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Ph: Solange Salmon

Por Alejandra Pérez Tujague


Los poemas de Alejandra Pérez Tujague tejen tramas invisibles que conducen imagen tras imagen a la primera luz de la mañana. En sus versos conjura la oscuridad nombrándola y encanta a la bestia cansada con la calidez de su voz. A continuación una selección de sus poemas.


La ahogada

Una vez tuve miedo

todo lo demás

fue aprender a ocultarlo

amaestrada en la quietud

en la invisibilidad

dejo caer mi cuerpo al río

como una recién asesinada

el barro me bautiza

y salpica a los vivos

y a los muertos

de este entierro.


Residuos

Oigo el camión de la basura

dejo las bolsas atadas

como lo hacías vos

hay noches que lo olvido

y los perros desparraman los restos

de mi boca sale olor

la ato con fuerza

para no nombrarte

pero a veces lo olvido

y los perros te alcanzan.


Aprendizaje

Mi abuela analfabeta

me enseñó a leer

puso sobre la mesa

su boca de loba

en acecho

para que escribiera con hambre

no la ternura

el devenir

la propia versión

de los hechos.

no el conocimiento


Proceso

Cuando todo esté bien
voy a limpiar la casa
abrir las ventanas
y pasear al perro

ahora
solo quiero quedarme 
desnuda sobre las sábanas

los insectos
agujerean mis poros
con fina dedicación 

veo desde acá
el polvo sobre las cosas

cuando todo esté bien
la casa se va a sacudir.


Gravedad

Por estas calles

donde la gente pasa

a hacer su vida

paso yo también

a hacer la mía

elevo el corazón

y lo arrojo al aire

como una piedra 

que nunca

cae.


** Alejandra Pérez Tujague: Nació en Buenos Aires (1973). Es psicóloga social y estudiante de Trabajo Social (UNAJ). Y madre de Salomé, Joaquín y Victoria. En 2020, la editora Griselda García publicó su primer poemario, El fuego en el que creo. 

[Los poemas de esta selección, surgen de: Poemas del libro El fuego en el que creo (2020), Griselda García Editora. Buenos Aires]

*** Solange Salmon: Nació en Buenos Aires en 1974. Es politóloga, actualmente cursa la carrera de Pedagogía y Educación Social (ISTLyR), y en paralelo estudia temas vinculados a infancias y juventudes. Comenzó a explorar la fotografía hace 5 años, asistiendo a diversos talleres con referentes en el área, como Alberto Goldenstein, Valeria Bellusci y Marcos Adandía.


Ph: Maximiliano Ubalde

Por Carlos Fuentealba


Las crónicas de este diario suelen buscar la transparencia. Esta no lo hace. O por lo menos, no en el sentido que entendemos habitualmente la idea de transparencia: la facultad de los grupos económicos para controlar el aparato del Estado.

Estas líneas, además, se anticipan a sus críticos, que en defensa de la citada idea de transparencia, saldrán a acusar al autor con su sentencia preferida: polarización. El diccionario define la polarización como el acto de “modificar los rayos luminosos por medio de refracción o reflexión, de tal manera que no puedan refractarse o reflejarse de nuevo en ciertas direcciones”. Es una palabra de la física y su sentido se puede entender fácilmente si pensamos en un auto con los vidrios polarizados. La oscuridad sobre el cristal permite que veamos hacia afuera, pero no permite que seamos vistos si estamos adentro. Demás está decir que este tipo de vidrios lo utilizan los narcotraficantes y la policía secreta; los políticos cazurros y toda la industria delictual que gira en torno a ellos. 

La historia de esta crónica parte como una idea que no prospera. Una idea que, como muchas, muere en la reunión de pauta, ante el “no” seco e incómodo de un editor. Sin más explicaciones. Ahora, sin embargo, llega a ustedes gracias a que ese mismo editor está de vacaciones y el autor de estas letras ha decidido tomarse algunas atribuciones para bajar el vidrio polarizado.  

Pues bien, hechas todas estas aclaraciones, vamos al asunto: acabo de salir de la cárcel. Sí, como lo leen. Hoy 4 de julio de 2011, me han librado de la Penitenciaría de Santiago, a la que me habían trasladado horas antes desde la Comisaría de Maipú. ¿Mi delito? Hurto en grado menor, lo que representa una falta. ¿Mi pena? Una noche de encierro, una multa de 20 mil pesos y la prohibición de acercarme por seis meses al lugar de la falta. ¿Y en español? De un hipermercado me afané una brocha para pintar que costaba 1500 pesos (tres dólares para los turistas). 

