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Poéticas

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Ph: Lucía Peluffo

Por Gonzalo Sanguinetti


Leer los poemas de Gonzalo Sanguinetti nos enfrenta a la paradoja de la lectura: sucede fuera del tiempo pero en el tiempo. Ahí estás frente a los textos con tu cuerpo, tu historia y los pendientes que registraste en tu agenda (y los que te negaste a escribir). Y sin embargo todo lo que sucede no sucede aquí, sucede más allá. Imaginen ese instante preciso en que los brotes de los árboles estallan de vida sin aviso… como todos los años, como en todos los ciclos… algo nuevo e irrepetible aparece. Así es la belleza de la poesía de Sanguinetti.


I.

intimidamos misterios 

empuñando nombramientos 

ya heridos de silencio 

herida es huella que hizo boca  

hablamos para cicatrizar 

abriendo 

puntuamos el morir 

viviendo 


II.

a orillas de la voz 

relumbran 

insumisiones del silencio 

rumores de alas 

intrigas encantadas de inminencia 

pero quién ayunará nombres 

para oír lo herido 

cantar lo indecible?


III.

cuándo será 

que haremos vida 

así… 

como hacemos verso 

con extática gentileza 

declarado temblor 

y anhelada evanescencia 

acariciada ingravidez 

así… 

como nos hace un beso 

deshaciéndonos aparecer 


IV.

anidar 

sobre el reparo de la nada 

entre el diluvio de ruido 

abrigar un silencio leve 

ante la velocidad impasible 

demorar el gesto de existir 

en el cultivo de la espera 

escuchar crujir el mundo 

suelo fecundo  

del que nacerá todo derrumbe 


V.

qué hacer con esta rotura 

                  de mundo? 

morimundo de sí  

llaga que nos es 

alguien pregunta dónde  

             recibir a quienes vendrán? 

                       quienes ya están sin dónde? 

labraremos en la espera 

el lugar de una venida? 

escribiremos en las palabras 

memorias de silencios que fuimos? 

podremos cantar las alas de algún pájaro? 

tender a la rotura 

hundir allí la escucha  

herirse de locura 

lo demás es una extensa fatiga 

aún resta concebir manos 

que escriban lo imposible 

mientras tanto 

hacemos poesía


*Gonzalo Sanguinetti: Nació en la Ciudad de Buenos Aires (1989) y aún vive allí. Se graduó en Psicología (UBA) y se encuentra preparando su tesis de maestría sobre poesía y hospitalidad. En 2020 editó, junto a Milena Caserola, su primer poemario titulado Versuras. Como docente cultiva escuchas y preguntas en aulas públicas de la Facultad de Psicología de la UBA. Habita espacios y tiempos clínicos con voces que deciden conversar con sufrimientos que las habitan. Vive encantado por el asedio poético de palabras, por lo que dice el silencio y lo que anida en lo imperceptible… Misterios a los que no puede desobedecer.

**Algunos de los poemas de “En la intimidad de la lengua” fueron editados en Versuras, otros son inéditos. La curaduría es de Roma Godoy.


Todas las fotografías de esta serie son de Lucía Peluffo.

Lucía Peluffo estudió Diseño Industrial en la UBA y se formó en los talleres de Lena Szankay, Proyecto Imaginario y Agustina Triquell, entre otros.

En 2016 publica el libro “Somos uno. Somos dos”. Fue finalista en el Festival Encontros da Imagem (Portugal) y en el Premio al Fotolibro Latinoamericano del Museo Cuatro Caminos (México). Proyectó este trabajo en el Tbilisi Photo Festival (Georgia).

Con la serie “Isabel” participó en festivales como Itinéraires des Photographes Voyageurs (Francia), San José Foto (Uruguay) y Voies Off (Rencontres d’Arles, Francia), y en muestras colectivas e individuales en espacios como Alimentación General y la Fundación ICBC. En el año 2019 presentó el libro de esta serie en Ivorypress (España), coeditado junto a Gonzalo Golpe y el estudio Underbau.

El año anterior gana una mención en el premio de maquetas FELIFA-Futura con el libro “No sé si es una tormenta”, donde Federico Paladino, editor de La Balsa, conoció el trabajo y decidió publicarlo un año más tarde.

En el 2020 realizó el proyecto “Una tentativa de equilibrio” en el marco de la Residencia 1plus2, en Toulouse (Francia), que finalizó en una exposición y publicación por la editorial Filigranes. Este será expuesto en 2021 durante el festival Boutographies (Francia).

Obtuvo el 3° Premio en los Tokyo International Foto Awards en 2016 y fue finalista de los premios Francisco Ayerza (2016 y 2017), del IV Premio ArtexArte y del VI Premio AAMEC.

Actualmente trabaja de manera independiente como diseñadora editorial e industrial, en el desarrollo de exposiciones; y vive entre Argentina y Francia.

