Categoría

Poéticas

Categoría

Ph: Solange Salmon

Por Alejandra Pérez Tujague


Los poemas de Alejandra Pérez Tujague tejen tramas invisibles que conducen imagen tras imagen a la primera luz de la mañana. En sus versos conjura la oscuridad nombrándola y encanta a la bestia cansada con la calidez de su voz. A continuación una selección de sus poemas.


La ahogada

Una vez tuve miedo

todo lo demás

fue aprender a ocultarlo

amaestrada en la quietud

en la invisibilidad

dejo caer mi cuerpo al río

como una recién asesinada

el barro me bautiza

y salpica a los vivos

y a los muertos

de este entierro.


Residuos

Oigo el camión de la basura

dejo las bolsas atadas

como lo hacías vos

hay noches que lo olvido

y los perros desparraman los restos

de mi boca sale olor

la ato con fuerza

para no nombrarte

pero a veces lo olvido

y los perros te alcanzan.


Aprendizaje

Mi abuela analfabeta

me enseñó a leer

puso sobre la mesa

su boca de loba

en acecho

para que escribiera con hambre

no la ternura

el devenir

la propia versión

de los hechos.

no el conocimiento


Proceso

Cuando todo esté bien
voy a limpiar la casa
abrir las ventanas
y pasear al perro

ahora
solo quiero quedarme 
desnuda sobre las sábanas

los insectos
agujerean mis poros
con fina dedicación 

veo desde acá
el polvo sobre las cosas

cuando todo esté bien
la casa se va a sacudir.


Gravedad

Por estas calles

donde la gente pasa

a hacer su vida

paso yo también

a hacer la mía

elevo el corazón

y lo arrojo al aire

como una piedra 

que nunca

cae.


** Alejandra Pérez Tujague: Nació en Buenos Aires (1973). Es psicóloga social y estudiante de Trabajo Social (UNAJ). Y madre de Salomé, Joaquín y Victoria. En 2020, la editora Griselda García publicó su primer poemario, El fuego en el que creo. 

[Los poemas de esta selección, surgen de: Poemas del libro El fuego en el que creo (2020), Griselda García Editora. Buenos Aires]

*** Solange Salmon: Nació en Buenos Aires en 1974. Es politóloga, actualmente cursa la carrera de Pedagogía y Educación Social (ISTLyR), y en paralelo estudia temas vinculados a infancias y juventudes. Comenzó a explorar la fotografía hace 5 años, asistiendo a diversos talleres con referentes en el área, como Alberto Goldenstein, Valeria Bellusci y Marcos Adandía.


Ph: Maximiliano Ubalde

Por Carlos Fuentealba


Las crónicas de este diario suelen buscar la transparencia. Esta no lo hace. O por lo menos, no en el sentido que entendemos habitualmente la idea de transparencia: la facultad de los grupos económicos para controlar el aparato del Estado.

Estas líneas, además, se anticipan a sus críticos, que en defensa de la citada idea de transparencia, saldrán a acusar al autor con su sentencia preferida: polarización. El diccionario define la polarización como el acto de “modificar los rayos luminosos por medio de refracción o reflexión, de tal manera que no puedan refractarse o reflejarse de nuevo en ciertas direcciones”. Es una palabra de la física y su sentido se puede entender fácilmente si pensamos en un auto con los vidrios polarizados. La oscuridad sobre el cristal permite que veamos hacia afuera, pero no permite que seamos vistos si estamos adentro. Demás está decir que este tipo de vidrios lo utilizan los narcotraficantes y la policía secreta; los políticos cazurros y toda la industria delictual que gira en torno a ellos. 

La historia de esta crónica parte como una idea que no prospera. Una idea que, como muchas, muere en la reunión de pauta, ante el “no” seco e incómodo de un editor. Sin más explicaciones. Ahora, sin embargo, llega a ustedes gracias a que ese mismo editor está de vacaciones y el autor de estas letras ha decidido tomarse algunas atribuciones para bajar el vidrio polarizado.  

Pues bien, hechas todas estas aclaraciones, vamos al asunto: acabo de salir de la cárcel. Sí, como lo leen. Hoy 4 de julio de 2011, me han librado de la Penitenciaría de Santiago, a la que me habían trasladado horas antes desde la Comisaría de Maipú. ¿Mi delito? Hurto en grado menor, lo que representa una falta. ¿Mi pena? Una noche de encierro, una multa de 20 mil pesos y la prohibición de acercarme por seis meses al lugar de la falta. ¿Y en español? De un hipermercado me afané una brocha para pintar que costaba 1500 pesos (tres dólares para los turistas). 

En el pasillo, la eché en mi mochila e intenté salir del local. Los guardias que me vieron por cámara detuvieron mi paso y me llevaron hasta una sala del subterráneo. Allí, una hora más tarde, me pasó a buscar un furgón de la policía, que me llevó a constatar lesiones y luego a la comisaría, esposado. Me dieron de puntapiés cada vez que subí y bajé del vehículo. 

En la comisaría, me encerraron en una celda junto a una docena de tipos. Cada tanto entraba o salía uno. Todos varones. En la celda de mujeres, al lado, había sólo una muchacha que no paraba de llorar. 

