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Presentamos la obra de este guionista, productor y realizador audiovisual argentino.


Guallar es Licenciado en Artes graduado de la Universidad de Buenos Aires y un joven cineasta con una filmografía muy interesante por explorar.

Entre sus producciones figuran cortos y largometrajes que han participado en diversos festivales alrededor del mundo. Fue becado por el Fondo Nacional de las Artes para impartir cursos de cine y fue ganador del Concurso “Raymundo Gleyzer” (INCAA) con el documental Crónicas del Exilio (de próximo estreno). Su último largo, Siestas (2018), fue parte de la selección del Festival del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana.

A continuación, recomendamos cuatro de sus cortos para empezar a conocer más de su obra.

El mundo es un rato (2019)

Tres jóvenes en un mundo alienado por los medios de comunicación intentarán intervenir la transmisión de un partido de la selección argentina de fútbol para hacer llegar su mensaje a la sociedad.

Seré azul (2017)

Músico, poeta y loco, así se autodenomina J. C. Piñol. Esta obra propone un acercamiento al proceso creativo y el pensamiento auténtico de este músico cubano del underground.

Curanderos (2015)

Una pareja nómade en un destartalado Peugeot atraviesa, junto al director, las densas nubes de las montañas del norte argentino. Realidad o sueño, alucinación o lucidez. La potencia del desvío en la ruta de la vida.

El Duque (2012)

Metáfora extraña entre las olas del mar y la espera, como las oportunidades que se presentan, se escapan y no vuelven.

Actualmente Pablo trabaja en producción audiovisual, continúa generando proyectos independientes – entre los que se encuentra su último largo en proceso, La cuna del blues – y se desempeña como docente en el Conurbano oeste bonaerense.



Filmografía

La Cuna del Blues (2020). Largometraje Docu-Ficción en desarrollo. 

Crónicas del exilio (2020). Largometraje Documental en postproducción. Ganadora del Concurso “Raymundo Gleyzer” (INCAA). Codirigido con Micaela Montes Rojas.

El mundo es un rato (2019). Cortometraje ficción. Selección Competencia Oficial del Festival Cinema Ciudad de México. Premio Mejor Cortometraje en el Festival Cine con Riesgo. 

Siestas (2018). Largometraje ficción. Selección oficial Festival del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana y del Concurso Oficial del Festival Latinoamericano de Trieste.

Seré Azul (2017). Cortometraje Documental. Competencia Misceláneas Exquisitas – Festival de Cine Inusual. Primera Mención del Jurado. Competencia Nacional en el Festival La Hora Mágica de Villa Mercedes. 

Curanderos (2015). Cortometraje documental. Competencia Misceláneas Exquisitas – Festival de Cine Inusual.

Morón City Blues (2014). Largometraje ficción. Premio a la Mejor Dirección y Mejor Actriz en el Festival de Cine Inusual de Buenos Aires y Voto del Público en el Festival de Cine con Riesgo. Participó en Ventana Sur y el Marché du Film en Cannes.

Apuntes para un cine espontáneo (2013). Mediometraje Experimental. Selección oficial Rojas Fest 4. Selección oficial Festival Latinoamericano de Bahía Blanca.

El Duque (2012). Cortometraje Ficción. Selección oficial FIC-Vagón – Ciudad Juárez. México.

El ciclista (2012). Cortometraje Ficción.  Selección oficial III Festival de Cine con Cámara de Fotos (C.C. Ricardo Rojas – UBA).

Moctezuma / Crónica de viaje (2010). Largometraje ficción. Premio Mejor Largometraje del I Festival de Cine con Cámara de Fotos ( C.C. Ricardo Rojas – UBA).

Vía Muerta (2009). Largometraje ficción. Selección VI Festival Transterritorial de Cine Underground. 


Redes sociales

Web: https://pabloguallarcine.wordpress.com/

FB: @pablopazs

IG: @pablo_guallar

YouTube: @PabloGuallarCine


Ph: Lucio Dodero

Por Sabrina Sosa


A la mañana no viene casi nadie. Mamá tiene cosas que hacer y me deja con Laura, que se queda hasta la tarde. Nos sentamos en un banco que da justo enfrente mientras esperamos que se complete la vuelta y yo pueda subir. Hoy no terminé tan cansada después de los pinchazos. Siempre elijo el caballo blanco, pero ahora está el menor de dos hermanos y de a poco ya no me entusiasma la idea de la plaza. Laura tiene en la muñeca derecha una pulsera de las que a mí me gustan, tres elásticos y muchas perlas blancas de fantasía. Le pregunto si me la presta, si puedo usarla mientras duren las vueltas. Me dice que sí, que por supuesto, que me va a quedar hermosa. 

En el último giro, los hermanos pasan frente al banco. El más grande me señala y se ríe. Lo hace cada vez más fuerte, hasta contagiar al más chico. La vuelta se completa con la risa exagerada de ambos. El boletero me hace un gesto para que suba. Los hermanos no se bajan. De haber sabido antes que la calesita estaba ocupada no insistía para venir. Me acerco, no estoy segura de querer subir, pero miro a Laura que me espera en el banco, me apura con las manos, me sonríe y subo. Elijo el auto que está detrás del conejo. Me gusta como se ve mi mano con la pulsera de perlas sobre el volante. Cuando imagino que luce como la mano de una mujer como Laura, la voz de uno de los hermanos me interrumpe. ¿Sos nena o nene?, repite mientras estira el brazo y me saca el gorro que llevo puesto. El sol me brilla sobre la cabeza desnuda. 

Busco desesperada a Laura para que me ayude a bajar porque no quiero dar ninguna vuelta. ¡Qué tonto!, me digo. El hombre de la calesita me pregunta si me pasa algo. Laura no viene, salto apurada. En el camino estiro con la mano izquierda los elásticos de la pulsera hasta romperla. Los hermanos se ríen, me tiran el gorro. 