Para conocer más de su obra pueden visitar su sitio web:  https://lulupeluffo.com/


Melina Gutman es pintora, animadora y diseñadora de Imagen y Sonido por la Universidad de Buenos Aires. Se formó en técnicas visuales con artistas como Grupo Presente, Decur y El Waibe. Su original obra combina trabajos de animación, cine, video, fotografía, pintura, dibujo e historieta. Lxs invitamos a explorarla.


Melina trabaja sobre distintas dimensiones de lo familiar y lo íntimo desde el detalle, la singularidad, la grieta en la piel, el gesto que asemeja y diferencia, el recuerdo intermitente, el desglose minucioso de lo conocido.

Una de sus obras más destacadas es la videoinstalación Marea, realizada en 2017. Esta incluía una serie de animaciones hechas a partir de pinturas, montadas sobre una pared en la recreación de un espacio doméstico. Expuesta en Satélite XIV, Marea abrió para la artista un campo de investigación en el cruce entre el audiovisual y las técnicas plásticas:

“Marea es una animación pintada cuadro a cuadro que busca representar y transitar las fotos y viajes familiares, filtrados por los azules tintes de la memoria. Revive y eterniza esos instantes cotidianos, a los cuales se puede acceder entrando al set de un living que resulta familiar”.

En el mismo año expuso en la muestra Barnum una pintura al óleo titulada Lo que nace conmigo, mosaico familiar basado en fotografías. También participó como directora en el área audiovisual de la Bienal de Arte Joven 2017 con su cortometraje Miscelánea familiar, documental experimental que utiliza una serie de fotografías carnet de su familia y las resignifica al acompañarlas de una construcción sonora basada en las distintas percepciones personales de los recuerdos: 

“Mi búsqueda personal ahonda los espacios de la memoria familiar, el sentido de pertenencia y su relación con el retrato cotidiano. Indago en estas capturas como las fotos familiares analógicas, las foto carnet, los registros amateurs con los que se quiere mantener vivo un recuerdo”.

En pintura, destaca Pieles, una serie de tres óleos realizada en 2018. En ella Melina retomó un formato más tradicional de obra, esta vez para replegarse hacia la memoria de su propio cuerpo. Las heridas, las manchas, las marcas. La experiencia y el tiempo hechos carne en primerísimo primer plano. El formato ovalado de las obras, que remite a la clásica forma que toman los retratos, es una insistencia en la idea de que, más allá del rostro, existen otros elementos físicos retratables que hacen a la identidad.

“La piel está constantemente mutando, variando así su textura, flexibilidad, color, olor y temperatura. La obra busca resaltar aquellos vestigios que nos acompañan en nuestro cotidiano, ya que los mismos llevan consigo la memoria de la experiencia”.

Su investigación la ha llevado a trabajar en numerosos proyectos junto a otrxs artistas.

1. Ilustración para el film La Yunga, dirigido por Gala Negrello.
2. Ilustración para convocatoria de Agrupación Artistas de Rosario por la Ley de Humedales.



Actualmente se encuentra desarrollando un proyecto titulado Personarios  en el que realiza ilustraciones únicas a pedido. Estos “muestrarios personales” reflejan a la gente a través de una serie de elementos característicos de sus vidas, que Melina pinta especialmente para cada encargo:

En su obra en formato cómic, podemos subrayar la adaptación de un poema de Melina Ritter titulado Todo o nada. Esta búsqueda visual en cruce con la poesía elabora la intermitencia de los recuerdos de las primeras experiencias, en clave fragmentaria, como breves iris de un tiempo inicial.  

Fragmento del cómic Todo o nada, por Melina Gutman.


En su cómic 24 de diciembre, la artista exploró la imaginería de las fiestas navideñas. Esta obra nos hace volver a mirar gestos y símbolos que conocemos bien. Los deja detenidos en el tiempo, flotando en el aire de su retención, para potenciar la fuerza de las imágenes.

Gracias a la bicromía y a una iluminación muy especial, se reacomodan las viñetas de fin de año: 

Fragmento del cómic 24 de diciembre, por Melina Gutman.


Actualmente, Melina se encuentra trabajando en el proyecto de una novela gráfica titulada ¿Esto es todo lo que hay?, por la cual obtuvo una beca de apoyo del Fondo de las Artes de Vicente López. En esta obra, la protagonista desglosa minuciosamente el espacio de su habitación en la búsqueda de una respuesta existencialista a la monotonía del día a día mientras pasa allí un prolongado tiempo de encierro. Un cuarto propio visual, versión pandemia. 


Redes sociales

Web: https://melinagutman.myportfolio.com/

Instagram: @melgutman

Fb: https://www.facebook.com/melinagutman/


Por María Belén Corso


Leer los poemas de María Belén es una gran ocasión para abrazar la ternura y devolverle la mirada.