“Zapata”, leyó mi apellido el oficial, “cuando no pierde, empata”, remató. Dos cabos soltaron una risa estúpida. “Así que robo de brocha para pintar ¿Es usted pintor?”. Otra risotada de los cabos. “Pues espere a que el Fiscal ande de buen ánimo y lo suelte”. Me senté dos horas en silencio. Ya se hacía de noche y tras una llamada telefónica, el oficial abrió la reja y sacó a dos adolescentes.  “Mala suerte, amigo”, me dijo y cerró. 

Pasaron dos horas más en las que ninguno de los apresados abrió la boca. Descalzos y sin teléfonos, mirábamos el suelo o algún punto de la pared. Escuchábamos en cambio las conversaciones de los policías en torno a los programas de televisión, el campeonato de fútbol y alguna borrachera de un cabo que nunca terminaba de explicitarse. Eran muy parecidas a las conversaciones del diario o de cualquier trabajo. 

De pronto se escuchó que llegaron más personas a la comisaría. El ambiente cambió y apareció el oficial con un muchacho pálido, al que sentó en el piso de la celda. Del sermón que le dio, dedujimos que se había tratado de suicidar. “La vida es bella, amigo mío, siempre hay una salida”, y una serie de cosas así. Antes de cerrar la puerta, el oficial nos retó a todos: “sean solidarios con este hombre”. “Qué hijo de puta”, dijo el supuesto suicidado cuando el policía se alejó y todos nos reímos en sigilo. 

Un hombre que estaba a mi lado me preguntó por qué estaba allí: “vos no tenís pinta de estar acá”. Le conté y tras una leve condescendencia me contó que esa era su vida habitual: pasaba por allí una o dos veces a la semana. Se dedicaba al oficio de “mechero”, una mezcla entre ladrón y comerciante que roba mercadería en bajas cantidades de los supermercados y luego la vende en la feria. Se aseguraba de no superar los 10 mil pesos para que no lo procesaran.

Así, cada tanto lo descubrían, lo encarcelaban por una noche y lo dejaban salir al otro día, con una multa de 20 mil pesos y la prohibición de acercarse al lugar donde lo habían pillado. Lo mismo que me pusieron a mí. Para él era parte de los costos. Para su mujer también. Me mostró una foto con ella y con su pequeña hija, Michelle. “Es la forma que encontré para alimentarla, hermano. No quiero que nunca se entere”. 

No hablamos mucho más hasta que amaneció. Los policías entonces nos subieron al pick out de una camioneta techada y cerraron la puerta. Ya a oscuras, un hombre aprovechó de prender un cigarrillo que circuló entre todos, volviendo casi irrespirable el poco aire que había durante el viaje. 

Media hora más tarde, nos bajaron de la camioneta en un patio. Nos hicieron caminar formados por un largo pasillo y esperar nuestro turno de revisión. Tras escuchar mi apellido entré a una salita donde un gendarme me revisó entero, me ordenó desnudarme, me pidió que me sacudiera el pelo, que me abriera las nalgas y que hiciera diez sentadillas.

Tras asegurarse que no tenía nada, me pasó un overol para que me vistiera y me hizo pasar a otro pasillo, a otra fila. Allí, esperamos otro largo rato hasta que nos condujeron a un calabozo gigante, donde se mezclaban presos de todas las comisarías. Algunos se conocían y hablaban sobre personajes en común, de afuera y adentro de la cárcel.

Allí sí que encontré a algunos hombres que me atemorizaron. En especial uno alto y muy blanco, con barba de candado, que parecía vigilarlo todo desde otro lugar psicológico. Cuando notó que lo miraba, clavé la vista al suelo y no la volví a levantar. Cada tanto, un gendarme abría la reja y enumeraba algunos apellidos de hombres que salían con él. Después de decir el mío, me condujo hasta una sala donde, tras un rato de espera, me hicieron pasar por una pequeña ventanilla. Del otro lado, un abogado revisaba el ingreso. “No puedo creer que por una brocha esté aquí un sujeto como usted”, me dijo. “No lo puedo creer por usted, ni por el fiscal, ni por la policía”. 

Luego me llevaron a un pasillo subterráneo, donde estaban todos los ingresantes formados. Nos hicieron ejercicios de fila militar, de esos que hasta hace pocos años pedían en todas las escuelas públicas: “arriba, al lado, a discreción ¡firme!”. Todos seguíamos maquinalmente las instrucciones. En la fila me crucé con el mechero de la comisaría, quien me dijo a la pasada que ya estábamos por terminar. Pero no era así. De allí, fuimos a parar a otras celdas, esta vez mucho más pequeñas. 

Pasaron dos horas en las que nadie abrió la boca. Fui el primero al que llamaron y caminé  por un pasillo azuloso de concreto y tubos de neón que llevaba hasta una puerta metálica. Traspasarla, era cambiar de dimensión, salir de una nave espacial para entrar a un mundo de oficinas con luces cálidas y paredes chapadas en madera. De inmediato se agradecía la sensación de amplitud. 

Y allí, un juez llevó a cabo el procedimiento que derivó en la multa que ya expliqué. 

Tras la sentencia, me devolvieron la ropa y me condujeron hasta la salida. Ya en la calle, pasó por mi lado el mechero que me indicó el camino hacia el metro. “Váyase derechito, amigo”. 

Le hice caso y llegué hasta acá, donde escribo estas líneas, que probablemente me terminen costando el trabajo.

Pero es la segunda vez que pasa esto. 