Llego hasta Laura al mismo tiempo que las perlas, que rebotan en el suelo y se pierden. Le pido perdón, se rompió sin querer. Laura me abraza, no me pide explicaciones. Me dice que no les haga caso, que mejor nos vamos a casa, que mamá seguro ya tiene la comida lista y que si quiero a la tarde volvemos. Le digo que sí, pero Laura no responde, ni siquiera me mira. Estamos sentadas en el banco de un jardín verde y tranquilo. Lo que sube y baja y lo que gira está adentro suyo. La veo masticar. Le pregunto si está bien, si le pasa algo. Dos hermanos se ríen contentos al fondo de la galería. Le pido perdón, la abrazo. Me descubro la mano de mujer adornada con una pulsera de perlas blancas sobre su espalda. Me quedo quieta, el sol le brilla en la piel desnuda. Pienso en todo lo que se rompió sin querer en aquellas vueltas, los ojos de Laura, y los míos, que rebotan en el suelo y se pierden.   


Ilustración de Ignacio Bogino

Por Ariel Scher


Para Ekuar

El gran Ekuar Guedes carraspeó en su cama del Centro Gallego de una Buenos Aires de la que conocía todas las pizzerías y todas las cuevas en las que alguna vez hubo rock, me enfocó con esos párpados que por algún misterio siempre eran de pibe aunque ya había cumplido los sesenta, puteó contra uno de los cañitos con suero que se le hundían en los brazos gordos, me obligó a que le jurara que no había buñuelos de verdura como los del club Chacabuco, me dijo que era otoño y que le gustaba el otoño y, después de todo eso, me interrogó:

-La Teoría de la Nuca, mi teoría, ¿ya te la conté?

Para entonces, yo estaba acostumbrado a Ekuar, pero acostumbrarse a Ekuar era una tarea inacabable, tan inacabable como el talento que lo transformaba en el mejor sonidista de cualquier época. Un cáncer hijodeputa le masticaba los pulmones y yo, cagón, pudoroso, ni mencionaba el tema. Él sí: Ekuar, un valiente que nunca oficiaba de valiente, lo mencionaba y hasta con nombre. “Cacho es así -me comentó-, Cacho insiste”. “Cacho”, elemental y contundente, había sido el bautismo de Ekuar para su cáncer, un poco porque Ekuar viajaba por la existencia con boletos que no sacaba ninguno y otro poco porque, en su estilo singularísimo, era un caballero y los caballeros de verdad no tratan con indiferencia a nadie y a nada. Ni siquiera a una enfermedad de mierda.

-La de la nuca, en serio te digo. No puede ser que no te la haya contado-, reincidió, persistente, tratando de entonar una garganta que reclamaba más aire, un aire que le costaba encontrar.  

Yo volví a mirarlo así como estaba: barrigón como en casi todas sus décadas, entusiasmado como en casi todos sus días, alerta a la música de los músicos y a las músicas del mundo como en todos sus minutos, sonriente porque sonreír le funcionaba como una convicción. Traté de ir para atrás en el tiempo y de recordar la Teoría de la Nuca, pero no me salió. Lo que me salió fue pensar en él. Tremendo tipo, un tipo único.

Va una prueba de que no estoy lanzando una valoración hueca: a Newton, al Isaac Newton de todos los libros de la física y de la ciencia, de la historia y de lo que fuera, lo llamaba “Don Isaac”. Lo suyo no era irrespetuosidad. Mucho menos uno de esos chistes de espanto que, milagro o mérito, retumbaban como obras culminantes del humor cuando, dos o tres veces por año, los compartía desparramando la risa antes de llegar a la última oración. No, no, lo suyo tan suyo se trataba de otra cosa. Ekuar no lo publicitaba pero lo sabía. Lo sabía con una modestia que lo acompañaba sin esfuerzos, una modestia que le resultaba tan natural como su panza o como su barba colorada: Newton o “Don Isaac” era su par, un colega, un socio de ilusiones, más allá de que los caprichos del calendario habían separado las biografías de uno y de otro apenas por unos siglos. Newton se había levantado y se había acostado en cada jornada desafiando los límites de la realidad hasta transgredirlos. Y Ekuar también: también se había levantado y más de una vez ni siquiera se había acostado confrontando con las fronteras de lo dominante hasta vencerlas. Entonces, evalué que era posible, que el gran Ekuar Guedes no me estaba fabulando una de sus locuras impagables: si Newton había legado, muy útil y muy difundida, la Teoría de la Gravedad, Ekuar seguro que había articulado otra teoría sensacional. “La Teoría de la Nuca”, pronuncié en un volumen al que Ekuar le hubiera restado dos decibeles para no joder al enfermo de la cama vecina o porque lo obsesionaba que cada sonido se tornara en un mejor sonido. “Eso”, me agregó. Y empezamos.

Empezamos pero no hay modo de empezar si no se comprende ni a la nuca ni a Ekuar en sus totales dimensiones. La nuca es la nuca y jamás nadie habla demasiado de ella no porque sea una palabra de mínimas cuatro letras sino porque las luces de la celebridad se dirigen hacia otras porciones del cuerpo: hay millones de poemas que encienden el corazón, hay millones de deslumbramientos por el efecto de ciertas caderas, hay millones de esculturas que exaltan colecciones de músculos, hay millones de suspiros por algo que una mujer o un hombre tienen muy visible entre la frente y los dedos de los pies. En la ignorada nuca, en la menospreciada nuca, en cambio, solo se podía fijar alguien como Ekuar.