Sueño I

Sueño en una tarde de verano
que el abejorro llega a mis piernas
que el dolor no existe
que el aguijón es dulce
que es verdad
que le hace tan feliz mi pierna
que oxigena la sangre
y se queda conmigo.


Una canción en la radio

Suena una canción en la radio

que te produce algo en el pecho

que no podés explicar

lo único posible es sentir

que Hermenegildo Sábat

cuando te dijo El piropo

sobre el aire que no te alcanza

tenía razón.

Esa mañana de invierno

llegaste de visita vestida de florcitas

y el Maestro

te vio, sonrió y habló.

La canción suena de noche

en el patio, mientras cenás con tu familia

no comprenden por qué

dejaste de cortar la pizza y quedaste inmóvil

vos tampoco ¿Cómo explicar?

Capaz algo similar sucede sin gravedad

lo dudo

me gusta creer que flotaría

acá no floto.

La insuficiencia ¿Qué será cardíaca?

Entonces, le susurrás a la abuela

que también es Maestra

-Te falta comida, hijita.

Volvés tu media atención a la pizza

no hay caso

abandonás el patio

entrás a la habitación

y decidís escribir.

Te peleás con vos porque prometiste

no regodearte en el desencanto

no provocar espanto.

Qué hermoso sería

que Sábat no tenga razón

en esta noche de verano

donde el amor está 

sentado alrededor de una mesa

pero yo no sé

por qué 

no logro comer.


El mensaje

Hubiera preferido cualquier cosa te juro
mirá, yo que promesas no hago
y al cielo poco pido porque sé que sí cumple
a su manera, claro
tergiversa deseos 
hace creer que la luna escucha 
teléfono descompuesto,
al sol algo le dice pero él orgulloso
escupe sobre los pies mojados de alguien
como yo, chiquita cuando el mensaje no llega;
es así, nosotras sufrimos de eso
cuesta hacernos entender.


Fe

Ya no reviso el correo con mayúsculo detenimiento
busqué la silla de lona y me vine al patio 
miro cómo las mariposas bajan y cumplen
con su fidelidad libadora, yo espero ¡qué verbo!
encontrarme sin preámbulos 
con la de ojitos celestes y manchas anaranjadas;
dicen que todas son espíritu, nunca ausencia
ya lo creo, acá aman y duermen, por siempre
yo las junto, en una cajita rosa
y les beso el ala izquierda
en un acto de Fe.


**María Belén Corso (Buenos Aires, 1993). Es Lic. en Artes Visuales, docente de Lenguaje visual en la UNA y cursa Gestión Cultural en la UNLaM. En 2019, ganó la beca creación del Fondo Nacional de las Artes con el poemario “Pétalo nocturno” (Ed. Alción en 2020 y Ed. Tipas móviles en 2021). El mismo año expuso junto al colectivo @mujeresquecortanypegan por motivo del 8M en Madrid y fue seleccionada en el Premio Jóvenes Grabadores en PANAL 361. Integra las antologías ‘Textos viajeros’ (Ed. Galiarte, 2020), ‘Calíope, Antología de mujeres poetas del conurbano’ (Ed. Lítica, 2020) y ‘Clímax’ (VULVA fanzine, 2020), entre otras.


Ph: Solange Salmon

Por Alejandra Pérez Tujague


Los poemas de Alejandra Pérez Tujague tejen tramas invisibles que conducen imagen tras imagen a la primera luz de la mañana. En sus versos conjura la oscuridad nombrándola y encanta a la bestia cansada con la calidez de su voz. A continuación una selección de sus poemas.


La ahogada

Una vez tuve miedo

todo lo demás

fue aprender a ocultarlo

amaestrada en la quietud

en la invisibilidad

dejo caer mi cuerpo al río

como una recién asesinada

el barro me bautiza

y salpica a los vivos

y a los muertos

de este entierro.


Residuos

Oigo el camión de la basura

dejo las bolsas atadas

como lo hacías vos

hay noches que lo olvido

y los perros desparraman los restos

de mi boca sale olor

la ato con fuerza

para no nombrarte

pero a veces lo olvido

y los perros te alcanzan.


Aprendizaje

Mi abuela analfabeta

me enseñó a leer

puso sobre la mesa

su boca de loba

en acecho

para que escribiera con hambre

no la ternura

el devenir

la propia versión

de los hechos.

no el conocimiento


Proceso

Cuando todo esté bien
voy a limpiar la casa
abrir las ventanas
y pasear al perro

ahora
solo quiero quedarme 
desnuda sobre las sábanas

los insectos
agujerean mis poros
con fina dedicación 

veo desde acá
el polvo sobre las cosas

cuando todo esté bien
la casa se va a sacudir.