En el pasillo, la eché en mi mochila e intenté salir del local. Los guardias que me vieron por cámara detuvieron mi paso y me llevaron hasta una sala del subterráneo. Allí, una hora más tarde, me pasó a buscar un furgón de la policía, que me llevó a constatar lesiones y luego a la comisaría, esposado. Me dieron de puntapiés cada vez que subí y bajé del vehículo. 

En la comisaría, me encerraron en una celda junto a una docena de tipos. Cada tanto entraba o salía uno. Todos varones. En la celda de mujeres, al lado, había sólo una muchacha que no paraba de llorar. 

“Zapata”, leyó mi apellido el oficial, “cuando no pierde, empata”, remató. Dos cabos soltaron una risa estúpida. “Así que robo de brocha para pintar ¿Es usted pintor?”. Otra risotada de los cabos. “Pues espere a que el Fiscal ande de buen ánimo y lo suelte”. Me senté dos horas en silencio. Ya se hacía de noche y tras una llamada telefónica, el oficial abrió la reja y sacó a dos adolescentes.  “Mala suerte, amigo”, me dijo y cerró. 

Pasaron dos horas más en las que ninguno de los apresados abrió la boca. Descalzos y sin teléfonos, mirábamos el suelo o algún punto de la pared. Escuchábamos en cambio las conversaciones de los policías en torno a los programas de televisión, el campeonato de fútbol y alguna borrachera de un cabo que nunca terminaba de explicitarse. Eran muy parecidas a las conversaciones del diario o de cualquier trabajo. 

De pronto se escuchó que llegaron más personas a la comisaría. El ambiente cambió y apareció el oficial con un muchacho pálido, al que sentó en el piso de la celda. Del sermón que le dio, dedujimos que se había tratado de suicidar. “La vida es bella, amigo mío, siempre hay una salida”, y una serie de cosas así. Antes de cerrar la puerta, el oficial nos retó a todos: “sean solidarios con este hombre”. “Qué hijo de puta”, dijo el supuesto suicidado cuando el policía se alejó y todos nos reímos en sigilo. 

Un hombre que estaba a mi lado me preguntó por qué estaba allí: “vos no tenís pinta de estar acá”. Le conté y tras una leve condescendencia me contó que esa era su vida habitual: pasaba por allí una o dos veces a la semana. Se dedicaba al oficio de “mechero”, una mezcla entre ladrón y comerciante que roba mercadería en bajas cantidades de los supermercados y luego la vende en la feria. Se aseguraba de no superar los 10 mil pesos para que no lo procesaran.

Así, cada tanto lo descubrían, lo encarcelaban por una noche y lo dejaban salir al otro día, con una multa de 20 mil pesos y la prohibición de acercarse al lugar donde lo habían pillado. Lo mismo que me pusieron a mí. Para él era parte de los costos. Para su mujer también. Me mostró una foto con ella y con su pequeña hija, Michelle. “Es la forma que encontré para alimentarla, hermano. No quiero que nunca se entere”. 

No hablamos mucho más hasta que amaneció. Los policías entonces nos subieron al pick out de una camioneta techada y cerraron la puerta. Ya a oscuras, un hombre aprovechó de prender un cigarrillo que circuló entre todos, volviendo casi irrespirable el poco aire que había durante el viaje. 

Media hora más tarde, nos bajaron de la camioneta en un patio. Nos hicieron caminar formados por un largo pasillo y esperar nuestro turno de revisión. Tras escuchar mi apellido entré a una salita donde un gendarme me revisó entero, me ordenó desnudarme, me pidió que me sacudiera el pelo, que me abriera las nalgas y que hiciera diez sentadillas.

Tras asegurarse que no tenía nada, me pasó un overol para que me vistiera y me hizo pasar a otro pasillo, a otra fila. Allí, esperamos otro largo rato hasta que nos condujeron a un calabozo gigante, donde se mezclaban presos de todas las comisarías. Algunos se conocían y hablaban sobre personajes en común, de afuera y adentro de la cárcel.

Allí sí que encontré a algunos hombres que me atemorizaron. En especial uno alto y muy blanco, con barba de candado, que parecía vigilarlo todo desde otro lugar psicológico. Cuando notó que lo miraba, clavé la vista al suelo y no la volví a levantar. Cada tanto, un gendarme abría la reja y enumeraba algunos apellidos de hombres que salían con él. Después de decir el mío, me condujo hasta una sala donde, tras un rato de espera, me hicieron pasar por una pequeña ventanilla. Del otro lado, un abogado revisaba el ingreso. “No puedo creer que por una brocha esté aquí un sujeto como usted”, me dijo. “No lo puedo creer por usted, ni por el fiscal, ni por la policía”. 