Alguien como Ekuar: alguien fuera de lo corriente, desentendido de las solemnidades antiguas y modernas, capaz de deliberar sobre las virtudes de una asadito en medio de la final de un Mundial de fútbol o de descubrir que algunas citas sociales requieren corbata justo en el instante en el que, sin corbata, se presentaba en esa cita. Alguien como Ekuar: un mago del oído, del eco, del ruido, del silencio, de los micrófonos, de lo que se propaga, de lo que se apaga, de los instrumentos, de las radios, de que el tañido de una cuerda finita de guitarra se expanda a través de una avenida larguísima y un millón de individuos se estremezcan, de que cien personas afinen sobre un escenario y no se extravíe ni una sola de sus notas, de las orquestas, de los solistas, de los artistas brillantes, de los artistas normales, de los que no son artistas, de la voz. Alguien como Ekuar: ingeniero en sonido sin muchos más títulos que el de su experiencia monumental y el de su genialidad sin techos. Alguien como Ekuar que era alguien como la nuca: si, desde la era de Eva y de Adán, la nuca aceptó su papel colateral frente al reinado público de otras regiones del organismo, Ekuar actuó igual y asumió su rol semianónimo en la construcción de un espectáculo para lograr que las estrellas sonaran como maravillas. Una coincidencia más: nunca conversé con una nuca, pero las habrá felices; Ekuar, un prestidigitador de sonidos al que pocos veían, también era feliz.

“Es fácil”, me detalló Ekuar, puro combustible para esclarecer lo que lo apasionaba, inclusive arriba de la cama esa en donde debatía con Cacho sobre quién de los dos se impondría en la batalla que los enfrentaba. “Es fácil”, me reiteró, con fe en que los enfermeros que daban vuelta con medicamentos en una bandeja se inquietaran por la Teoría de la Nuca. Yo acumulaba práctica en que la cuestión del sonido lo cautivara más que el sol a un astrónomo: una vez, de cara al Atlántico Sur, me había hecho identificar las modulaciones graves de las olas que llegaban, me enseñó a diferenciarlas de las cadencias agudas del viento que partía y me convenció de que la fusión de esos graves y esos agudos justificaba haber nacido; otra vez me confidenció que se imaginaba algo igual a una ópera al ponerle la oreja a las resonancias de miles que estiraban la “o” de un gol. Digamos que, en algún sentido, Ekuar percibía a la vida como una canción sin interrupciones.

-Vos suponé que estás en donde estoy yo, en donde estuve casi toda mi vida: atrás, en la consola. Y suponé, además, que tenés que mirar lo que más importa en un espectáculo, lo que más importa cuando hay música.

Yo, bruto a pesar de los esfuerzos que Ekuar había destinado a mi aprendizaje durante tantos años, me agrandé y repliqué:

-O sea que hay que mirar a los artistas.

Como podía, Ekuar se irguió en esa maldita cama, me dio una argumentación digna de un químico sobre cómo acomodar el cañito con suero que desembocaba en su brazo gordo, y movió la cabeza para acá y para allá: “No -me apuntó, tierno, lejos del enojo- lo que más importa cuando hay música es el público, la gente que escucha”.

Confesión: me tenté con agradecerle, con aplaudirlo, con ofrendarle mi homenaje por ese concepto del arte y de la condición humana que le brotaba espontáneo desde unas sábanas blancas que, sin dudas, pretendía abandonar. No me dio pelota ni intuyó lo que me sucedía. Ya lo avisé: su pasión era más fuerte. Así que continuó: “Yo pongo todo en marcha, registro que mis micrófonos estén como corresponde (porque Ekuar inventaba micrófonos o instrumentos y, como al Cacho enemigo que se le había metido en el cuerpo, les ponía nombre), dejo que avancen los primeros compases y, de ahí en adelante, miro a la gente. A la nuca de la gente”.

Un enfermero que caminaba a unos metros lo escudriñó como si los doctores hubieran pifiado al diagnosticarle un problema oncológico y no uno psiquiátrico. De nuevo, Ekuar, parloteando con el aire escaso, pero con la certeza de un profeta de la acústica, lo ignoró y aceleró su desarrollo: “Si la gente mueve la nuca hacia adelante, como buscando un ángulo para escuchar, quiere decir que el sonido es insuficiente, que no les llega, que, y esto es lo decisivo, no está disfrutando. Si, al revés, muchos se estiran para atrás, casi tratando de tomar distancia de lo que están recibiendo, es que hay algo que sobra, que los jode, que los aleja de lo que los trajo hasta ese sitio”.

Rara vez una teoría se despliega entera y, menos todavía, si el expositor es un paciente de una patología dura en el medio de un centro médico. Ekuar, que en la Teoría de la Nuca integraba las pericias de todos los sonidistas y las ilustraciones que le pertenecían solo a él, también partió ese molde y me dio un manual completo de conductas -“si giran mucho hacia el costado, si los ves medio agachados, si en lugar de un susurro al de al lado le hacen tres comentarios…”- a partir de las cuales no adivinaba sino que reconocía qué debía hacer con su trabajo. Corrijo en tributo a Ekuar, corrijo para concluir la pintura de Ekuar, corrijo porque Ekuar merece la nobleza de ser exactos: no con su trabajo, que no le parecía lo más significativo, sino con lo que concebía el premio mayor de esa erudición que le entraba por las pupilas y le fluía por los oídos. Lo que lo desvelaba era entregarle a quienes estaban allí algo que, llenos de sueños, habían ido a buscar. Cuando eso ocurría, Ekuar sentía algo a lo que también le atribuía nombre, más de un nombre: plenitud, alegría, paz.