Sí, tal como lo oye. La primera, fue hace un año, pero no fue adrede. Salvo el hombre de la comisaría, los hechos fueron casi idénticos. Entonces sí necesitaba la brocha y terminé pagándola muy caro. 

Hace seis meses se produjo el incendio de la cárcel de San Miguel que acabó con la vida de 81 reos. Entre ellos, un mechero que conocí en mi reclusión. En este mismo diario, financiado por senadores, banqueros y militares narcotraficantes, se publicaron muchas columnas que insultaban a la memoria de esas personas. 

Pedí entonces escribir esta crónica, pero como ya conté, el editor dijo que no, sin más razones. 

Entonces decidí esperar a poder eludir su censura y publicar sin permiso. Como en las películas de periodistas. Repetí el procedimiento del robo y la captura para asegurarme de que lo que quería denunciar fuese real: la normalidad del sin sentido y la pena social. Porque, de cierta forma, yo también cargo con ese absurdo y quería pagar por adelantado mi derecho a publicar estas líneas. 

¿Por qué? se preguntarán ustedes a esta altura. 

Por los 81 de San Miguel y por todos los presos, pienso, por el padecimiento que vengo arrastrando desde hace mucho tiempo y, en definitiva, porque me pienso bancar estas líneas escritas alguna vez por un loco:

“Soltad al pájaro en mano por aquellos que están volando

Abandonad si hace falta una vida cómoda, aquello que os presentan como una situación con porvenir.

¡lanzaos a los caminos!”. 


Ph: Mora Urzagasti

Por Violeta Sabater


1.

Bailar sin parar hasta que el cuerpo se venza

cuando nada se sabe de las heridas

o de la palabra pasado

Se busca entre pisos

de madera o de mármol

o de baldosas

el cuerpo que pulsa

El momento exacto donde el pájaro

justo al darnos la vuelta,

convierte en libertad el vuelo

de su silueta

2.

Entre mutaciones,

apartarse de eso a lo que le dicen linaje

o hacerle honores

borrando las palabras que solía escribir

buscando los surcos 

mudando verdades

o reafirmándolas

3.

No sé si afirmamos lo que dijimos 

No sé si negamos lo que dijimos

Pero hubo un momento

en que nuestro decir acordado se expandió,

duró,

hasta volverse eco.


Ph: Federico Bini

Por Solange Rodríguez Soifer


Cuando escuché ¡a comer!, estiré mi vestido como pude y emprendí la carrera hacia casa. Debía estar sentada en la mesa antes del  primer llamado para que mamá no empezara con su rosario de quejas. Ella no sabía que tres minutos antes había hecho pis en el pasto, y que esa laguna tibia ahora se disipaba entre los arbustos. 

Esquivé los latigazos de las sábanas colgadas, y traté de no tropezar con Piccolino, que me seguía y por momentos se adelantaba, miraba hacia atrás y volvía sobre sus pasos para alcanzar mis piernas y empujarme con su hocico. Aun así logré llegar al comedor justo a tiempo; el aroma a pan recién horneado y pizzellas invadieron la nariz, mientras la panza se quejaba con un remolino de sonidos. Mamá estaba parada en la cocina y cortaba el pan en rodajas; la abracé con fuerza y los pliegues de su falda taparon por completo mi cara. Olía a ropa secada al Sol. Me dedicó una sonrisa y sus ojos se volvieron más luminosos; aún con el rodete que ocultaba su pelo, me parecía la mujer más hermosa del mundo. Con la mano tiznada de harina, me dio un empujoncito en señal de ir hacia la mesa. 

Di unos saltitos y me ubiqué en mi lugar; sabía que papá llegaría un momento después para colocarse en la cabecera. Así lo hizo, y antes de sentarse, soltó su delantal sin sacárselo; cuando bebió su café, la cerámica de la taza desapareció entre sus dedos de gigante. Mamá se limpió las manos con un trapo y acomodó como lo hacía siempre el cuadro que cada tanto se torcía, encendió la radio, y recién ahí ocupó su asiento, a la derecha de papá. Comenzaban a escucharse como cada lunes, los acordes del programa Canta Rabagliati. Fue entonces que un recuerdo lejano me sacudió.  

La melodía aún sonaba cuando la radio silenció de a poco la voz, hasta quedarse muda. Abrí los ojos. El cuadro ya no estaba, ni siquiera era la misma pared; sólo un reloj gris colgaba de la superficie blanca. Se escuchaba desde la tv una novela, y frente mío una mujer la miraba sin pestañear. 

-¿Qué hago acá? -le pregunté.  

-Vivís acá -me respondió sin despegar los ojos de la pantalla. 

Escuché pasos a mis espaldas pero no alcanzaba a ver de dónde provenían ni quiénes eran los intrusos. Intenté pararme cuando noté que algo me lo impedía: estaba atada a la silla. Comenzó a faltarme el aire.

-¡Quiero ir a mi casa! -dije con una voz cascada que no parecía ser mía.  

Los ojos celestes de la mujer me miraron con impaciencia. Había algo familiar en ellos, pero no estaba segura.

-Ya te dije que no podés volver. 

-¿Quién sos vos? ¡Quiero ir con mi mamá!

Traté de levantarme pero los huesos parecían estar rellenos de plomo.

-Quedate quieta que te vas a caer de nuevo.

