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Los Fatales

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Entrevista a Tomás Rosner

Por Matías Segreti *


Tomás Rosner nació en Buenos Aires en 1986. Es abogado y docente de “Derecho y literatura” en la Facultad de Derecho (U.B.A) e integra el Seminario Permanente de Derecho y literatura (Instituto Gioja U.B.A). Es el creador de la cuenta de Instagram @los_fatales y organiza el ciclo de tradición oral “Los Fatales”, que este año fue seleccionado por el Centro Cultural Recoleta en la categoría “lecturas performáticas”. También co-produce Poesía en tu Sofá Argentina, espacio de encuentro virtual de poetas de diferentes lugares del país, cada uno desde su casa. Además, da talleres de poesía presenciales y virtuales. En 2018 publicó Ginseng (Modesto Rimba) que fue reeditado en 2019 y se consigue en papel o e-book
vía Abre Cultura


¿Cómo surge Los Fatales?

Durante diez años, la política fue mi vida. Eso empezó en la facultad de derecho con NBI en los primeros años y después cuando faltaba poco para recibirme, con algunxs compañerxs fundamos La Centeno. Además, trabajando en el Poder Judicial, me metí a militar fuerte en el sindicato. Eso sin contar que siempre intenté hacer algún aporte para que creciera el peronismo en Ciudad de Buenos Aires. Las elecciones de 2015 fueron una experiencia bastante chota: vi muchas miserias, dejé el cuerpo y fue el punto final de un proceso que, después de tantos años, venía desgastado.

Sin embargo, todo ese tiempo, la literatura hacía apariciones. Para mí y para muchxs de mis compañerxs de militancia, la literatura era algo que importaba. Nos pasábamos citas de libros, hablábamos de poesía. De hecho, estoy convencido de que para entender  la política es clave un abordaje literario. Fijate que los mejores libros sobre el peronismo vienen de la ficción, Los Reventados de Asís antes; el tuyo y el de Juan Von Zeschau ahora…  pero me estoy yendo por las ramas…


Para mí y para muchxs de mis compañerxs de militancia, la literatura era algo que importaba. Nos pasábamos citas de libros, hablábamos de poesía. De hecho, estoy convencido de que para entender la política es clave un abordaje literario.


Cuando perdimos el ballotage de 2015, sentí que atravesaba una muerte simbólica y busqué conectar con lo que me hacía feliz antes de la militancia. Ahí,  para salvar las papas, apareció la poesía. Mis amigues siempre me decían que tenía que compilar las citas que les mandaba por whatsapp; y con esa idea surgió Los fatales. Las citas de libros no como constancia de conocimiento sino como encuentro amoroso: la idea de tener una cita con alguien! Después, la cuenta engordó un montón y las citas son solo un aspecto de todo lo que se difunde, pero la historia empezó así.


Las citas de libros no como constancia de conocimiento sino como encuentro amoroso: la idea de tener una cita con alguien!


¿Por qué la poesía? ¿Cuál es tu relación con ella?

Fue medio de casualidad. Hasta esa época, la poesía me interesaba (había leído a Fabián Casas, ponele), pero nunca había profundizado.

Mientras la interna del peronismo me tenía para el cachetazo, invité a salir a una chica que me encantaba (ahora somos novios). La excusa era intercambiar libros. Yo me olvidé, pero ella cayó con unos de poesía under que me gustaron mucho. Gracias a ella también conocí la movida de los slams de poesía oral. Ese circuito me estimuló mucho. Fue un flash ver cómo crecía un texto con una buena interpretación: se me abrió un universo. 

A partir de ese momento, empecé a trabajar con dos momentos a los que le doy la misma importancia. Escribir el poema y corregirlo con si fuese un bonsai (ese ejercicio espiritual del que hablaba Abelardo Castillo). Después, trabajar en la interpretación. 

Podés tener el mejor poema del mundo que si no lo sabés leer, cuando lo quieras compartir, no va a pasar nada. Leónidas Lamborghini decía que la poesía es la vacilación entre sonido y sentido. Bueno, para que aparezca la dimensión sonora en su totalidad es necesario leer en voz alta. Si además de leerlo en voz alta, se lo leés a más gente la experiencia crece todavía más.