Cuando eso ocurría, además, Ekuar charlaba de lo que completó el encuentro de esa vez en el Centro Gallego: un recital de fin de los sesenta, un invento que proyectaba desde sus delirios de MacGyver ancho y no televisado, un beso de sus hijos, una anécdota de sus mil giras con Les Luthiers o con Jorge Rojas, una memoria de sus laburos con La Banda Elástica, con Los Chalchaleros, con Zubin Mehta, con Daniel Barenboim, con el maestro Serrat, con Gieco, con Mollo, con la Filiberto, con Fuerza Bruta, con Martín Bossi, con Valeria Lynch, con Lito Vitale, con los que no eran ni serían famosos pero hacían discos con Ekuar porque Ekuar se encargaba de que el planeta no se llenara de acordes pendientes. Y porque, sobre todo, Ekuar era un hombre bueno.

Antes de despedirme aquel día, me repitió si me quedaba claro lo que me había explicado. Le contesté que sí, que su teoría me impactaba como extraordinaria y que había que escribir un libro con eso. Lo tentó la idea, pero, aun sin perder la convicción de la sonrisa, me respondió que algunas cosas dependían de Cacho y que, por las dudas, no me olvidara de la Teoría de la Nuca.

La humanidad es fea cuando promueve la injusticia, cuando habilita las guerras y cuando nos priva de alguien como Ekuar, que peleó como un campeón y se murió recién catorce meses después de aquel encuentro. Fea y, a veces, lenta, la humanidad. Solo a causa de que es lenta, por ejemplo, todavía no hay estudiantes que, además de la Teoría de la Gravedad, vayan madurando todo lo que implica la Teoría de la Nuca y quién fue su autor.

Ya llegará ese momento, hechicero de sonidos, compañero de atender al mar, querido Ekuar. Hasta entonces, habrá que seguir adelante, con un buñuelo de verdura entre las manos, una colección de chistes de espanto en los labios y, como obsequio eterno, la Teoría de la Nuca, esta que ahora cumplo en contar porque, al cabo, aunque no lo explicitamos en el Centro Gallego, fue la tarea que sentí encomendada. Muchas gracias por hacer de la vida una canción sin interrupciones. Lo digo desde los oídos y desde el alma. Lo digo mientras detecto una foto de Newton, le guiño un ojo con confianza de amigo y le pregunto, a lo Ekuar, “¿cómo anda, Don Isaac?”.


Ph: Melina Gómez

Por Mario Oliveri


Canoas de maderas, aferradas a un junco lateral.

La mirada dirige hacia otras canoas, allí nos observan.

Si yo supiese remar ganaría a la corriente,

y no tendría que llamarte, para que cruces tu canoa.

A mi vista, las burras negras sospechan de nosotros,

y entre primates se tiran mierda caliente.

Al frente de donde estamos ahora, sin canoas de maderas, 

aferradas al puertillo lateral, al otro lado de donde estuvimos.


Imagen de Carla Comper

Por Martina López


En un jardín de Victoria

duerme un perro

la noche entrada

y al frente la mugre de una pileta 

tres metros de hondo. 

No prendió la luz 

la brasa del cigarro 

se enciende cuando él le da los labios

con tal entrega.

Sobre la mesa 

la radiología

le prohíbe la vida del humo. 

Muy lejos los hijos 

harán lo mismo en alguna fiesta.

Ella nunca.

Hace años su mujer duerme arriba

después de buscarse la muerte.


Pintura de Lula Mari

Por Agustina Arrigorria


Me amabas

decías que era cierto

y debió ser mentira

pues no existe

el verbo así conjugado

en pasado

me querías

decías y me reías

yo paseaba mi sonrisa

por las noches

de los días

Así el tiempo pasó 

en un abril y cerrar

de calendarios

tus labios se cerraron

al febrero en que

me moriste

y ya no supe más

qué hacer

con tanto de tanto

y ahora

de vez en cuando

me pongo a llorar


*La pintura que acompaña este poema se titula Penélope (Óleo sobre tela. 80 cm x 60 cm) y pertenece a la artista Lula Mari. Pueden conocer más sobre su obra en

Ig: @lula.mari


Imagen: Carla Comper

Por Rodrigo Botta


Orgías de ratas constelan dalias 

entre los sueños rotos.

Mordida la mandala de fuego 

del umbral se ahuyentan lobos.

Cae desnudo el cuerpo del eclipse

la ginebra brilla en la boca desdentada.


Ilustración de Pilar Maharbiz

Por Leo Oyola


Querida Marie:

Vos no lo sabés, pero fuimos novios.

Me enamoré de vos por La mirada. Entraban juntos con tu compañero. Pero eras vos la que marcabas el ritmo de la canción, alzando el brazo izquierdo para contar one, two, three, four! y ametrallar a dúo con las guitarras. Qué loco, ¿no? Te diste a conocer justo con un tema en el que hacías solo los coros. Después pasaste al frente y fuiste la voz principal en la mayoría del repertorio. Carisma. Presencia. Cercanía. Ángel. Los ajustados trajes de torero. El pelo corto platinado rubio peronista. El cómo agachabas la perita antes de fulminarnos con esos ojos. Los años que estuviste ahí, acompañando en las buenas y en las malas. Aguantando los trapos, Marie Durmiendo en mi auto.

A vos jamás te importó que fuera hijo de paraguayos o que viviera en La Matanza. Que metiera las manos en los bolsillos y a gatas encontrara eso: los bolsillos. Yo no le di pelota a que vos tuvieras apellido de impresora. Mucho menos a la separación entre tus dientes, justo ahí en las paletas del medio. Todo lo contrario. Siempre fue parte de tu encanto.  Si hasta banqué que anduvieras con otras y otros porque supe estar perdido en vos. Hasta que diez años atrás fui a Chivilcoy y encontré en la casa natal de Hernán Ronsino una foto tuya. Y me puse celoso, carajo. Porque no podía ser que las tuviera todas. Que fuera el autor de Glaxo y que encima también tuviera algo con vos. Me duraron un instante esos celos y ese enojo. Porque al toque calculé que alguien como Hernán, si escribe como escribe, es porque también escuchó, cantó y bailó Roxette.