Gravedad

Por estas calles

donde la gente pasa

a hacer su vida

paso yo también

a hacer la mía

elevo el corazón

y lo arrojo al aire

como una piedra 

que nunca

cae.


** Alejandra Pérez Tujague: Nació en Buenos Aires (1973). Es psicóloga social y estudiante de Trabajo Social (UNAJ). Y madre de Salomé, Joaquín y Victoria. En 2020, la editora Griselda García publicó su primer poemario, El fuego en el que creo. 

[Los poemas de esta selección, surgen de: Poemas del libro El fuego en el que creo (2020), Griselda García Editora. Buenos Aires]

*** Solange Salmon: Nació en Buenos Aires en 1974. Es politóloga, actualmente cursa la carrera de Pedagogía y Educación Social (ISTLyR), y en paralelo estudia temas vinculados a infancias y juventudes. Comenzó a explorar la fotografía hace 5 años, asistiendo a diversos talleres con referentes en el área, como Alberto Goldenstein, Valeria Bellusci y Marcos Adandía.


Ph: Maximiliano Ubalde

Por Carlos Fuentealba


Las crónicas de este diario suelen buscar la transparencia. Esta no lo hace. O por lo menos, no en el sentido que entendemos habitualmente la idea de transparencia: la facultad de los grupos económicos para controlar el aparato del Estado.

Estas líneas, además, se anticipan a sus críticos, que en defensa de la citada idea de transparencia, saldrán a acusar al autor con su sentencia preferida: polarización. El diccionario define la polarización como el acto de “modificar los rayos luminosos por medio de refracción o reflexión, de tal manera que no puedan refractarse o reflejarse de nuevo en ciertas direcciones”. Es una palabra de la física y su sentido se puede entender fácilmente si pensamos en un auto con los vidrios polarizados. La oscuridad sobre el cristal permite que veamos hacia afuera, pero no permite que seamos vistos si estamos adentro. Demás está decir que este tipo de vidrios lo utilizan los narcotraficantes y la policía secreta; los políticos cazurros y toda la industria delictual que gira en torno a ellos. 

La historia de esta crónica parte como una idea que no prospera. Una idea que, como muchas, muere en la reunión de pauta, ante el “no” seco e incómodo de un editor. Sin más explicaciones. Ahora, sin embargo, llega a ustedes gracias a que ese mismo editor está de vacaciones y el autor de estas letras ha decidido tomarse algunas atribuciones para bajar el vidrio polarizado.  

Pues bien, hechas todas estas aclaraciones, vamos al asunto: acabo de salir de la cárcel. Sí, como lo leen. Hoy 4 de julio de 2011, me han librado de la Penitenciaría de Santiago, a la que me habían trasladado horas antes desde la Comisaría de Maipú. ¿Mi delito? Hurto en grado menor, lo que representa una falta. ¿Mi pena? Una noche de encierro, una multa de 20 mil pesos y la prohibición de acercarme por seis meses al lugar de la falta. ¿Y en español? De un hipermercado me afané una brocha para pintar que costaba 1500 pesos (tres dólares para los turistas). 

En el pasillo, la eché en mi mochila e intenté salir del local. Los guardias que me vieron por cámara detuvieron mi paso y me llevaron hasta una sala del subterráneo. Allí, una hora más tarde, me pasó a buscar un furgón de la policía, que me llevó a constatar lesiones y luego a la comisaría, esposado. Me dieron de puntapiés cada vez que subí y bajé del vehículo. 

En la comisaría, me encerraron en una celda junto a una docena de tipos. Cada tanto entraba o salía uno. Todos varones. En la celda de mujeres, al lado, había sólo una muchacha que no paraba de llorar. 

“Zapata”, leyó mi apellido el oficial, “cuando no pierde, empata”, remató. Dos cabos soltaron una risa estúpida. “Así que robo de brocha para pintar ¿Es usted pintor?”. Otra risotada de los cabos. “Pues espere a que el Fiscal ande de buen ánimo y lo suelte”. Me senté dos horas en silencio. Ya se hacía de noche y tras una llamada telefónica, el oficial abrió la reja y sacó a dos adolescentes.  “Mala suerte, amigo”, me dijo y cerró. 

Pasaron dos horas más en las que ninguno de los apresados abrió la boca. Descalzos y sin teléfonos, mirábamos el suelo o algún punto de la pared. Escuchábamos en cambio las conversaciones de los policías en torno a los programas de televisión, el campeonato de fútbol y alguna borrachera de un cabo que nunca terminaba de explicitarse. Eran muy parecidas a las conversaciones del diario o de cualquier trabajo. 

De pronto se escuchó que llegaron más personas a la comisaría. El ambiente cambió y apareció el oficial con un muchacho pálido, al que sentó en el piso de la celda. Del sermón que le dio, dedujimos que se había tratado de suicidar. “La vida es bella, amigo mío, siempre hay una salida”, y una serie de cosas así. Antes de cerrar la puerta, el oficial nos retó a todos: “sean solidarios con este hombre”. “Qué hijo de puta”, dijo el supuesto suicidado cuando el policía se alejó y todos nos reímos en sigilo. 

