mala suerte, amigo”, me dijo y cerró. 

Pasaron dos horas más en las que ninguno de los apresados abrió la boca. Descalzos y sin teléfonos, mirábamos el suelo o algún punto de la pared. Escuchábamos en cambio las conversaciones de los policías en torno a los programas de televisión, el campeonato de fútbol y alguna borrachera de un cabo que nunca terminaba de explicitarse. Eran muy parecidas a las conversaciones del diario o de cualquier trabajo. 

De pronto se escuchó que llegaron más personas a la comisaría. El ambiente cambió y apareció el oficial con un muchacho pálido, al que sentó en el piso de la celda. Del sermón que le dio, dedujimos que se había tratado de suicidar. “La vida es bella, amigo mío, siempre hay una salida”, y una serie de cosas así. Antes de cerrar la puerta, el oficial nos retó a todos: “sean solidarios con este hombre”. “Qué hijo de puta”, dijo el supuesto suicidado cuando el policía se alejó y todos nos reímos en sigilo. 

Un hombre que estaba a mi lado me preguntó por qué estaba allí: “vos no tenís pinta de estar acá”. Le conté y tras una leve condescendencia me contó que esa era su vida habitual: pasaba por allí una o dos veces a la semana. Se dedicaba al oficio de “mechero”, una mezcla entre ladrón y comerciante que roba mercadería en bajas cantidades de los supermercados y luego la vende en la feria. Se aseguraba de no superar los 10 mil pesos para que no lo procesaran.

Así, cada tanto lo descubrían, lo encarcelaban por una noche y lo dejaban salir al otro día, con una multa de 20 mil pesos y la prohibición de acercarse al lugar donde lo habían pillado. Lo mismo que me pusieron a mí. Para él era parte de los costos. Para su mujer también. Me mostró una foto con ella y con su pequeña hija, Michelle. “Es la forma que encontré para alimentarla, hermano. No quiero que nunca se entere”. 

No hablamos mucho más hasta que amaneció. Los policías entonces nos subieron al pick out de una camioneta techada y cerraron la puerta. Ya a oscuras, un hombre aprovechó de prender un cigarrillo que circuló entre todos, volviendo casi irrespirable el poco aire que había durante el viaje. 

Media hora más tarde, nos bajaron de la camioneta en un patio. Nos hicieron caminar formados por un largo pasillo y esperar nuestro turno de revisión. Tras escuchar mi apellido entré a una salita donde un gendarme me revisó entero, me ordenó desnudarme, me pidió que me sacudiera el pelo, que me abriera las nalgas y que hiciera diez sentadillas.

Tras asegurarse que no tenía nada, me pasó un overol para que me vistiera y me hizo pasar a otro pasillo, a otra fila. Allí, esperamos otro largo rato hasta que nos condujeron a un calabozo gigante, donde se mezclaban presos de todas las comisarías. Algunos se conocían y hablaban sobre personajes en común, de afuera y adentro de la cárcel.

Allí sí que encontré a algunos hombres que me atemorizaron. En especial uno alto y muy blanco, con barba de candado, que parecía vigilarlo todo desde otro lugar psicológico. Cuando notó que lo miraba, clavé la vista al suelo y no la volví a levantar. Cada tanto, un gendarme abría la reja y enumeraba algunos apellidos de hombres que salían con él. Después de decir el mío, me condujo hasta una sala donde, tras un rato de espera, me hicieron pasar por una pequeña ventanilla. Del otro lado, un abogado revisaba el ingreso. “No puedo creer que por una brocha esté aquí un sujeto como usted”, me dijo. “No lo puedo creer por usted, ni por el fiscal, ni por la policía”. 

Luego me llevaron a un pasillo subterráneo, donde estaban todos los ingresantes formados. Nos hicieron ejercicios de fila militar, de esos que hasta hace pocos años pedían en todas las escuelas públicas: “arriba, al lado, a discreción ¡firme!”. Todos seguíamos maquinalmente las instrucciones. En la fila me crucé con el mechero de la comisaría, quien me dijo a la pasada que ya estábamos por terminar. Pero no era así. De allí, fuimos a parar a otras celdas, esta vez mucho más pequeñas. 

Pasaron dos horas en las que nadie abrió la boca. Fui el primero al que llamaron y caminé  por un pasillo azuloso de concreto y tubos de neón que llevaba hasta una puerta metálica. Traspasarla, era cambiar de dimensión, salir de una nave espacial para entrar a un mundo de oficinas con luces cálidas y paredes chapadas en madera. De inmediato se agradecía la sensación de amplitud. 

Y allí, un juez llevó a cabo el procedimiento que derivó en la multa que ya expliqué. 

Tras la sentencia, me devolvieron la ropa y me condujeron hasta la salida. Ya en la calle, pasó por mi lado el mechero que me indicó el camino hacia el metro. “Váyase derechito, amigo”. 

Le hice caso y llegué hasta acá, donde escribo estas líneas, que probablemente me terminen costando el trabajo.

Pero es la segunda vez que pasa esto. 

Sí, tal como lo oye. La primera, fue hace un año, pero no fue adrede. Salvo el hombre de la comisaría, los hechos fueron casi idénticos. Entonces sí necesitaba la brocha y terminé pagándola muy caro. 

Hace seis meses se produjo el incendio de la cárcel de San Miguel que acabó con la vida de 81 reos. Entre ellos, un mechero que conocí en mi reclusión. En este mismo diario, financiado por senadores, banqueros y militares narcotraficantes, se publicaron muchas columnas que insultaban a la memoria de esas personas. 

Pedí entonces escribir esta crónica, pero como ya conté, el editor dijo que no, sin más razones. 

Entonces decidí esperar a poder eludir su censura y publicar sin permiso. Como en las películas de periodistas. Repetí el procedimiento del robo y la captura para asegurarme de que lo que quería denunciar fuese real: la normalidad del sin sentido y la pena social. Porque, de cierta forma, yo también cargo con ese absurdo y quería pagar por adelantado mi derecho a publicar estas líneas. 

¿Por qué? se preguntarán ustedes a esta altura. 

Por los 81 de San Miguel y por todos los presos, pienso, por el padecimiento que vengo arrastrando desde hace mucho tiempo y, en definitiva, porque me pienso bancar estas líneas escritas alguna vez por un loco:

“Soltad al pájaro en mano por aquellos que están volando

Abandonad si hace falta una vida cómoda, aquello que os presentan como una situación con porvenir.

¡lanzaos a los caminos!”.