Me enteré de que te fuiste el martes, Vulnerable Marie. Nobleza obliga: ya estaba lagrimeando antes de saberlo. Había terminado de pronunciar su discurso Alberto y entre lo que le agradeció a Cristina y lo que citó a Alfonsín para cerrar ya estaba sumamente emocionado. Me encantaron los anteojos que usó para leer. Pensé: anteojos a lo Lennon. Más bien a lo Trosky, me corrigieron dos colegas muy queridos. Deseé: ojalá que se termine diciendo anteojos a lo Alberto. Y que las cosas solo puedan mejorar. Y entre tanta alegría, Marie el dulce hola-el amargo adiós, la congoja de tu partida. Y esa inevitable como personal enumeración de todo lo bueno que nos diste. Y cuál de todas fue la mejor, la que más me gusta, la que más quiero. Y por qué.

Un sábado de octubre del 93, como no podíamos ir a bailar porque al otro día se votaba y estábamos al pedo, fuimos a Flores con mi hermano. Al cine y en trasnoche. Y yo lo convencí al Freduli para que entráramos al San Martín a ver la película de Super Mario Bros. Porque tenía una canción de ustedes. Como Mujer Bonita, que esa la vi en un doble programa después de Coctail y también en Flores pero en la sala San José y junto a una piba con la que estábamos saliendo. La película de Super Mario Bros dicen que era una bosta. Pero como nosotros habíamos entrado saboreando un caramelo que no era Sugus ni Media hora –pero que nos dejó a los dos los ojos más redondos y brillosos que los de Meteoro y Heidi- nos la pasamos riendo. El Freduli siempre fue bueno para el vicio (tranquila, no te escandalicés: así se le decía también a los fichines). Te decía que mi hermano siempre fue bueno para el vicio. Y tenía el corazoncito con el Mario. Es el día de hoy que me descansa, ahora se le han unido en la tarea mi sobrino y hasta mi propio hijo, porque a mí no me sale para ganar más puntos cuando termina una pantalla, saltar y robar la bandera. Siempre me alcanzo a agarrar a la mitad del mástil y no sumo una mierda. 

Y hablando de mierda, Marie Look Sharp!, dicen que era una flor de cagada la película de Super Mario Bros.  Shigeru Mishamoto –ahora uno se hace el lindo a la hora de escribir con el Word y con el Google Chrome a mano para despejar cualquier duda, pero si yo te estuviera chamullando por ejemplo en la barra de un boliche brasilero que se llamaba Mai Sum  (que estaba por Alberdi a media cuadra de San Pedrito pegado al albergue transitorio Karen’s) te hubiera largado con total seguridad un Toshiro Kawasaki o un Zanella Kurosawa, total si pasa-pasa. Y vos, seguro, me la ibas a dejar pasar- te decía que Shigeru Mishamoto, el creador del Mario, le quería dar la opción cinematográfica a la Warner y que Nintendo se la terminó vendiendo a la Columbia. Que Shigeru Mishamoto se ofendió tanto que entonces solo autorizó para que usaran en la peli a Mario, a Luigi y a la Princesa pero que no podían usar nada más del videojuego. O sea: una reverenda cagada. Que los de Nintendo le entraron a romper las bolas a Toshiro Kawasaki de por qué estaba tan emperrado de ir con la Warner, a lo que Zanella Kurosawa les respondió en su lengua natal: Uatasiwa atanao aizimasu. Que según la traducción de un colega de origen japonés, Martín Sancia Kawamichi, sería algo así como: por lo menos ahí cuando me cogen me hacen un mimo, ¿algún problema?

Problemas, Marie reina de la lluvia, problemas no le faltaban a la película de Super Mario Bros. En la preproducción alguien robó el diseño de los dinosaurios y se los dio a la Warner para que Spielberg hiciera Jurasic Park. Nunca agarraron al ladrón. Hay que ser nabo, eh: de acá a la China que fue el ponja Zanella, pelotudos. La película del Super Mario la dirigió un matrimonio que se estaba separando durante el rodaje. De Luigi tenía que hacer Tom Hanks pero a último momento largó todo para filmar con Meg Ryan Sintonía de amor. Tendría la cara pero no era ni ahí de boludo Forrest Gump. La cuestión es que de Luigi terminó haciendo John Leguizamo. Que venía de filmar Carlito’s way y de llevarse para el orto con Al Pacino. Al que no paraba de bardearlo –dale, Juan: ¡¿en qué estabas pensando?!- Leguizamo no paraba de bardearlo a Al Pacino porque no sabía hablar bien en español. Afirmando que a la comunidad latina le daba vergüenza ajena cuando lo escuchaban a Tony Montana abrir la jeta –dale, Juan: ¿en serio? Porque solo los hooligans usan remeras de Caracortada, ¿no?-. Leguizamo le juró a Pacino que él le iba a hacer saber lo que se siente cuando vea a un tipo nacido en Bogotá interpretar a un italiano. Que fue por eso que aceptó hacer de Luigi Mario. Y así fue que después del estreno de la película, un maestro como Pacino al que nunca le faltó una tiza en la mano, se la pasaba llamando al teléfono de línea de John Leguizamo, en una época en la que podías ser estrella de Hollywood pero aún no se había inventado el identificador de llamadas, Al Pacino lo llamaba para saludarlo con esa inconfundible voz cascada con un: Hello Luigi… para después simplemente cagarse de risa hasta quedarse sin aire o que se acabara el tiempo del contestador automático mientras él se reía. Daba igual. 