Un hombre que estaba a mi lado me preguntó por qué estaba allí: “vos no tenís pinta de estar acá”. Le conté y tras una leve condescendencia me contó que esa era su vida habitual: pasaba por allí una o dos veces a la semana. Se dedicaba al oficio de “mechero”, una mezcla entre ladrón y comerciante que roba mercadería en bajas cantidades de los supermercados y luego la vende en la feria. Se aseguraba de no superar los 10 mil pesos para que no lo procesaran.

Así, cada tanto lo descubrían, lo encarcelaban por una noche y lo dejaban salir al otro día, con una multa de 20 mil pesos y la prohibición de acercarse al lugar donde lo habían pillado. Lo mismo que me pusieron a mí. Para él era parte de los costos. Para su mujer también. Me mostró una foto con ella y con su pequeña hija, Michelle. “Es la forma que encontré para alimentarla, hermano. No quiero que nunca se entere”. 

No hablamos mucho más hasta que amaneció. Los policías entonces nos subieron al pick out de una camioneta techada y cerraron la puerta. Ya a oscuras, un hombre aprovechó de prender un cigarrillo que circuló entre todos, volviendo casi irrespirable el poco aire que había durante el viaje. 

Media hora más tarde, nos bajaron de la camioneta en un patio. Nos hicieron caminar formados por un largo pasillo y esperar nuestro turno de revisión. Tras escuchar mi apellido entré a una salita donde un gendarme me revisó entero, me ordenó desnudarme, me pidió que me sacudiera el pelo, que me abriera las nalgas y que hiciera diez sentadillas.

Tras asegurarse que no tenía nada, me pasó un overol para que me vistiera y me hizo pasar a otro pasillo, a otra fila. Allí, esperamos otro largo rato hasta que nos condujeron a un calabozo gigante, donde se mezclaban presos de todas las comisarías. Algunos se conocían y hablaban sobre personajes en común, de afuera y adentro de la cárcel.

Allí sí que encontré a algunos hombres que me atemorizaron. En especial uno alto y muy blanco, con barba de candado, que parecía vigilarlo todo desde otro lugar psicológico. Cuando notó que lo miraba, clavé la vista al suelo y no la volví a levantar. Cada tanto, un gendarme abría la reja y enumeraba algunos apellidos de hombres que salían con él. Después de decir el mío, me condujo hasta una sala donde, tras un rato de espera, me hicieron pasar por una pequeña ventanilla. Del otro lado, un abogado revisaba el ingreso. “No puedo creer que por una brocha esté aquí un sujeto como usted”, me dijo. “No lo puedo creer por usted, ni por el fiscal, ni por la policía”. 

Luego me llevaron a un pasillo subterráneo, donde estaban todos los ingresantes formados. Nos hicieron ejercicios de fila militar, de esos que hasta hace pocos años pedían en todas las escuelas públicas: “arriba, al lado, a discreción ¡firme!”. Todos seguíamos maquinalmente las instrucciones. En la fila me crucé con el mechero de la comisaría, quien me dijo a la pasada que ya estábamos por terminar. Pero no era así. De allí, fuimos a parar a otras celdas, esta vez mucho más pequeñas. 

Pasaron dos horas en las que nadie abrió la boca. Fui el primero al que llamaron y caminé  por un pasillo azuloso de concreto y tubos de neón que llevaba hasta una puerta metálica. Traspasarla, era cambiar de dimensión, salir de una nave espacial para entrar a un mundo de oficinas con luces cálidas y paredes chapadas en madera. De inmediato se agradecía la sensación de amplitud. 

Y allí, un juez llevó a cabo el procedimiento que derivó en la multa que ya expliqué. 

Tras la sentencia, me devolvieron la ropa y me condujeron hasta la salida. Ya en la calle, pasó por mi lado el mechero que me indicó el camino hacia el metro. “Váyase derechito, amigo”. 

Le hice caso y llegué hasta acá, donde escribo estas líneas, que probablemente me terminen costando el trabajo.

Pero es la segunda vez que pasa esto. 

Sí, tal como lo oye. La primera, fue hace un año, pero no fue adrede. Salvo el hombre de la comisaría, los hechos fueron casi idénticos. Entonces sí necesitaba la brocha y terminé pagándola muy caro. 

Hace seis meses se produjo el incendio de la cárcel de San Miguel que acabó con la vida de 81 reos. Entre ellos, un mechero que conocí en mi reclusión. En este mismo diario, financiado por senadores, banqueros y militares narcotraficantes, se publicaron muchas columnas que insultaban a la memoria de esas personas. 