... empecé a trabajar con dos momentos a los que le doy la misma importancia. Escribir el poema y corregirlo con si fuese un bonsai (ese ejercicio espiritual del que hablaba Abelardo Castillo). Después, trabajar en la interpretación. 


Para mí la oralidad es muy importante y no se limita a la poesía. Por eso, desde el año pasado empecé a armar eventos de “tradición oral” en los que reúno diferentes artistas: cuenteros, hiphoperos, performers, payadores, incluso profesores. O sea, diferentes trabajos que tienen algo en común: el compromiso con la palabra. En tiempos de crisis de la experiencia, reunirnos en torno a la escucha de una historia nos permite habitar y respirar lo real. Ahora por la pandemia, tuvimos que mudarnos al formato streaming. Armamos Poesía en Tu Sofá Argentina, pero la premisa es la misma: dejar el cuerpo para hacer vital lo digital.

Paz del Percio, Tomás Rosner y Maxo Garrone. (Ph: Mili Morsella)

¿Es necesaria la poesía?

Durante un tiempo, me identifiqué con la idea de que el arte no era útil, pero sí necesario. Sin embargo, últimamente, venía cambiando de opinión. No digo que sea útil en el aspecto más especulativo que el término, por cierto, tiene, sino en el sentido de que puede servir para vivir mejor. En cuarentena, leí el libro de Rebecca Solnit Una guía sobre el arte de perderse y me terminé de convencer.

A pesar de que soy adicto a la lectura y creo que no hay que pedir nada a cambio de leer, valoro especialmente los libros que me ayudan a ver la realidad de otra manera. Como dice Carlos Skliar: “leer lo cercano para pensarlo de otro modo, leer lo ajeno para percibir lo próximo”. No me interesa la lectura en tanto camino de libros hacia otros libros, pero sí como herramienta para entender que el mundo puede ser visto de otro modo. 

Leer y escribir poesía nos proporciona una mirada que no está mediada por el sentido común. Eso es clave para relacionarnos con algunas cuestiones que si bien son inherentes a la vida, no tienen ningún lugar en nuestra educación. La incertidumbre, la confusión, lo desconocido. En otras palabras, todo lo que nos va a pasar como seres humanos.

Es muy loco cómo desde que empezó la pandemia, hay mucha gente que busca refugio en la poesía o la filosofía. Me parece lógico porque proporcionan otras maneras de entender el mundo. Como decía Mirta Rosenberg “en tiempos de catástrofe, la poesía crece”.

¿Dónde se encuentra, dónde está la poesía para vos?

La poesía está en todos lados, pero no todo es poesía.

Ah re que se extendía un montón en una pregunta y en la otra hacía un haiku…



¿Qué pensás de la inspiración?

Mmmm…

A veces, aparece una electricidad: te ponés a escribir y queda algo que, como diría Gerardo Montoya, es de relativa dignidad. Eso es lo más parecido a la inspiración que conocí, pero nunca estuve en trance ni nada por el estilo.

Me parece que hay que confiar en las intuiciones. Si viste brillo en una situación o en una frase, lo mejor es ponerse a jugar con eso sin la presión de que tenga que transformarse en qué sé yo, Tierra Baldía, por citar el ejemplo del Gran Poema.

Me funciona conectar con el texto desde lo lúdico ¡para presionarnos y tener que cumplir con los mandatos está el resto de este planeta en ruinas!

¿Cómo escribís? 

Casi siempre estoy escribiendo. No algo literario, digamos, pero sí estoy escribiendo. Tomando nota de una idea que se aparece, armando un posteo, mandando un mail. Escribo aunque no necesariamente sea algo, digamos, literario.  

Escribo de dorapa, sentado, acostado. En una libreta, en un google docs, en un cuaderno. En lo que tenga a mano en ese momento. De hecho, cuando estoy leyendo un libro y me dan ganas de escribir, lo hago ahí mismo. Qué pelotudez esa de que marcar un libro es faltarle el respeto. Están en pedo. Todo lo contrario. Nos quieren convencer de que la experiencia de la literatura pasa por apoyar un libro al lado de un lemon pie en Le Blé.


Nos quieren convencer de que la experiencia de la literatura pasa por apoyar un libro al lado de un lemon pie en Le Blé.


¿Cómo tratás en tus poemas lo político, lo social?