¿Cuándo me caí? Miré mis piernas. Las vi finitas, débiles. Bajo el pantalón asomaba algo que hacía bulto a la altura de la cadera. Intenté soltarme pero sin tener la fuerza suficiente, el cansancio acabó por apagar mi cuerpo. 

Piccolino ahora no me prestaba atención; concentrado, rasgaba la tierra con sus patitas delanteras. Quería enterrar un hueso de pavo que había chupado por horas hasta dejarlo brillante. Mientras mamá colgaba la ropa de cama, yo armaba un ramo con flores de distintos colores para sorprenderla. Entre chicharras y susurros de árboles, se colaba el martilleo constante de papá sobre una espuela. En ese momento, algo que pareció como un trueno hizo vibrar la tierra como si miles de animales saltaran al mismo tiempo. Una bandada de pájaros voló a toda velocidad y en el horizonte comenzó a dibujarse un enorme árbol hecho de humo. 

– Carmelina ¡a la casa! 

Miré hacia mamá pero ya no estaba ahí; en su lugar había una sábana a medio colgar anudándose por el batir del viento y la tina volcada que parecía herida de muerte, con ropa asomándose de su panza de metal. Llegué al comedor lo más rápido que me dieron las piernas, y vi que el cuadro se había torcido por completo, pero esta vez  mamá no lo acomodó. Aunque el obsequio parecía desubicado, mis manos aún sostenían el puñado de flores silvestres. Papá encendió la radio y subió el volumen; es el Duce, le decía a Mamá. El discurso con palabras que no entendía comenzó a esparcirse por la casa. Combatientes de Tierra, del Mar y del Aire, Camisas Negras de la Revolución y de las Legiones, declaración de guerra, ¡venceré, y venceremos! Papá y Mamá se quedaron al lado de la radio medio encorvados, como si les contara un secreto, pero de esos que uno no quiere saber. Entonces supe que había algo que debía recordar.

El sonido de noticias urgentes se apagó y el silencio volvió a ocupar la casa. Abrí los ojos. El cuadro ya no estaba, ni siquiera era la misma pared; solo un reloj gris colgaba de la superficie blanca. Se oían pasos de fondo y una mujer enfrente mío leía un libro; no sabía quién era, aunque me resultaba familiar. Intenté pararme para salir de ahí, pero no pude; algo me detenía. Miré hacia abajo y vi una especie de cinturón que me sujetaba de lado a lado. Empecé a lloriquear pero para mi captora parecía que yo era invisible.

-Quiero ir al baño.

Siguió con la lectura de su libro y sin levantar la vista, me respondió.

-Tenés los pañales.

Me miré para comprobarlo. Debajo del pantalón había algo que hacía bulto a la altura de la cadera. Qué vergüenza tener que hacer ahí delante de todos. ¿Y si mamá se enteraba?

-¡Quiero ir al baño! -grité y las lágrimas acumuladas saltaron hacia los costados. 

-¡Ay, Dios! ¡No te soporto más! ¡Hacé en los pañales, mamá! 

Me quedé muda. Cuando reaccioné, miré mis manos apoyadas sobre las piernas; ya no tenían ramos de flores silvestres ni eran como yo las recordaba. Levanté la vista y me crucé con esos ojos claros que me miraban con desprecio, y recordé que alguna vez me contemplaron con admiración, como yo lo hacía con mi propia madre en un tiempo que ya no existía. Recordé también que tuve hambre, tuve frío y tuve miedo. Volvió a mí el crujir de un barco en altamar, que me llevaba lejos, en un viaje solo de ida. Escuché al oficial anotar mi nombre como Carmen, “porque Carmelina acá no existe”. También cómo sonaban en mis oídos las palabras nuevas que se esforzaron por esconder las viejas, aquellas de un idioma que ya no me pertenecía. Asaltaron mi memoria los amores lejanos, esos que te juran la luna y los otros que te juran el pan, y el más profundo, el de esos ojos celestes que una vez fueron chiquitos, cuando los miré por primera vez después de salir de mi vientre. Recordé entonces que dejé de recordar. La laguna tibia comenzó a fluir por el pañal, borrándose el rastro de la vergüenza. Cerré los ojos y entonces vi todo de nuevo. Sábanas colgadas que se agitaban al compás del viento; Papá martillaba; Piccolino empujaba mis piernas con su hocico; Mamá cocinaba, y como cada lunes, los primeros acordes de Canta Rabagliati comenzaban a sonar en la casa.


Ph: Maximiliano Ubalde

Por Julián Ferreira


Lo que te digo, 

en este momento, en este lugar,

en este cuartito repleto de fantasmas

es que voy a escribir lo que quiera.

Suficiente tengo con mi vida. 

Estoy tan solo en esta habitación, 

tan asustado, 

tan borracho

y a pesar de todo tan tranquilo. 

Allá afuera, lo sé,  

alguien va a encontrar un mundo,

entre tanto sinsentido.

Una persona 

en estas palabras.

Lo sé. Tiene que ser así.  

Estoy seguro y agradecido por eso. 


*Este poema forma parte de la antología Poesía desde el encierro, de Editorial Niña Pez.


