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Leandro Surce

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Imagen: Diego Rojas

Por Leandro Surce


La continuidad del espacio no sólo nos permite habitarlo. La posible coextensión es el correlato físico de la empatía. [Descartes jamás sospechó esta gran virtud de la res extensa]. Para ponerse en el lugar o en los zapatos del otro, siempre constituirá un requisito fundamental tener “un poco de tacto”. Y no debería ser una novedad que el tacto halla su aplicación natural posándose sobre cuerpos 3D. [No se puede tocar un número natural. Como bien advirtió Borges en su cuento “El disco”, los objetos de dudosa profundidad están condenados a perderse de vista]. Así pues, entrar en contacto es una forma de enhebrar extensiones. Ahora bien, ¿qué tiene que ver todo este rodeo con los haikus? Que si admitimos que el mundo cabe en una canción (así dice Fito Páez) también deberíamos admitir que cabe en ese micropoema de origen nipón llamado haiku. 

Ahora bien, para entrar o salir de un mundo hace falta tener dónde meter el pie. Es decir, recrear un espacio profundo, habitable. Piensen, no sé, en el cubo de Necker. En una caja. En algo que se puede llenar, vaciar o atravesar. Estimo que ningún o ninguna contorsionista pondría en entredicho este repaso lógico de la intimidad del espacio. Leer un haiku es dar ese paso que ejecuta la intención de superar un umbral. Se está de pronto en otro lugar. Se está en otra estación del año (al típico estilo japonés). En otra geografía. Sin embargo, nada de eso sucede si las extensiones no se conectan: si el lector no empatiza, no entra en ese pequeño mundo que el haiku ha atrapado instantánea y sorpresivamente1

Explicación del cubo de Necker

Dada su acotada extensión (en la versión clásica: 3 versos de 17 sílabas totales), al igual que sucede en ese otro género bonsái que llamamos microrrelato, la complicidad del lector es clave para favorecer el acceso a ese nuevo o viejo mundo. Esta complicidad habilita la posibilidad de una continuidad de planos. Una buena estrategia para lograrla es investir al lector de cierta responsabilidad o protagonismo. Veamos un par de ejemplos. Se trata de ejemplos occidentales. Ya que antes lo mencionamos, analicemos un haiku de Borges tomado de su libro La cifra. Dice así. Yo digo que es un haiku maldito:

En el desierto
acontece la aurora.
Alguien lo sabe. 

¿Quién lo sabe? Al menos dos personas. En principio la desdichada persona que está perdida en el desierto observando con desesperación cómo sale el sol (su verdugo). Pero enseguida también lo sabe usted: el lector o la lectora, que ahora que leyó (que metió un pie en ese mundo terrible), sabe que alguien está sufriendo. ¿Y qué va hacer usted ahora? Borges nos maldice proponiendo una empatía negra. Este haiku escupe un dilema moral a los ojos que lo recorren. No olvidemos que para Borges estar perdido en medio del desierto es el peor de los castigos posibles: “…en Babilonia me quisiste perder en un laberinto de bronce con muchas escaleras, puertas y muros; ahora el Poderoso ha tenido a bien que te muestre el mío, donde no hay escaleras que subir, ni puertas que forzar, ni fatigosas galerías que recorrer, ni muros que te veden el paso” (“Los dos reyes y los dos laberintos”, El Aleph).

Pasemos ahora a un ejemplo menos dramático. Para entrar de la mejor manera a este mundo habría que tener presente que en la época que se escribió (mediados del siglo pasado) era menos inusual usar sombrero. Jack Kerouac escribe: 

Todo el día                                                                       
llevando un sombrero
que no estaba en mi cabeza.

Si usan lentes les habrá pasado eso de buscarlos por todos lados sólo para descubrir que, pendiendo del cordón, los iban hamacando de un lado al otro a la altura del pecho. Si eso les ha pasado empatizarán más fácilmente con este haiku. El sombrero no está dos veces en la cabeza: no está ni en un plano físico (no se lo lleva puesto) ni en un plano metafísico (no se ha pensado en el sombrero, por eso se lo olvidó). Seguro de chicos también les habrá pasado eso de ir a la escuela sin la mochila. No darse cuenta de que no la tenían puesta sino hasta sentarse en el banco. Sensaciones así se actualizarán para permitirles entrar en este breve mundo. 

Por último. Volvamos a las raíces. Otra forma de empatía: repasar una experiencia contemplativa que se ha tenido aunque quizá no se había reparado en ella de tal o cual forma; se sabe: existen tantas perspectivas como estrellas en la noche más oscura.

Aunque la persigan
nunca parece apurada,
la mariposa. 

No iba a ser tan irrespetuoso como para intentar hablar de haikus y despedirme sin proponer un ejemplo autóctono. En este caso el poema es de un tal Garaku (debemos tanto a Lafcadio Hearn como a la editorial argentina También el caracol que haya llegado hasta nosotros). Esta sensación puede actualizarse perfectamente recreando esta experiencia de observación. El vuelo errático de la mariposa… ¿cómo distinguir distintas marchas si su modo de progresar elude la linealidad? El espacio que este haiku condensa ha sido muy probablemente habitado por el lector con anterioridad. Sabemos que las mariposas vuelan más o menos así por eso el haiku “nos toca”, “nos llega”.  

Objetos 3D de diseño inclusivo. Haikus. Jirones de mundos posibles pero sólo al alcance de manos que se extiendan abiertas.  


Notas

  1. Según Arturo Carrera (no tengo razones para no creerle), a su regreso de Japón, Roland Barthes escribió: “El haiku reproduce el gesto indicativo del niño pequeño que muestra con el dedo cualquier cosa, diciendo tan sólo: ¡esto!, ¡mirá allá!, ¡oh!, ¡ah!”. Haikus de las cuatro estaciones, Interzona (Bs. As., 2013).