Luego me llevaron a un pasillo subterráneo, donde estaban todos los ingresantes formados. Nos hicieron ejercicios de fila militar, de esos que hasta hace pocos años pedían en todas las escuelas públicas: “arriba, al lado, a discreción ¡firme!”. Todos seguíamos maquinalmente las instrucciones. En la fila me crucé con el mechero de la comisaría, quien me dijo a la pasada que ya estábamos por terminar. Pero no era así. De allí, fuimos a parar a otras celdas, esta vez mucho más pequeñas. 

Pasaron dos horas en las que nadie abrió la boca. Fui el primero al que llamaron y caminé  por un pasillo azuloso de concreto y tubos de neón que llevaba hasta una puerta metálica. Traspasarla, era cambiar de dimensión, salir de una nave espacial para entrar a un mundo de oficinas con luces cálidas y paredes chapadas en madera. De inmediato se agradecía la sensación de amplitud. 

Y allí, un juez llevó a cabo el procedimiento que derivó en la multa que ya expliqué. 

Tras la sentencia, me devolvieron la ropa y me condujeron hasta la salida. Ya en la calle, pasó por mi lado el mechero que me indicó el camino hacia el metro. “Váyase derechito, amigo”. 

Le hice caso y llegué hasta acá, donde escribo estas líneas, que probablemente me terminen costando el trabajo.

Pero es la segunda vez que pasa esto. 

Sí, tal como lo oye. La primera, fue hace un año, pero no fue adrede. Salvo el hombre de la comisaría, los hechos fueron casi idénticos. Entonces sí necesitaba la brocha y terminé pagándola muy caro. 

Hace seis meses se produjo el incendio de la cárcel de San Miguel que acabó con la vida de 81 reos. Entre ellos, un mechero que conocí en mi reclusión. En este mismo diario, financiado por senadores, banqueros y militares narcotraficantes, se publicaron muchas columnas que insultaban a la memoria de esas personas. 

Pedí entonces escribir esta crónica, pero como ya conté, el editor dijo que no, sin más razones. 

Entonces decidí esperar a poder eludir su censura y publicar sin permiso. Como en las películas de periodistas. Repetí el procedimiento del robo y la captura para asegurarme de que lo que quería denunciar fuese real: la normalidad del sin sentido y la pena social. Porque, de cierta forma, yo también cargo con ese absurdo y quería pagar por adelantado mi derecho a publicar estas líneas. 

¿Por qué? se preguntarán ustedes a esta altura. 

Por los 81 de San Miguel y por todos los presos, pienso, por el padecimiento que vengo arrastrando desde hace mucho tiempo y, en definitiva, porque me pienso bancar estas líneas escritas alguna vez por un loco:

“Soltad al pájaro en mano por aquellos que están volando

Abandonad si hace falta una vida cómoda, aquello que os presentan como una situación con porvenir.

¡lanzaos a los caminos!”. 


Ph: Mora Urzagasti

Por Violeta Sabater


1.

Bailar sin parar hasta que el cuerpo se venza

cuando nada se sabe de las heridas

o de la palabra pasado

Se busca entre pisos

de madera o de mármol

o de baldosas

el cuerpo que pulsa

El momento exacto donde el pájaro

justo al darnos la vuelta,

convierte en libertad el vuelo

de su silueta

2.

Entre mutaciones,

apartarse de eso a lo que le dicen linaje

o hacerle honores

borrando las palabras que solía escribir

buscando los surcos 

mudando verdades

o reafirmándolas

3.

No sé si afirmamos lo que dijimos 

No sé si negamos lo que dijimos

Pero hubo un momento

en que nuestro decir acordado se expandió,

duró,

hasta volverse eco.


Ph: Federico Bini

Por Solange Rodríguez Soifer


Cuando escuché ¡a comer!, estiré mi vestido como pude y emprendí la carrera hacia casa. Debía estar sentada en la mesa antes del  primer llamado para que mamá no empezara con su rosario de quejas. Ella no sabía que tres minutos antes había hecho pis en el pasto, y que esa laguna tibia ahora se disipaba entre los arbustos. 