No les doy un tratamiento especial. Simplemente aparece. Si bien me alejé de la militancia territorial o sindical, sigo militando y valoro a la política como herramienta de transformación. En un poema, lo mejor que podés hacer por ese mundo es evitar ser consignista, ¿viste? Para eso, están los comunicados. Si caés en lo panfletario, el poema pierde power.

Hace poco vi un meme, el de los perritos, que decía algo así como: poeta del Siglo XVI, conoce las tramas de la construcción del lenguaje, va a la guerra, escribe 15 sonetos por noche, muere. Y después estaba el poeta del Siglo XXI, juega con el lenguaje y se saca selfies. ¿Cómo ves la escena poética actual?

Ese meme es espectacular.

Me parece que hablar de una moda de la poesía es demasiado, pero sí es cierto que está en expansión y eso me encanta. Lxs pibitxs podrían estar haciendo cualquier banana y sin embargo, están escribiendo, leyendo, recitando. Eso no puede ser malo y ponerse en policía de la poesía me parece un lugar inhabitable.

Después, claro, uno puede analizar ciertas cuestiones del fenómeno. Hay algo de la ansiedad de época que favorece a la poesía en tanto texto breve, ¿no? El rol de Instagram también es central porque si bien favorece la difusión de poesía, por momentos, la condiciona bastante. No voy a demonizar a las redes ni mucho menos (sería muy hipócrita, Los Fatales es, sobre todo, Instagram), pero me parece fundamental para nuestra generación no centrar nuestra búsqueda en la cosecha de likes. Fabián Casas dice que uno likea por empatía, el like es igual a uno mismo y justamente, la mejor poesía es la que pone en crisis nuestro sistema de creencias: la que nos contradice.


La gracia de la literatura es que se regodea en la ambigüedad, que es críptica, no explica el chiste como otros trabajos con la palabra como, por ejemplo, el periodismo. Creo que eso hay que tenerlo claro. También me parece fundamental conocer la tradición poética que nos precede. Escribimos con los pedazos de otros y salvo que seas un marciano, la única manera de mejorar la escritura es leer. 

Pero volviendo a la pregunta, me pone contento ser contemporáneo de un montón de artistas geniales que exploran la palabra, la oralidad y que también hacen puentes entre las disciplinas vecinas como el teatro y el arte plástico. Ni hablar toda la movida de arte digital, es una locura. El otro día descubrí al art gaming, son videojuegos con impronta poética, me partieron la cabeza.


Escribimos con los pedazos de otros y salvo que seas un marciano, la única manera de mejorar la escritura es leer. 


*Matías Segreti es escritor y docente. Publicó las novelas “El día que conseguí trabajo” (2020) y “Aunque a nadie ya le importe” (2018). En 2019, el libro de relatos “Los brutos”. Es editor de Revista URBE.

Ilustración de Leila Barrios

Por Tomás Rosner


Ya no se tiran los papeles desde los balcones del microcentro a fin de año. Por la corrección política de las oficinas medio pelo que la juegan de empresas ecológicas, pero sobre todo, porque los rituales están en vías de extinción. Marechal decía que Buenos Aires ya no tenía conciencia fluvial. Hace setenta años lo decía y tenía razón: ¿Cuánto hace que nadie usa el Río de la Plata para ubicarse, para encontrar un lugar para emborracharse, para saber quién es?

Así andamos: sin rito ni brújula. Hay más grupos de whatsapp sobre asados que asados concretados. Esa estadística debería alarmarnos.

Pero justo pasa algo que expone los límites de estas certezas y hace flaquear mi teoría. La vida de un amigo cambia para siempre porque su vieja se muere y mi día se transforma porque, en vez de ir a trabajar, me mando al velorio: se me había escapado que el ritual sí tiene vigencia cuando aparece la muerte.

Llego y lamento no poder tomar café ni arañar una masita porque ya están todos arrancando para el entierro. En la vereda, me encuentro al Guille; también vino a saludar. Hace años que no lo veo y me siento culpable. Ante la duda, siempre prima la culpa: así nos criamos. Para compensar, le digo que se suba a mi auto y vayamos juntos. Acepta, pero dice que soy un careta, que no le respondo nunca, que soy amigo de Chacarita, del comisario, la represión y la demora en la línea B por problemas en una formación.