Abrahuella tiene su origen en Agosto de 2016, cuando Sil Gordillo y Emiliano Llere, dos musicxs que actualmente residen en Santos Lugares, conformaron el dúo Desandando. Con esta formación, en el año 2017, grabaron con nombre homónimo su primer material discográfico. Este fue distribuido a través de las plataformas digitales y presentado en Circe. Fábrica de Arte en 2018. En esa ocasión, también grabaron el álbum Vivo en Circe

En 2019 se sumó Juan Alves como percusionista y el proyecto pasó a llamarse Abrahuella. Ese mismo año comenzaron con la grabación de “Hecho de Sur”, su segundo disco de estudio que se puede escuchar en las plataformas digitales. 

En 2020, en plena pandemia mundial por COVID-19, lanzan “Hecho de Sur” y vuelven a establecerse como dúo, debido a la retirada de Juan Alves del proyecto. “Hecho de Sur” es presentado en vivo de manera virtual a través de sus redes durante la cuarentena. Actualmente se encuentran produciendo nueva música desde su estudio hogareño El Abra y nutriendo el proyecto con nuevas búsquedas sonoras. 

En su joven trayectoria, Abrahuella se ha presentado en distintos espacios de la Ciudad de Buenos Aires, como La Vieja Guarida, Circe Fábrica de Arte,  Club de Música, Musicleta, La Casa del Árbol (en el marco del ciclo Cancionautas), Centro Archipiélago Canario de Buenos Aires (en el Festival Artistas con Raíz), La Quince, entre otros. También han tocado en el Gran Buenos Aires, participando en el Ciclo Búsquedas Sonoras (2017), organizado por la UNGS, Festival Viví la Patria (2018) y la Noche de los Museos (2018), ambos organizados por la Municipalidad de Tres de Febrero, en Club de la Música (Villa Ballester) y en el C.C.Arte y Vida en el Ciclo La Cosa Cultural (2019). A nivel internacional, se han presentado en el bar Invisible de Barcelona, con un formato acústico.

En su último trabajo, “Hecho de Sur”, la música de raíz se resignifica con las búsquedas sonoras de sus integrantes, nutridas de su vínculo con el folclore, con la ciudad que habitan, con la danza, el rock y otras músicas populares. Su lema es hacer folclore desde lo que cada unx es, partiendo de que este, como manifestación artística popular, es dinámico, se modifica a lo largo del tiempo y las generaciones, enriqueciéndose y siendo así la voz de su pueblo y de su tiempo. 

Durante este tiempo de pandemia, Abrahuella participó en el Festival Internacional “Anima Fest Desde Casa”, evento organizado por Ánima Prensa y apadrinado por Palo Pandolfo. También realizan vivos a través de sus redes sociales y participan de distintas iniciativas para seguir en contacto con su público. Como parte de su proceso creativo, se encuentran produciendo un nuevo single, Niebla buena, nacido de la exploración e indagación personal, artística y comunitaria en un contexto novedoso para la sociedad.


Redes sociales

FB: @abrahuellamusica

IG: @abrahuellamusica


Ph: Lucio Dodero

Por Alejandro Surroca


Elegimos la paz, hay demasiados colores como para no elegirla
Elevamos la tierra por sobre el nivel del amor
Las tardes de otoño acarician nuestras miradas perdidas
Hay un goce que se estimula,
que rige las suelas como para caminar en la altura.
Para recorrer los caminos de un pájaro durante el otoño
Dicen que se ven tan rojizos y preciosos que el paraíso se volvería un lugar intolerable
Esto es la paz.
Volar en libertad durante el otoño,
frenarse para flotar sobre los árboles.
Reservarse el derecho a llorar desde lo alto.
Y ver cómo nosotros también podemos hacer llover

Estos privilegios son para dejar el tiempo abajo
Fabricarnos un tapado que dura el proceso de las flores marchitándose
Hay un espacio diferenciado,
lleno de puro deseo y aire de colonia
Hay creencias también pero por distracción.
Porque es tan lindo lo que se ve que, ¿quién necesita creer en otra cosa?
Se cumple aquí con el deseo hasta de no llegar a ser ciego,
como un Fausto vaticinando utopías.
Esta satisfacción es traída solo y por el otoño.
Estos no son ojos del espíritu. Son visiones reales
Es preciso ahora bajar a tierra y creer (ahora si creer)
que sobran los caminos
Que vamos aprendiendo de los segmentos transitados.

No puedo más con la elegía,
y yo que me moría y yo que me moría
Es prudente recordar que estamos en Otoño
Cada vez que no usemos moño.


Presentamos la obra de este guionista, productor y realizador audiovisual argentino.


Guallar es Licenciado en Artes graduado de la Universidad de Buenos Aires y un joven cineasta con una filmografía muy interesante por explorar.

Entre sus producciones figuran cortos y largometrajes que han participado en diversos festivales alrededor del mundo. Fue becado por el Fondo Nacional de las Artes para impartir cursos de cine y fue ganador del Concurso “Raymundo Gleyzer” (INCAA) con el documental Crónicas del Exilio (de próximo estreno). Su último largo, Siestas (2018), fue parte de la selección del Festival del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana.

A continuación, recomendamos cuatro de sus cortos para empezar a conocer más de su obra.

El mundo es un rato (2019)

Tres jóvenes en un mundo alienado por los medios de comunicación intentarán intervenir la transmisión de un partido de la selección argentina de fútbol para hacer llegar su mensaje a la sociedad.

Seré azul (2017)

Músico, poeta y loco, así se autodenomina J. C. Piñol. Esta obra propone un acercamiento al proceso creativo y el pensamiento auténtico de este músico cubano del underground.