Pedí entonces escribir esta crónica, pero como ya conté, el editor dijo que no, sin más razones. 

Entonces decidí esperar a poder eludir su censura y publicar sin permiso. Como en las películas de periodistas. Repetí el procedimiento del robo y la captura para asegurarme de que lo que quería denunciar fuese real: la normalidad del sin sentido y la pena social. Porque, de cierta forma, yo también cargo con ese absurdo y quería pagar por adelantado mi derecho a publicar estas líneas. 

¿Por qué? se preguntarán ustedes a esta altura. 

Por los 81 de San Miguel y por todos los presos, pienso, por el padecimiento que vengo arrastrando desde hace mucho tiempo y, en definitiva, porque me pienso bancar estas líneas escritas alguna vez por un loco:

“Soltad al pájaro en mano por aquellos que están volando

Abandonad si hace falta una vida cómoda, aquello que os presentan como una situación con porvenir.

¡lanzaos a los caminos!”. 


Ph: Mora Urzagasti

Por Violeta Sabater


1.

Bailar sin parar hasta que el cuerpo se venza

cuando nada se sabe de las heridas

o de la palabra pasado

Se busca entre pisos

de madera o de mármol

o de baldosas

el cuerpo que pulsa

El momento exacto donde el pájaro

justo al darnos la vuelta,

convierte en libertad el vuelo

de su silueta

2.

Entre mutaciones,

apartarse de eso a lo que le dicen linaje

o hacerle honores

borrando las palabras que solía escribir

buscando los surcos 

mudando verdades

o reafirmándolas

3.

No sé si afirmamos lo que dijimos 

No sé si negamos lo que dijimos

Pero hubo un momento

en que nuestro decir acordado se expandió,

duró,

hasta volverse eco.


Ph: Federico Bini

Por Solange Rodríguez Soifer


Cuando escuché ¡a comer!, estiré mi vestido como pude y emprendí la carrera hacia casa. Debía estar sentada en la mesa antes del  primer llamado para que mamá no empezara con su rosario de quejas. Ella no sabía que tres minutos antes había hecho pis en el pasto, y que esa laguna tibia ahora se disipaba entre los arbustos. 

Esquivé los latigazos de las sábanas colgadas, y traté de no tropezar con Piccolino, que me seguía y por momentos se adelantaba, miraba hacia atrás y volvía sobre sus pasos para alcanzar mis piernas y empujarme con su hocico. Aun así logré llegar al comedor justo a tiempo; el aroma a pan recién horneado y pizzellas invadieron la nariz, mientras la panza se quejaba con un remolino de sonidos. Mamá estaba parada en la cocina y cortaba el pan en rodajas; la abracé con fuerza y los pliegues de su falda taparon por completo mi cara. Olía a ropa secada al Sol. Me dedicó una sonrisa y sus ojos se volvieron más luminosos; aún con el rodete que ocultaba su pelo, me parecía la mujer más hermosa del mundo. Con la mano tiznada de harina, me dio un empujoncito en señal de ir hacia la mesa. 

Di unos saltitos y me ubiqué en mi lugar; sabía que papá llegaría un momento después para colocarse en la cabecera. Así lo hizo, y antes de sentarse, soltó su delantal sin sacárselo; cuando bebió su café, la cerámica de la taza desapareció entre sus dedos de gigante. Mamá se limpió las manos con un trapo y acomodó como lo hacía siempre el cuadro que cada tanto se torcía, encendió la radio, y recién ahí ocupó su asiento, a la derecha de papá. Comenzaban a escucharse como cada lunes, los acordes del programa Canta Rabagliati. Fue entonces que un recuerdo lejano me sacudió.  

La melodía aún sonaba cuando la radio silenció de a poco la voz, hasta quedarse muda. Abrí los ojos. El cuadro ya no estaba, ni siquiera era la misma pared; sólo un reloj gris colgaba de la superficie blanca. Se escuchaba desde la tv una novela, y frente mío una mujer la miraba sin pestañear. 

-¿Qué hago acá? -le pregunté.  

-Vivís acá -me respondió sin despegar los ojos de la pantalla. 

Escuché pasos a mis espaldas pero no alcanzaba a ver de dónde provenían ni quiénes eran los intrusos. Intenté pararme cuando noté que algo me lo impedía: estaba atada a la silla. Comenzó a faltarme el aire.

-¡Quiero ir a mi casa! -dije con una voz cascada que no parecía ser mía.  

Los ojos celestes de la mujer me miraron con impaciencia. Había algo familiar en ellos, pero no estaba segura.

-Ya te dije que no podés volver. 

-¿Quién sos vos? ¡Quiero ir con mi mamá!

Traté de levantarme pero los huesos parecían estar rellenos de plomo.

-Quedate quieta que te vas a caer de nuevo.