Esquivé los latigazos de las sábanas colgadas, y traté de no tropezar con Piccolino, que me seguía y por momentos se adelantaba, miraba hacia atrás y volvía sobre sus pasos para alcanzar mis piernas y empujarme con su hocico. Aun así logré llegar al comedor justo a tiempo; el aroma a pan recién horneado y pizzellas invadieron la nariz, mientras la panza se quejaba con un remolino de sonidos. Mamá estaba parada en la cocina y cortaba el pan en rodajas; la abracé con fuerza y los pliegues de su falda taparon por completo mi cara. Olía a ropa secada al Sol. Me dedicó una sonrisa y sus ojos se volvieron más luminosos; aún con el rodete que ocultaba su pelo, me parecía la mujer más hermosa del mundo. Con la mano tiznada de harina, me dio un empujoncito en señal de ir hacia la mesa. 

Di unos saltitos y me ubiqué en mi lugar; sabía que papá llegaría un momento después para colocarse en la cabecera. Así lo hizo, y antes de sentarse, soltó su delantal sin sacárselo; cuando bebió su café, la cerámica de la taza desapareció entre sus dedos de gigante. Mamá se limpió las manos con un trapo y acomodó como lo hacía siempre el cuadro que cada tanto se torcía, encendió la radio, y recién ahí ocupó su asiento, a la derecha de papá. Comenzaban a escucharse como cada lunes, los acordes del programa Canta Rabagliati. Fue entonces que un recuerdo lejano me sacudió.  

La melodía aún sonaba cuando la radio silenció de a poco la voz, hasta quedarse muda. Abrí los ojos. El cuadro ya no estaba, ni siquiera era la misma pared; sólo un reloj gris colgaba de la superficie blanca. Se escuchaba desde la tv una novela, y frente mío una mujer la miraba sin pestañear. 

-¿Qué hago acá? -le pregunté.  

-Vivís acá -me respondió sin despegar los ojos de la pantalla. 

Escuché pasos a mis espaldas pero no alcanzaba a ver de dónde provenían ni quiénes eran los intrusos. Intenté pararme cuando noté que algo me lo impedía: estaba atada a la silla. Comenzó a faltarme el aire.

-¡Quiero ir a mi casa! -dije con una voz cascada que no parecía ser mía.  

Los ojos celestes de la mujer me miraron con impaciencia. Había algo familiar en ellos, pero no estaba segura.

-Ya te dije que no podés volver. 

-¿Quién sos vos? ¡Quiero ir con mi mamá!

Traté de levantarme pero los huesos parecían estar rellenos de plomo.

-Quedate quieta que te vas a caer de nuevo.

¿Cuándo me caí? Miré mis piernas. Las vi finitas, débiles. Bajo el pantalón asomaba algo que hacía bulto a la altura de la cadera. Intenté soltarme pero sin tener la fuerza suficiente, el cansancio acabó por apagar mi cuerpo. 

Piccolino ahora no me prestaba atención; concentrado, rasgaba la tierra con sus patitas delanteras. Quería enterrar un hueso de pavo que había chupado por horas hasta dejarlo brillante. Mientras mamá colgaba la ropa de cama, yo armaba un ramo con flores de distintos colores para sorprenderla. Entre chicharras y susurros de árboles, se colaba el martilleo constante de papá sobre una espuela. En ese momento, algo que pareció como un trueno hizo vibrar la tierra como si miles de animales saltaran al mismo tiempo. Una bandada de pájaros voló a toda velocidad y en el horizonte comenzó a dibujarse un enorme árbol hecho de humo. 

– Carmelina ¡a la casa! 

Miré hacia mamá pero ya no estaba ahí; en su lugar había una sábana a medio colgar anudándose por el batir del viento y la tina volcada que parecía herida de muerte, con ropa asomándose de su panza de metal. Llegué al comedor lo más rápido que me dieron las piernas, y vi que el cuadro se había torcido por completo, pero esta vez  mamá no lo acomodó. Aunque el obsequio parecía desubicado, mis manos aún sostenían el puñado de flores silvestres. Papá encendió la radio y subió el volumen; es el Duce, le decía a Mamá. El discurso con palabras que no entendía comenzó a esparcirse por la casa. Combatientes de Tierra, del Mar y del Aire, Camisas Negras de la Revolución y de las Legiones, declaración de guerra, ¡venceré, y venceremos! Papá y Mamá se quedaron al lado de la radio medio encorvados, como si les contara un secreto, pero de esos que uno no quiere saber. Entonces supe que había algo que debía recordar.