Curanderos (2015)

Una pareja nómade en un destartalado Peugeot atraviesa, junto al director, las densas nubes de las montañas del norte argentino. Realidad o sueño, alucinación o lucidez. La potencia del desvío en la ruta de la vida.

El Duque (2012)

Metáfora extraña entre las olas del mar y la espera, como las oportunidades que se presentan, se escapan y no vuelven.

Actualmente Pablo trabaja en producción audiovisual, continúa generando proyectos independientes – entre los que se encuentra su último largo en proceso, La cuna del blues – y se desempeña como docente en el Conurbano oeste bonaerense.



Filmografía

La Cuna del Blues (2020). Largometraje Docu-Ficción en desarrollo. 

Crónicas del exilio (2020). Largometraje Documental en postproducción. Ganadora del Concurso “Raymundo Gleyzer” (INCAA). Codirigido con Micaela Montes Rojas.

El mundo es un rato (2019). Cortometraje ficción. Selección Competencia Oficial del Festival Cinema Ciudad de México. Premio Mejor Cortometraje en el Festival Cine con Riesgo. 

Siestas (2018). Largometraje ficción. Selección oficial Festival del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana y del Concurso Oficial del Festival Latinoamericano de Trieste.

Seré Azul (2017). Cortometraje Documental. Competencia Misceláneas Exquisitas – Festival de Cine Inusual. Primera Mención del Jurado. Competencia Nacional en el Festival La Hora Mágica de Villa Mercedes. 

Curanderos (2015). Cortometraje documental. Competencia Misceláneas Exquisitas – Festival de Cine Inusual.

Morón City Blues (2014). Largometraje ficción. Premio a la Mejor Dirección y Mejor Actriz en el Festival de Cine Inusual de Buenos Aires y Voto del Público en el Festival de Cine con Riesgo. Participó en Ventana Sur y el Marché du Film en Cannes.

Apuntes para un cine espontáneo (2013). Mediometraje Experimental. Selección oficial Rojas Fest 4. Selección oficial Festival Latinoamericano de Bahía Blanca.

El Duque (2012). Cortometraje Ficción. Selección oficial FIC-Vagón – Ciudad Juárez. México.

El ciclista (2012). Cortometraje Ficción.  Selección oficial III Festival de Cine con Cámara de Fotos (C.C. Ricardo Rojas – UBA).

Moctezuma / Crónica de viaje (2010). Largometraje ficción. Premio Mejor Largometraje del I Festival de Cine con Cámara de Fotos ( C.C. Ricardo Rojas – UBA).

Vía Muerta (2009). Largometraje ficción. Selección VI Festival Transterritorial de Cine Underground. 


Redes sociales

Web: https://pabloguallarcine.wordpress.com/

FB: @pablopazs

IG: @pablo_guallar

YouTube: @PabloGuallarCine


Ph: Lucio Dodero

Por Sabrina Sosa


A la mañana no viene casi nadie. Mamá tiene cosas que hacer y me deja con Laura, que se queda hasta la tarde. Nos sentamos en un banco que da justo enfrente mientras esperamos que se complete la vuelta y yo pueda subir. Hoy no terminé tan cansada después de los pinchazos. Siempre elijo el caballo blanco, pero ahora está el menor de dos hermanos y de a poco ya no me entusiasma la idea de la plaza. Laura tiene en la muñeca derecha una pulsera de las que a mí me gustan, tres elásticos y muchas perlas blancas de fantasía. Le pregunto si me la presta, si puedo usarla mientras duren las vueltas. Me dice que sí, que por supuesto, que me va a quedar hermosa. 

En el último giro, los hermanos pasan frente al banco. El más grande me señala y se ríe. Lo hace cada vez más fuerte, hasta contagiar al más chico. La vuelta se completa con la risa exagerada de ambos. El boletero me hace un gesto para que suba. Los hermanos no se bajan. De haber sabido antes que la calesita estaba ocupada no insistía para venir. Me acerco, no estoy segura de querer subir, pero miro a Laura que me espera en el banco, me apura con las manos, me sonríe y subo. Elijo el auto que está detrás del conejo. Me gusta como se ve mi mano con la pulsera de perlas sobre el volante. Cuando imagino que luce como la mano de una mujer como Laura, la voz de uno de los hermanos me interrumpe. ¿Sos nena o nene?, repite mientras estira el brazo y me saca el gorro que llevo puesto. El sol me brilla sobre la cabeza desnuda. 

Busco desesperada a Laura para que me ayude a bajar porque no quiero dar ninguna vuelta. ¡Qué tonto!, me digo. El hombre de la calesita me pregunta si me pasa algo. Laura no viene, salto apurada. En el camino estiro con la mano izquierda los elásticos de la pulsera hasta romperla. Los hermanos se ríen, me tiran el gorro. 

Llego hasta Laura al mismo tiempo que las perlas, que rebotan en el suelo y se pierden. Le pido perdón, se rompió sin querer. Laura me abraza, no me pide explicaciones. Me dice que no les haga caso, que mejor nos vamos a casa, que mamá seguro ya tiene la comida lista y que si quiero a la tarde volvemos. Le digo que sí, pero Laura no responde, ni siquiera me mira. Estamos sentadas en el banco de un jardín verde y tranquilo. Lo que sube y baja y lo que gira está adentro suyo. La veo masticar. Le pregunto si está bien, si le pasa algo. Dos hermanos se ríen contentos al fondo de la galería. Le pido perdón, la abrazo. Me descubro la mano de mujer adornada con una pulsera de perlas blancas sobre su espalda. Me quedo quieta, el sol le brilla en la piel desnuda. Pienso en todo lo que se rompió sin querer en aquellas vueltas, los ojos de Laura, y los míos, que rebotan en el suelo y se pierden.   