¿Cuándo me caí? Miré mis piernas. Las vi finitas, débiles. Bajo el pantalón asomaba algo que hacía bulto a la altura de la cadera. Intenté soltarme pero sin tener la fuerza suficiente, el cansancio acabó por apagar mi cuerpo. 

Piccolino ahora no me prestaba atención; concentrado, rasgaba la tierra con sus patitas delanteras. Quería enterrar un hueso de pavo que había chupado por horas hasta dejarlo brillante. Mientras mamá colgaba la ropa de cama, yo armaba un ramo con flores de distintos colores para sorprenderla. Entre chicharras y susurros de árboles, se colaba el martilleo constante de papá sobre una espuela. En ese momento, algo que pareció como un trueno hizo vibrar la tierra como si miles de animales saltaran al mismo tiempo. Una bandada de pájaros voló a toda velocidad y en el horizonte comenzó a dibujarse un enorme árbol hecho de humo. 

– Carmelina ¡a la casa! 

Miré hacia mamá pero ya no estaba ahí; en su lugar había una sábana a medio colgar anudándose por el batir del viento y la tina volcada que parecía herida de muerte, con ropa asomándose de su panza de metal. Llegué al comedor lo más rápido que me dieron las piernas, y vi que el cuadro se había torcido por completo, pero esta vez  mamá no lo acomodó. Aunque el obsequio parecía desubicado, mis manos aún sostenían el puñado de flores silvestres. Papá encendió la radio y subió el volumen; es el Duce, le decía a Mamá. El discurso con palabras que no entendía comenzó a esparcirse por la casa. Combatientes de Tierra, del Mar y del Aire, Camisas Negras de la Revolución y de las Legiones, declaración de guerra, ¡venceré, y venceremos! Papá y Mamá se quedaron al lado de la radio medio encorvados, como si les contara un secreto, pero de esos que uno no quiere saber. Entonces supe que había algo que debía recordar.

El sonido de noticias urgentes se apagó y el silencio volvió a ocupar la casa. Abrí los ojos. El cuadro ya no estaba, ni siquiera era la misma pared; solo un reloj gris colgaba de la superficie blanca. Se oían pasos de fondo y una mujer enfrente mío leía un libro; no sabía quién era, aunque me resultaba familiar. Intenté pararme para salir de ahí, pero no pude; algo me detenía. Miré hacia abajo y vi una especie de cinturón que me sujetaba de lado a lado. Empecé a lloriquear pero para mi captora parecía que yo era invisible.

-Quiero ir al baño.

Siguió con la lectura de su libro y sin levantar la vista, me respondió.

-Tenés los pañales.

Me miré para comprobarlo. Debajo del pantalón había algo que hacía bulto a la altura de la cadera. Qué vergüenza tener que hacer ahí delante de todos. ¿Y si mamá se enteraba?

-¡Quiero ir al baño! -grité y las lágrimas acumuladas saltaron hacia los costados. 

-¡Ay, Dios! ¡No te soporto más! ¡Hacé en los pañales, mamá! 

Me quedé muda. Cuando reaccioné, miré mis manos apoyadas sobre las piernas; ya no tenían ramos de flores silvestres ni eran como yo las recordaba. Levanté la vista y me crucé con esos ojos claros que me miraban con desprecio, y recordé que alguna vez me contemplaron con admiración, como yo lo hacía con mi propia madre en un tiempo que ya no existía. Recordé también que tuve hambre, tuve frío y tuve miedo. Volvió a mí el crujir de un barco en altamar, que me llevaba lejos, en un viaje solo de ida. Escuché al oficial anotar mi nombre como Carmen, “porque Carmelina acá no existe”. También cómo sonaban en mis oídos las palabras nuevas que se esforzaron por esconder las viejas, aquellas de un idioma que ya no me pertenecía. Asaltaron mi memoria los amores lejanos, esos que te juran la luna y los otros que te juran el pan, y el más profundo, el de esos ojos celestes que una vez fueron chiquitos, cuando los miré por primera vez después de salir de mi vientre. Recordé entonces que dejé de recordar. La laguna tibia comenzó a fluir por el pañal, borrándose el rastro de la vergüenza. Cerré los ojos y entonces vi todo de nuevo. Sábanas colgadas que se agitaban al compás del viento; Papá martillaba; Piccolino empujaba mis piernas con su hocico; Mamá cocinaba, y como cada lunes, los primeros acordes de Canta Rabagliati comenzaban a sonar en la casa.


Ph: Maximiliano Ubalde

Por Julián Ferreira


Lo que te digo, 

en este momento, en este lugar,

en este cuartito repleto de fantasmas

es que voy a escribir lo que quiera.

Suficiente tengo con mi vida. 

Estoy tan solo en esta habitación, 

tan asustado, 

tan borracho

y a pesar de todo tan tranquilo. 

Allá afuera, lo sé,  

alguien va a encontrar un mundo,

entre tanto sinsentido.