Mi Marie vestida para el éxito, ¿sabés una cosa? Todos los involucrados delante y detrás de cámaras en la película de Super Mario Bros la odiaron. Principalmente Bob Hoskins. Que hacía de Mario. Que frustración para un actor de ese talento, para aquel que fuera por primera vez en la pantalla grande un plomero en el Brazil de Terry Gilliam y que hasta llegara a develar quién engañó a Roger Rabbit, estar en el medio de una superproducción y saber que eso no va a funcar. Bob Hoskins aceptó por la teca. No tenía idea de donde se estaba metiendo. Mucho menos que la cosa era por un videojuego. Hasta que su hijito lo vio leyendo el guión cuando le hicieron la propuesta para encabezar el elenco. Y a su nene se le pusieron los ojos como a Heidi y a Meteoro o a mi hermano el Freduli y a mí cuando chupábamos esos caramelos que no eran Sugus ni Media hora, al leer el título de la película que iba a hacer su papá. Y Bob Hoskins que en ese instante empezaba a entender que había metido la pata hasta el cuadril pero que no pensaba desilusionar a su hijo. Que no paraba de correr por toda la casa contándoles a los gritos a su mamá y a todos los vecinos que su papá era Mario; el Mario de la Nintendo que le supo comprar cuando filmó con Steven Spielberg Hook. Las cosas que uno hace por los hijos, ¿no? Por eso Bob Hoskins está increíble como Mario. Así también John Leguizamo como Luigi. Pero uno quería impresionar a su hijo y el otro a Al Pacino. Bob Hoskins llevó a su hijito a la función privada de la película. Y al terminar la proyección, mientras pasaban los créditos y los productores huían despavoridos de la sala mientras Leguizamo y el resto del elenco se hundían escondiéndose en sus butacas, el hijito de Bob Hoskins abrazaba a su papá para decirle que había sido la mejor película que había visto en su vida, que estaba orgulloso de que su papá fuera Mario… y que lo amaba. Como yo te amo a vos y a la canción de ustedes en Super Mario Bros: Casi irreal

Perdón que me colgué, Perdiendo mi tiempo Marie. Así somos los escritores. Nos vamos por las ramas. Deliramos. Académicamente le dicen: disgresiones. Pero yo, que no hice Letras, no sé si soy así porque escribo o porque me gustaba chupar esos caramelos que no eran ni Sugus ni Media hora. Right now? Lo que más me gusta chupar es el Frizzé Evolution Blue. Ojota con el violeta que es un sin escala a la morgue. Roja directa. Y ya no podés volver a la cancha. El Frizzé Evolution Violet es como si te quedaras corto con las cáscaras de naranja para el pajarito y le sumaras costras de una sandía. Aniquilación total. ¿Viste? Algo sabemos de coctelería.

Volviendo a hablar de mierdas: qué cagada que te hayas ido de gira el martes. Sabe Dios que le diste batalla. Que desde el 2002 te venías marchitando como una flor. Eso también es casi irreal. Casi veinte años luchando contra una enfermedad. Que ya no estés. 

Eras cinco minutos más chica que mi mamá. Pero si a vos no te importaba Marie, a mí menos. Mi mami hace un par de semanas atrás nos dio un flor de susto. El corazón. Después de la intervención quirúrgica, mientras dormía en esa cama del Hospital Ballestrini, lo miraba a mi papá y no dejaba de pensar en que si la vieja se iba, cinco minutos después el viejo se iba a ir también. Y eso sí que me importa, Marie. Y no sabés el miedo que me da. La angustia. Que no la puedo demostrar. Mi hermano tampoco. Por más que con el Freduli si nos confundiéramos en un abrazo no pararíamos de llorar. 

Mi papá hace rato anda rompiendo las bolas que cuando se va uno al toque se va también otro. Que nos buscan de a dos. Explica, como si fuera un egresado del Puán sobre Parcas, que cuando se murió mi padrino Enrique –el menor de sus hermanos- no pudo aguantar y también se tuvo que ir con él la Tía Nieves –que era la hermana mayor de ellos seis-. Que así pasó el invierno pasado cuando le tocó a su tía Ñata porque al toque también se fue la tía Rufina. Leíto, ¿te acordás de la tía Ñata y de la tía Rufina? Sí, pa. Me acuerdo. Las vi una sola vez. En el 85. Y ya en esa época eran viejas y parecía que la iban a quedar en cualquier momento. Y mirá lo que duraron. Las conocí antes de que se formara Roxette. Antes de que escuchara en la radio por primera vez una canción del dúo sueco Roxette como los presentaban Hache Scanner o B.B. Sanzo en la Z95. ¿Será como dice mi papá, Marie? ¿Que nos buscan de a dos? ¿Qué se va uno y después alguien que te quiso mucho? 

Yo te quise mucho, Marie. Debe haber sido amor, mujer bonita. 

Pero el que por estos lados te amó -posta- ese fue Hernán Ronsino. 

Aclaro por las dudas.

En una semana van a ser tres años de que también le tocó irse de gira a mi maestro, Alberto Laiseca. Si en ese tour en el que andan ahora les toca compartir escenario, tenele paciencia. Mandale saludos. Decile que acá en la tierra somos una banda los que lo extrañamos. Que su bigote es mucho más emblemático que el de Mario Bros. Y que si bien sus gustos musicales oscilaban entre La cabalgata de las Valkirias y La Guitarra de Los Auténticos Decadentes estoy seguro de que de ustedes le va a encantar, Casi irreal: el tema de la película del Super Mario. Porque es eso lo que hace un libro, eso lo que hace una película, es eso lo que hace una canción: es una historia pidiéndonos que la conozcamos y a la vez conocer un poco de nosotros mientras la leemos, vemos o cantamos:

Cariño

Dejá de tener frío y abrigate

Descansá.