El sonido de noticias urgentes se apagó y el silencio volvió a ocupar la casa. Abrí los ojos. El cuadro ya no estaba, ni siquiera era la misma pared; solo un reloj gris colgaba de la superficie blanca. Se oían pasos de fondo y una mujer enfrente mío leía un libro; no sabía quién era, aunque me resultaba familiar. Intenté pararme para salir de ahí, pero no pude; algo me detenía. Miré hacia abajo y vi una especie de cinturón que me sujetaba de lado a lado. Empecé a lloriquear pero para mi captora parecía que yo era invisible.

-Quiero ir al baño.

Siguió con la lectura de su libro y sin levantar la vista, me respondió.

-Tenés los pañales.

Me miré para comprobarlo. Debajo del pantalón había algo que hacía bulto a la altura de la cadera. Qué vergüenza tener que hacer ahí delante de todos. ¿Y si mamá se enteraba?

-¡Quiero ir al baño! -grité y las lágrimas acumuladas saltaron hacia los costados. 

-¡Ay, Dios! ¡No te soporto más! ¡Hacé en los pañales, mamá! 

Me quedé muda. Cuando reaccioné, miré mis manos apoyadas sobre las piernas; ya no tenían ramos de flores silvestres ni eran como yo las recordaba. Levanté la vista y me crucé con esos ojos claros que me miraban con desprecio, y recordé que alguna vez me contemplaron con admiración, como yo lo hacía con mi propia madre en un tiempo que ya no existía. Recordé también que tuve hambre, tuve frío y tuve miedo. Volvió a mí el crujir de un barco en altamar, que me llevaba lejos, en un viaje solo de ida. Escuché al oficial anotar mi nombre como Carmen, “porque Carmelina acá no existe”. También cómo sonaban en mis oídos las palabras nuevas que se esforzaron por esconder las viejas, aquellas de un idioma que ya no me pertenecía. Asaltaron mi memoria los amores lejanos, esos que te juran la luna y los otros que te juran el pan, y el más profundo, el de esos ojos celestes que una vez fueron chiquitos, cuando los miré por primera vez después de salir de mi vientre. Recordé entonces que dejé de recordar. La laguna tibia comenzó a fluir por el pañal, borrándose el rastro de la vergüenza. Cerré los ojos y entonces vi todo de nuevo. Sábanas colgadas que se agitaban al compás del viento; Papá martillaba; Piccolino empujaba mis piernas con su hocico; Mamá cocinaba, y como cada lunes, los primeros acordes de Canta Rabagliati comenzaban a sonar en la casa.


Ph: Maximiliano Ubalde

Por Julián Ferreira


Lo que te digo, 

en este momento, en este lugar,

en este cuartito repleto de fantasmas

es que voy a escribir lo que quiera.

Suficiente tengo con mi vida. 

Estoy tan solo en esta habitación, 

tan asustado, 

tan borracho

y a pesar de todo tan tranquilo. 

Allá afuera, lo sé,  

alguien va a encontrar un mundo,

entre tanto sinsentido.

Una persona 

en estas palabras.

Lo sé. Tiene que ser así.  

Estoy seguro y agradecido por eso. 


*Este poema forma parte de la antología Poesía desde el encierro, de Editorial Niña Pez.


Ph: Lucio Dodero

Por Alejandro Surroca


Elegimos la paz, hay demasiados colores como para no elegirla
Elevamos la tierra por sobre el nivel del amor
Las tardes de otoño acarician nuestras miradas perdidas
Hay un goce que se estimula,
que rige las suelas como para caminar en la altura.
Para recorrer los caminos de un pájaro durante el otoño
Dicen que se ven tan rojizos y preciosos que el paraíso se volvería un lugar intolerable
Esto es la paz.
Volar en libertad durante el otoño,
frenarse para flotar sobre los árboles.
Reservarse el derecho a llorar desde lo alto.
Y ver cómo nosotros también podemos hacer llover

Estos privilegios son para dejar el tiempo abajo
Fabricarnos un tapado que dura el proceso de las flores marchitándose
Hay un espacio diferenciado,
lleno de puro deseo y aire de colonia
Hay creencias también pero por distracción.
Porque es tan lindo lo que se ve que, ¿quién necesita creer en otra cosa?
Se cumple aquí con el deseo hasta de no llegar a ser ciego,
como un Fausto vaticinando utopías.
Esta satisfacción es traída solo y por el otoño.
Estos no son ojos del espíritu. Son visiones reales
Es preciso ahora bajar a tierra y creer (ahora si creer)
que sobran los caminos
Que vamos aprendiendo de los segmentos transitados.