Agarramos Panamericana: buscamos un cementerio privado al estilo Jardín de Paz pero con otro nombre. Las referencias inexactas que demoran la llegada y un sorpresivo cartel con una flecha grande que abre la posibilidad de enfilar para Uruguay me sumergen en una calma que, en realidad, es sopor y que desaparece cuando el Guille vuelve al ataque. Ahora soy amigo del marido que la fajaba a Xuxa, de los links que no abren, de que Ferro siga marcando en zona, de los vendedores de libros que no saben nada de libros y de la cartilla de la obra social de un sindicato caído en desgracia.

Nos conocimos en la época en que había vuelto la política. Todo parecía posible, hasta armar algo digno con el peronismo de la Capital. Me acuerdo solo dos cosas de la noche de invierno en el restaurante vasco: a la gente de Alberto Fernández (un Alberto que estaba en la B Metro) insistiendo en que el mal olor del subte tenía que ser un eje fuerte de campaña y al Guille pidiendo sumarse al espacio. Igual que hoy, tenía campera de cuero y la mirada perdida. Cuando te piden militar uno no pregunta nada: todo suma, todos adentro. No hay test psicofísico para militantes. Quizás sea un error.

Después de pagar un peaje de más, retroceder y cruzar un puente, encontramos la bajada de la autopista. Guille aprovecha el acierto para atacar por sorpresa: ahora soy amigo del desodorante glade aroma espíritu joven, la teoría del derrame, la idea de Martino, los que se hacen los dormidos cuando sube una embarazada al bondi y los capítulos nuevos de Los Simpsons. Al parecer, también me junto los domingos a comer carnes con los fondos buitres.

Estacionamos. Se ve que a la mayoría también le costó el itinerario porque no estamos tarde. La gente se amontona en el único cuadrado de sol del jardín con pasto mejor cuidado que el Bernabéu. Dan ganas de pasar ahí un fin de semana largo. Entre los asistentes descubro a Fito Páez. Pienso en pedirle una foto, pero no quiero quedar desubicado.

Guille se prende un pucho, no parece demasiado subyugado ni por el lugar ni por la presencia de un famoso. Me susurra que soy amigo de los institucionalistas, de las vacaciones con lluvia, de los periodistas deportivos que critican a Messi, de querer todo digerido, de los pre candidatos al primer cargo que aparezca, de la Goldman Sachs, de que el Coyote nunca haya agarrado al correcaminos y de los plomeros que cambian el cuerito por dos lucas.

Voy al baño sin ganas, solo para escapar. Mear sin ganas es un castigo suave al lado de dormir sin sueño o comer sin hambre. O morir de hambre. Como no funciona la traba de la puerta, pongo una pierna para que no se abra pero me tira el isquiotibial así que me la juego. Igual cuando está fresco la gente hace menos pis, pienso y desenvaino. Justo, qué mala leche, empujan la puerta. Es Fito Páez. “Fito, estoy meando” y él levanta las manos como pidiendo disculpas. Cuando salgo, lamento que ya no esté. Ahí sí daba para selfie sin familiares, ¡sin deudos! (como dicen los periodistas) que se indignen por mi cholulismo en ocasión de duelo. Habrá buscado otro baño o se habrá meado encima: los artistas son capaces de cualquier cosa.

Vuelvo reenergizado, seguro influyó haber tenido la chance de interactuar con Fito: veo a la gente peregrinando por una de las callecitas internas. El cuero de la campera del Guille brilla entre todos. 

El cielo ya está cubierto y el frío se volvió nítido. Seguro tiene incidencia en el clima, el grupo de hombres que carga el cajón. Acelero el paso hasta quedar detrás de los más rezagados. Algunos lloran, otros parecen aburridos como si estuvieran de camping con sus tías abuelas. En un momento, la caminata se frena. Un empleado del cementerio indica que ese es el lugar y depositan el cajón en un pozo ya preparado para recibirlo. Sincronizadísimo aterriza un cura que empieza a hablar. Lleva un rato largo de cháchara cuando hace una pausa, me mira y dice que soy amigo de los focus group, del fiambrero que corta el jamón despacito, de Ernesto Laclau, la bacteria que provoca la diarrea, el megacanje, y del que le caga sistemáticamente los Oscars a Leo Di Caprio.