Entrá.

Respirá hondo.

Y hacé lo que mejor sabés hacer.

¡Sí!

Quitate esos zapatos y anda descalzo

Dejá atrás las calles de la ciudad.

Estoy convencida

Que por algo nos cruzamos en el camino.

El destino arregló que nos conociéramos.

Adoro cuando me hechizás

La manera que tenés de tocar.

Tenés el poder de curar.

Me das esa impresión.

Sos casi irreal… Sos casi irreal.

¡Escuchá!

No podemos detener a la lluvia

Así que busquemos un lugar

Cerca del fuego.

A veces siento

Por extraño que parezca

Que estuviste en mis sueños toda mi vida.

Es un mundo loco el de allá afuera.

Bien loco.

Ojalá que nuestras oraciones

Estén en buenas manos

Cuando llegue la noche.

Mandale saludos a Laiseca, Marie Crash! Boom! Bang!

Y vos seguí cantando… acá… allá… y en el más allá también.


*Este texto fue escrito para la Feria Edita, de La Plata, en diciembre de 2019.

Ilustración de Miss Carlaina

Por Ignacio Bogino


“Al papá de Juan, el nieto de Graciela, lo atropelló un colectivo. Murió, pero levantó el ánimo tomando café. Parece otro ahora”.

Eso me dijo mi mamá, pensando que le había atendido el teléfono mi tía Judith. Me quedé callado y no le dije nada; me gustaba la voz de mi mamá cuando tenía esperanzas. 

Llamó de la casa de Inés, la vecina.

Yo, por los sueños que siempre sueño, no había podido dormir en toda la noche, y aunque lo tenía prohibido atendí el teléfono que sonaba calentito en el rincón bajo la ventana.

“Venite, Judith, venite, hacete un termo de café y venite, no le digas a nadie del milagro”, repitió antes de cortar. 

La casa de Inés es la segunda puerta a la derecha de la nuestra.

Me rasqué con nervios la barba mientras sostenía incómodo el tubo entre el cachete y el hombro; y cayó la misma nieve de siempre, seca y muerta, de mi mentón irritado.

Ya lo tenía decidido, iba a aprovechar la oportunidad. Tenía que hacer el café, rápido, había visto muchas veces cómo se hacía.

Antes de salir quise dar una vuelta por la casa, quizás pasar por mi habitación, la que me había guardado todos los días de mi vida y llevarme algo, un recuerdo, algún juguete de yo más chico; pero me arrepentí, mi tía Judith dormía y no quería despertarla ni que me invitara a su cama, como siempre hacía cuando estábamos solos; o que me tirara con el bastón. Igual, lo más importante era que no me descubrieran. Entonces, agarré las llaves de adentro de un corpiño, de adentro de un cajón, de adentro de la pieza de mamá, sin mirar la cama donde dormía papá antes de irse al cielo. 

Al fin y al cabo, la casa chorizo nunca me había gustado. Sus techos, altos, inalcanzables. 

Toby me ladró desde su cucha, se dio cuenta de que me estaba yendo y con el escándalo me desarmó los pensamientos. Él dormía con su ropita, su huesito de goma, su mantita tan linda que siempre quise tener y nunca tuve. Iba a despertar a mi tía el perro de mierda.

Fui hasta la puerta, abrí la reja y salí.

Me olvidé de mear, pero ya no importaba. 

El frío me cacheteó y yo le puse la otra mejilla, como Dios manda.

En calzoncillos estaba, no me había dado cuenta en el apuro.

Pasé por la casa de Graciela; no parecía tan tétrica, y descubrí que de día su puerta no era gris como imaginaba, sino amarilla. Observé sobre el techo si el papá de Juan, el nieto de Graciela, subía volando en forma de espíritu. Pero nada pasaba de eso, solo la gente amontonada, chismosa como siempre, mirando con extrañeza a mi sonrisa de lengua.

Apuré el paso para evitar cruzarme con mi mamá, a ver si de la vergüenza me reclamaba de nuevo el haberme traído al mundo.

En pleno invierno, el sol es más importante; lo busqué en cada cuadra, pero no alcanzaba. 

La piel se me traslucía y algo de adentro quería salir para broncearse alguna vez. Le pedí paciencia.

Como nunca, observé los abrigos de las personas que me cruzaba mientras caminaba.

El cuerpo no se me acostumbró rápido al frío, ni las medias puestas tenía.

Estornudé solo una vez en el camino.

Y sin mocos.

Cuando cruzaba las calles, desde los autos me miraban desempañando la ventana.

La gente, apuradísima a la mañana. ¿A dónde iban con tanta bufanda?

Mi calzoncillo blanco lucía varias manchas viejas y amarillas.

Estaba seco mi calzoncillo blanco viejo y amarillo.

Me crucé con una pareja y su hijo hermoso en chochecito, y me agarré los huevos y la pinchila y los manoseé con fuerza en forma circular. Es que me miraban mal; total ahora qué me importaba ser grande y agarrarme los huevos. Yo nunca había andado en cochecito.

No eran muchas cuadras, o sí, pero era más lindo llegar paseando a cualquier lugar.

Ni de chiquito ni de grande me había dado cuenta de que tenía que caminar, de lo hermoso que era salir de casa. Nadie me lo contó.

Lo anoté como una tarea: pasear obligatoriamente bajo el sol. 

Pero no sabía si iba a poder recordarlo después, en mi nueva vida.

La parte de la barranca, que solo yo conocía y que me gustaba observar cuando me escapaba de casa por las noches, quedaba bajo la luna, detrás de unos árboles que tenían forma de nube.

Encontré el sector, no las nubes ni la luna. 

Fue fácil. En la mañana, al final, era todo más fácil.