Una persona 

en estas palabras.

Lo sé. Tiene que ser así.  

Estoy seguro y agradecido por eso. 


*Este poema forma parte de la antología Poesía desde el encierro, de Editorial Niña Pez.


Abrahuella tiene su origen en Agosto de 2016, cuando Sil Gordillo y Emiliano Llere, dos musicxs que actualmente residen en Santos Lugares, conformaron el dúo Desandando. Con esta formación, en el año 2017, grabaron con nombre homónimo su primer material discográfico. Este fue distribuido a través de las plataformas digitales y presentado en Circe. Fábrica de Arte en 2018. En esa ocasión, también grabaron el álbum Vivo en Circe

En 2019 se sumó Juan Alves como percusionista y el proyecto pasó a llamarse Abrahuella. Ese mismo año comenzaron con la grabación de “Hecho de Sur”, su segundo disco de estudio que se puede escuchar en las plataformas digitales. 

En 2020, en plena pandemia mundial por COVID-19, lanzan “Hecho de Sur” y vuelven a establecerse como dúo, debido a la retirada de Juan Alves del proyecto. “Hecho de Sur” es presentado en vivo de manera virtual a través de sus redes durante la cuarentena. Actualmente se encuentran produciendo nueva música desde su estudio hogareño El Abra y nutriendo el proyecto con nuevas búsquedas sonoras. 

En su joven trayectoria, Abrahuella se ha presentado en distintos espacios de la Ciudad de Buenos Aires, como La Vieja Guarida, Circe Fábrica de Arte,  Club de Música, Musicleta, La Casa del Árbol (en el marco del ciclo Cancionautas), Centro Archipiélago Canario de Buenos Aires (en el Festival Artistas con Raíz), La Quince, entre otros. También han tocado en el Gran Buenos Aires, participando en el Ciclo Búsquedas Sonoras (2017), organizado por la UNGS, Festival Viví la Patria (2018) y la Noche de los Museos (2018), ambos organizados por la Municipalidad de Tres de Febrero, en Club de la Música (Villa Ballester) y en el C.C.Arte y Vida en el Ciclo La Cosa Cultural (2019). A nivel internacional, se han presentado en el bar Invisible de Barcelona, con un formato acústico.

En su último trabajo, “Hecho de Sur”, la música de raíz se resignifica con las búsquedas sonoras de sus integrantes, nutridas de su vínculo con el folclore, con la ciudad que habitan, con la danza, el rock y otras músicas populares. Su lema es hacer folclore desde lo que cada unx es, partiendo de que este, como manifestación artística popular, es dinámico, se modifica a lo largo del tiempo y las generaciones, enriqueciéndose y siendo así la voz de su pueblo y de su tiempo. 

Durante este tiempo de pandemia, Abrahuella participó en el Festival Internacional “Anima Fest Desde Casa”, evento organizado por Ánima Prensa y apadrinado por Palo Pandolfo. También realizan vivos a través de sus redes sociales y participan de distintas iniciativas para seguir en contacto con su público. Como parte de su proceso creativo, se encuentran produciendo un nuevo single, Niebla buena, nacido de la exploración e indagación personal, artística y comunitaria en un contexto novedoso para la sociedad.


Redes sociales

FB: @abrahuellamusica

IG: @abrahuellamusica


Ph: Lucio Dodero

Por Alejandro Surroca


Elegimos la paz, hay demasiados colores como para no elegirla
Elevamos la tierra por sobre el nivel del amor
Las tardes de otoño acarician nuestras miradas perdidas
Hay un goce que se estimula,
que rige las suelas como para caminar en la altura.
Para recorrer los caminos de un pájaro durante el otoño
Dicen que se ven tan rojizos y preciosos que el paraíso se volvería un lugar intolerable
Esto es la paz.
Volar en libertad durante el otoño,
frenarse para flotar sobre los árboles.
Reservarse el derecho a llorar desde lo alto.
Y ver cómo nosotros también podemos hacer llover

Estos privilegios son para dejar el tiempo abajo
Fabricarnos un tapado que dura el proceso de las flores marchitándose
Hay un espacio diferenciado,
lleno de puro deseo y aire de colonia
Hay creencias también pero por distracción.
Porque es tan lindo lo que se ve que, ¿quién necesita creer en otra cosa?
Se cumple aquí con el deseo hasta de no llegar a ser ciego,
como un Fausto vaticinando utopías.
Esta satisfacción es traída solo y por el otoño.
Estos no son ojos del espíritu. Son visiones reales
Es preciso ahora bajar a tierra y creer (ahora si creer)
que sobran los caminos
Que vamos aprendiendo de los segmentos transitados.

No puedo más con la elegía,
y yo que me moría y yo que me moría
Es prudente recordar que estamos en Otoño
Cada vez que no usemos moño.