Por primera vez en la tarde, veo a mi amigo, el hijo de la muerta, que me sonríe. Trato de adivinar si detrás de ese gesto hay tristeza pero se lo ve normal. El cura pide hacer un minuto de silencio que dura como tres minutos. Cuando queda claro que ya terminó todo, empiezo a caminar hacia la zona del estacionamiento desandando el trayecto que hicimos a la ida.

Lo pierdo al Guille, pero justo me interrumpe el paso mi amigo y nos abrazamos. Hacía mucho que tampoco lo veía a él: se lo ve impecable. “Fue para mejor” dice, sin darme lugar a ensayar alguna frase de ocasión. Me cuenta que su mamá la venía pasando mal, el dolor solo bajaba gracias a unas galletitas de marihuana que él mismo había aprendido a cocinar. Con un alambre les empecé a dibujar cosas, a ella le divertía. Primero palabras como fe o fuerza. Después me animé a pequeños dibujos: estrellas y animales. Dice que tiene ganas de largar todo y ponerse a fabricar esas galletas.

Se acercan unas viejas: le dicen que su madre fue una gran persona. Evito el momento con un giro hacia atrás. Veo árboles de distintas especies; las hojas tienen diferentes tonos de verde; algunas son directamente amarillas. Descubro al Guille cara a cara con la tumba, súper compenetrado. De repente, desde el cielo encapotado y espeso como un puré de manzana se filtra un rayo de sol que da, mitad sobre la tumba, mitad sobre su campera de cuero. Me acerco y me le paro al lado, ni bien siento ese arrebato de sol sobre el cuello me doy cuenta de lo mucho que lo necesitaba. Nuestro amigo ya despachó a las viejas y se acerca: pasa por el medio de los dos. Para eso, nos empuja un poco y después pone sus brazos por arriba de nuestros hombros. Nos quedamos así los tres en silencio, frente a la tumba. Un momento de la concha de la lora.

Cuando el rayo de sol languidece, nuestro amigo propone que vayamos a comer. Dice de ir por Flores que es zona de milagros. Aclara que no tiene expectativas de hacer resucitar a su vieja, pero que es auspicioso ir a un lugar así después de una muerte. Explica que Flores es el corazón esotérico de la patria. Cuenta que ahí se construyó la primera basílica del país y que también está la primera casa de Perón en Buenos Aires. Que, de ese barrio salió el Papa y que a Rucci lo liquidaron en Nazca y Avellaneda. Además, que el Pacto de San José de Flores se firmó en esas calles y ahora él está pensando en poner por ahí el local de galletitas con las que mejoró el final de la vida de su mamá. Por fin se toma un respiro, hace un pausa corta y nos dice que su idea es que laburemos los tres en el negocio. Para convencernos menciona que puede ser divertido hacer algo juntos pero sobre todo, hace hincapié en lo miserable que son nuestros trabajos actuales.

Nos metemos en mi auto y arranco para salir rápido a una calle sin tanto olor a cadáver. Cuando logro que subamos a la autopista, nuestro amigo amplía lo que me había empezado a contar en el entierro: que su vieja sufrió un montón porque los dolores eran muy fuertes pero que, después de la tercera galletita, se tranquilizaba y podían charlar lo más bien. Ella se ponía muy graciosa y justo la noche anterior a que muera habían dicho de escribir juntos la letra de una canción que le sirviera de epitafio a su tumba.

– No, nos dio el tiempo… nunca la había pasado tan bien con mi vieja.

El Guille tose como pidiendo permiso para hablar. Tengo miedo que le parezca un momento oportuno para acusarme de ser amigo de los protocolos anti piquetes, de los falsos tratamientos para la caída del cabello y de la depresión post partido de fútbol  5 que estuvo choto.

Pero no. Dice que un buen epitafio es: “galletitas de marihuana para toda la alegría de la gente”.

Le decimos que para epitafio es delirante, pero que como eslogan del negocio que vamos a abrir los tres en Flores puede andar. Nuestro amigo ya tiene visto un local sobre la calle Boyacá, que mira, a lo lejos, casi por casualidad, al Río de la Plata.


*Tomás Rosner es abogado, profesor de derecho y literatura en Facultad de Derecho U.B.A. Organiza el ciclo de Tradición oral Los Fatales, integra el consejo editorial de Revista Movimiento y Revista Poliedro (Universidad de San Isidro). Creador del Instagram @los_fatales. En 2018 publicó Ginseng (Modesto Rimba) que va por su segunda edición.