Ahí estaban, sobre la piedra gris y filosa que se desprendía de la tierra en forma de trampolín, aguardando su turno para arrojarse al río, los pajaritos, los más viejitos, los que no podían volar más. 

Qué lindos colores los pajaritos al día.

Papel picado de arcoíris flotando.

Yo no era tan viejito como ellos en edad pájaro, pero tampoco había volado nunca en edad humana.

Por fin, tan cerca del milagro. Toda una vida esperando.

Me ubiqué detrás del último en la cola, con respeto. Algunos me miraban y apuraban sus pasos cortos, los saltitos; daban vueltas. Se despedían del vuelo con sus últimas fuerzas. Hacían sus sonidos.

¿Qué pensarán de mí los pajaritos?

Siempre les guardé su secreto, no teman, les quise decir, pero las cosas importantes nunca se me transforman en palabras.

Se pusieron nerviosos, y yo también.

Sin embargo, silbé una vieja canción que no me acordaba que sabía. Una que había escuchado de chiquito, alguna vez, por debajo de mi puerta.

Yo no soy un gran señor, pero en mi cielo de tierra.

Así decía la letra y así hice con mis manitos; así, como si tuviera alitas. 

Los pajaritos caminaron alrededor de mis pies, se tranquilizaron de mi presencia. Uno se impulsó y se agarró de mi pelo, por un rato,  después cayó planeando a mis pies y volvió a la fila; como si no fuese un buen nido mi cabeza.

El frío me puso los pezones duros y la piel de gallina.

De todos los pajaritos, justo la gallina.

El río calmo ondulaba entre marrón y plateado: una gran serpiente tornasolada.

Sobre la barranca la vista; mucho río, mucha isla verde.

Me descuidé y ya estaba solo.

Tocó mi turno.

Adiós mamá, adiós tía Judith. Quizá algún día las pase a saludar.

Nacer con suerte, me dije, para darme valor. 

Sentí la piedra fría bajo las plantas de mis pies.

Miré el cielo y me dio mucha bronca no poder saltar para arriba.

Igual.

Salté.

Fueron demasiados metros para pensar cabeza abajo.

La vida vieja pasó, como película dada vuelta.

Tonto de mí.

Había olvidado el termo con café.


Por Vicky Allin


Se lo puede ver fácilmente porque es el más alto de todos y las máquinas del mostrador no logran cubrir por completo su cuerpo encorvado frágil. Con la mirada hacia abajo, junta uno a uno los vasos de cartón mientras los apila con pretendida perfección, algo que parece salirle como a uno la costumbre. Lleva unos lentes de marco grueso gastados sobre el tope de su cabeza, casi despojada de una cabellera gris desordenada, algo que llama la atención entre las caritas redondas rebosantes de piercings y mechas de colores en los demás empleados. Sobre su delantal lleva un cartel de identificación donde puedo leer “Kami” en letra manuscrita, rodeado de dibujos de arcoíris a mano alzada.

Sobre él: más que un nombre una etiqueta. “Kami”, así de suave, así de agudo, así de incompleto.

Me tomó el pedido una chica que venía dando órdenes por el pasillo. Nunca me miró a los ojos mientras completaba mi solicitud en la computadora. Me lanzó una serie de preguntas automáticas a las que respondí con unos segundos de pausa, que es lo que me lleva morder mi labio inferior (un gesto que hago cuando estoy indecisa y me es imposible contener) “leche descremada, por favor”, indiqué al final cuando ya se había dado vuelta para dejar de hablarme.  Tampoco me fue posible contener mi mirada sobre los brazos peludos y canosos de “Kami” trayendo mi bandeja y preguntando mi nombre a la chica de la caja. “Decime cómo se llama”, volvió a insistir en voz baja para que yo no lo escuchara, siendo la única clienta que esperaba su orden. Volvió a preguntar y le sonreí cómplice sin hacer ningún ademán de acercamiento al mostrador.

En la cafetería que es constante movimiento, ahí, donde se sienta un tipo a vender futbolistas en una esquina y por el medio una señora de exagerada condescendencia vende paquetes turísticos de lujo a un millonario improvisador. En la misma cafetería donde dos pibes inflados chocan los puños al saludo de “hola crack” y pasan minutos con los ojos en sus Iphones antes de volver a hablarse. El mismo lugar que poco se parece a los bares de barrio, ahora que son grandes cadenas de líquidos estandarizados, jugos edulcorados y pines con arcoíris y nombres de mascotas. Ahí mismo, “Kami” preguntó mi nombre, que era una forma de reclamar el suyo.

“¿Victoria?” Inquirió con seguridad. “Tenés un café de cortesía” dijo a continuación. Ese café me lo habían dado mis puntos de consumidora promedio que recorre la ciudad en busca de un puerto de carga a diario, y eso me animó, porque sentí que de alguna forma era un gesto auténtico de su parte, como si hubiera sido un café hecho por sus propias manos, oscurecidas por el torrado molido esa mañana y dejando ver sus manchas en su delantal sin nombre. Como antes, quizás, poniendo su acento personal en el aroma que diferencia cada uno de sus matices. Vi en sus gestos la experiencia que añoraba un buen momento.

No me llevó más de media hora terminar mi merienda pobre en calorías y las noticias que me convocaron esa tarde. Escribí algunas líneas en el dorso de mis apuntes, en un intento caprichoso de evadir mis responsabilidades. Me obsesionaba la idea de escribir sobre él e inventarle un pasado que justifique con heroísmo la escena, pero no me animé. Cuando salí me acerqué al mostrador y un chico con barba, tatuajes y ojos celestes había reemplazado a “Kami”. Solo pude ver su perfil, apenas distinguible, entregando pedidos con nombres de ficción a personas que van y vienen.