Ilustración de Ignacio Bogino

Por Ariel Scher


Para Ekuar

El gran Ekuar Guedes carraspeó en su cama del Centro Gallego de una Buenos Aires de la que conocía todas las pizzerías y todas las cuevas en las que alguna vez hubo rock, me enfocó con esos párpados que por algún misterio siempre eran de pibe aunque ya había cumplido los sesenta, puteó contra uno de los cañitos con suero que se le hundían en los brazos gordos, me obligó a que le jurara que no había buñuelos de verdura como los del club Chacabuco, me dijo que era otoño y que le gustaba el otoño y, después de todo eso, me interrogó:

-La Teoría de la Nuca, mi teoría, ¿ya te la conté?

Para entonces, yo estaba acostumbrado a Ekuar, pero acostumbrarse a Ekuar era una tarea inacabable, tan inacabable como el talento que lo transformaba en el mejor sonidista de cualquier época. Un cáncer hijodeputa le masticaba los pulmones y yo, cagón, pudoroso, ni mencionaba el tema. Él sí: Ekuar, un valiente que nunca oficiaba de valiente, lo mencionaba y hasta con nombre. “Cacho es así -me comentó-, Cacho insiste”. “Cacho”, elemental y contundente, había sido el bautismo de Ekuar para su cáncer, un poco porque Ekuar viajaba por la existencia con boletos que no sacaba ninguno y otro poco porque, en su estilo singularísimo, era un caballero y los caballeros de verdad no tratan con indiferencia a nadie y a nada. Ni siquiera a una enfermedad de mierda.

-La de la nuca, en serio te digo. No puede ser que no te la haya contado-, reincidió, persistente, tratando de entonar una garganta que reclamaba más aire, un aire que le costaba encontrar.  

Yo volví a mirarlo así como estaba: barrigón como en casi todas sus décadas, entusiasmado como en casi todos sus días, alerta a la música de los músicos y a las músicas del mundo como en todos sus minutos, sonriente porque sonreír le funcionaba como una convicción. Traté de ir para atrás en el tiempo y de recordar la Teoría de la Nuca, pero no me salió. Lo que me salió fue pensar en él. Tremendo tipo, un tipo único.

Va una prueba de que no estoy lanzando una valoración hueca: a Newton, al Isaac Newton de todos los libros de la física y de la ciencia, de la historia y de lo que fuera, lo llamaba “Don Isaac”. Lo suyo no era irrespetuosidad. Mucho menos uno de esos chistes de espanto que, milagro o mérito, retumbaban como obras culminantes del humor cuando, dos o tres veces por año, los compartía desparramando la risa antes de llegar a la última oración. No, no, lo suyo tan suyo se trataba de otra cosa. Ekuar no lo publicitaba pero lo sabía. Lo sabía con una modestia que lo acompañaba sin esfuerzos, una modestia que le resultaba tan natural como su panza o como su barba colorada: Newton o “Don Isaac” era su par, un colega, un socio de ilusiones, más allá de que los caprichos del calendario habían separado las biografías de uno y de otro apenas por unos siglos. Newton se había levantado y se había acostado en cada jornada desafiando los límites de la realidad hasta transgredirlos. Y Ekuar también: también se había levantado y más de una vez ni siquiera se había acostado confrontando con las fronteras de lo dominante hasta vencerlas. Entonces, evalué que era posible, que el gran Ekuar Guedes no me estaba fabulando una de sus locuras impagables: si Newton había legado, muy útil y muy difundida, la Teoría de la Gravedad, Ekuar seguro que había articulado otra teoría sensacional. “La Teoría de la Nuca”, pronuncié en un volumen al que Ekuar le hubiera restado dos decibeles para no joder al enfermo de la cama vecina o porque lo obsesionaba que cada sonido se tornara en un mejor sonido. “Eso”, me agregó. Y empezamos.

Empezamos pero no hay modo de empezar si no se comprende ni a la nuca ni a Ekuar en sus totales dimensiones. La nuca es la nuca y jamás nadie habla demasiado de ella no porque sea una palabra de mínimas cuatro letras sino porque las luces de la celebridad se dirigen hacia otras porciones del cuerpo: hay millones de poemas que encienden el corazón, hay millones de deslumbramientos por el efecto de ciertas caderas, hay millones de esculturas que exaltan colecciones de músculos, hay millones de suspiros por algo que una mujer o un hombre tienen muy visible entre la frente y los dedos de los pies. En la ignorada nuca, en la menospreciada nuca, en cambio, solo se podía fijar alguien como Ekuar.