No puedo más con la elegía,
y yo que me moría y yo que me moría
Es prudente recordar que estamos en Otoño
Cada vez que no usemos moño.


Ph: Lucio Dodero

Por Sabrina Sosa


A la mañana no viene casi nadie. Mamá tiene cosas que hacer y me deja con Laura, que se queda hasta la tarde. Nos sentamos en un banco que da justo enfrente mientras esperamos que se complete la vuelta y yo pueda subir. Hoy no terminé tan cansada después de los pinchazos. Siempre elijo el caballo blanco, pero ahora está el menor de dos hermanos y de a poco ya no me entusiasma la idea de la plaza. Laura tiene en la muñeca derecha una pulsera de las que a mí me gustan, tres elásticos y muchas perlas blancas de fantasía. Le pregunto si me la presta, si puedo usarla mientras duren las vueltas. Me dice que sí, que por supuesto, que me va a quedar hermosa. 

En el último giro, los hermanos pasan frente al banco. El más grande me señala y se ríe. Lo hace cada vez más fuerte, hasta contagiar al más chico. La vuelta se completa con la risa exagerada de ambos. El boletero me hace un gesto para que suba. Los hermanos no se bajan. De haber sabido antes que la calesita estaba ocupada no insistía para venir. Me acerco, no estoy segura de querer subir, pero miro a Laura que me espera en el banco, me apura con las manos, me sonríe y subo. Elijo el auto que está detrás del conejo. Me gusta como se ve mi mano con la pulsera de perlas sobre el volante. Cuando imagino que luce como la mano de una mujer como Laura, la voz de uno de los hermanos me interrumpe. ¿Sos nena o nene?, repite mientras estira el brazo y me saca el gorro que llevo puesto. El sol me brilla sobre la cabeza desnuda. 

Busco desesperada a Laura para que me ayude a bajar porque no quiero dar ninguna vuelta. ¡Qué tonto!, me digo. El hombre de la calesita me pregunta si me pasa algo. Laura no viene, salto apurada. En el camino estiro con la mano izquierda los elásticos de la pulsera hasta romperla. Los hermanos se ríen, me tiran el gorro. 

Llego hasta Laura al mismo tiempo que las perlas, que rebotan en el suelo y se pierden. Le pido perdón, se rompió sin querer. Laura me abraza, no me pide explicaciones. Me dice que no les haga caso, que mejor nos vamos a casa, que mamá seguro ya tiene la comida lista y que si quiero a la tarde volvemos. Le digo que sí, pero Laura no responde, ni siquiera me mira. Estamos sentadas en el banco de un jardín verde y tranquilo. Lo que sube y baja y lo que gira está adentro suyo. La veo masticar. Le pregunto si está bien, si le pasa algo. Dos hermanos se ríen contentos al fondo de la galería. Le pido perdón, la abrazo. Me descubro la mano de mujer adornada con una pulsera de perlas blancas sobre su espalda. Me quedo quieta, el sol le brilla en la piel desnuda. Pienso en todo lo que se rompió sin querer en aquellas vueltas, los ojos de Laura, y los míos, que rebotan en el suelo y se pierden.   


Ph: Melina Gómez

Por Mario Oliveri


Canoas de maderas, aferradas a un junco lateral.

La mirada dirige hacia otras canoas, allí nos observan.

Si yo supiese remar ganaría a la corriente,

y no tendría que llamarte, para que cruces tu canoa.

A mi vista, las burras negras sospechan de nosotros,

y entre primates se tiran mierda caliente.

Al frente de donde estamos ahora, sin canoas de maderas, 

aferradas al puertillo lateral, al otro lado de donde estuvimos.


Imagen de Carla Comper

Por Martina López


En un jardín de Victoria

duerme un perro

la noche entrada

y al frente la mugre de una pileta 

tres metros de hondo. 

No prendió la luz 

la brasa del cigarro 

se enciende cuando él le da los labios

con tal entrega.

Sobre la mesa 

la radiología

le prohíbe la vida del humo. 

Muy lejos los hijos 

harán lo mismo en alguna fiesta.

Ella nunca.

Hace años su mujer duerme arriba

después de buscarse la muerte.


Imagen: Carla Comper

Por Rodrigo Botta


Orgías de ratas constelan dalias 

entre los sueños rotos.

Mordida la mandala de fuego 

del umbral se ahuyentan lobos.

Cae desnudo el cuerpo del eclipse

la ginebra brilla en la boca desdentada.