Alguien como Ekuar: alguien fuera de lo corriente, desentendido de las solemnidades antiguas y modernas, capaz de deliberar sobre las virtudes de una asadito en medio de la final de un Mundial de fútbol o de descubrir que algunas citas sociales requieren corbata justo en el instante en el que, sin corbata, se presentaba en esa cita. Alguien como Ekuar: un mago del oído, del eco, del ruido, del silencio, de los micrófonos, de lo que se propaga, de lo que se apaga, de los instrumentos, de las radios, de que el tañido de una cuerda finita de guitarra se expanda a través de una avenida larguísima y un millón de individuos se estremezcan, de que cien personas afinen sobre un escenario y no se extravíe ni una sola de sus notas, de las orquestas, de los solistas, de los artistas brillantes, de los artistas normales, de los que no son artistas, de la voz. Alguien como Ekuar: ingeniero en sonido sin muchos más títulos que el de su experiencia monumental y el de su genialidad sin techos. Alguien como Ekuar que era alguien como la nuca: si, desde la era de Eva y de Adán, la nuca aceptó su papel colateral frente al reinado público de otras regiones del organismo, Ekuar actuó igual y asumió su rol semianónimo en la construcción de un espectáculo para lograr que las estrellas sonaran como maravillas. Una coincidencia más: nunca conversé con una nuca, pero las habrá felices; Ekuar, un prestidigitador de sonidos al que pocos veían, también era feliz.

“Es fácil”, me detalló Ekuar, puro combustible para esclarecer lo que lo apasionaba, inclusive arriba de la cama esa en donde debatía con Cacho sobre quién de los dos se impondría en la batalla que los enfrentaba. “Es fácil”, me reiteró, con fe en que los enfermeros que daban vuelta con medicamentos en una bandeja se inquietaran por la Teoría de la Nuca. Yo acumulaba práctica en que la cuestión del sonido lo cautivara más que el sol a un astrónomo: una vez, de cara al Atlántico Sur, me había hecho identificar las modulaciones graves de las olas que llegaban, me enseñó a diferenciarlas de las cadencias agudas del viento que partía y me convenció de que la fusión de esos graves y esos agudos justificaba haber nacido; otra vez me confidenció que se imaginaba algo igual a una ópera al ponerle la oreja a las resonancias de miles que estiraban la “o” de un gol. Digamos que, en algún sentido, Ekuar percibía a la vida como una canción sin interrupciones.

-Vos suponé que estás en donde estoy yo, en donde estuve casi toda mi vida: atrás, en la consola. Y suponé, además, que tenés que mirar lo que más importa en un espectáculo, lo que más importa cuando hay música.

Yo, bruto a pesar de los esfuerzos que Ekuar había destinado a mi aprendizaje durante tantos años, me agrandé y repliqué:

-O sea que hay que mirar a los artistas.

Como podía, Ekuar se irguió en esa maldita cama, me dio una argumentación digna de un químico sobre cómo acomodar el cañito con suero que desembocaba en su brazo gordo, y movió la cabeza para acá y para allá: “No -me apuntó, tierno, lejos del enojo- lo que más importa cuando hay música es el público, la gente que escucha”.

Confesión: me tenté con agradecerle, con aplaudirlo, con ofrendarle mi homenaje por ese concepto del arte y de la condición humana que le brotaba espontáneo desde unas sábanas blancas que, sin dudas, pretendía abandonar. No me dio pelota ni intuyó lo que me sucedía. Ya lo avisé: su pasión era más fuerte. Así que continuó: “Yo pongo todo en marcha, registro que mis micrófonos estén como corresponde (porque Ekuar inventaba micrófonos o instrumentos y, como al Cacho enemigo que se le había metido en el cuerpo, les ponía nombre), dejo que avancen los primeros compases y, de ahí en adelante, miro a la gente. A la nuca de la gente”.

Un enfermero que caminaba a unos metros lo escudriñó como si los doctores hubieran pifiado al diagnosticarle un problema oncológico y no uno psiquiátrico. De nuevo, Ekuar, parloteando con el aire escaso, pero con la certeza de un profeta de la acústica, lo ignoró y aceleró su desarrollo: “Si la gente mueve la nuca hacia adelante, como buscando un ángulo para escuchar, quiere decir que el sonido es insuficiente, que no les llega, que, y esto es lo decisivo, no está disfrutando. Si, al revés, muchos se estiran para atrás, casi tratando de tomar distancia de lo que están recibiendo, es que hay algo que sobra, que los jode, que los aleja de lo que los trajo hasta ese sitio”.

Rara vez una teoría se despliega entera y, menos todavía, si el expositor es un paciente de una patología dura en el medio de un centro médico. Ekuar, que en la Teoría de la Nuca integraba las pericias de todos los sonidistas y las ilustraciones que le pertenecían solo a él, también partió ese molde y me dio un manual completo de conductas -“si giran mucho hacia el costado, si los ves medio agachados, si en lugar de un susurro al de al lado le hacen tres comentarios…”- a partir de las cuales no adivinaba sino que reconocía qué debía hacer con su trabajo. Corrijo en tributo a Ekuar, corrijo para concluir la pintura de Ekuar, corrijo porque Ekuar merece la nobleza de ser exactos: no con su trabajo, que no le parecía lo más significativo, sino con lo que concebía el premio mayor de esa erudición que le entraba por las pupilas y le fluía por los oídos. Lo que lo desvelaba era entregarle a quienes estaban allí algo que, llenos de sueños, habían ido a buscar. Cuando eso ocurría, Ekuar sentía algo a lo que también le atribuía nombre, más de un nombre: plenitud, alegría, paz.

Cuando eso ocurría, además, Ekuar charlaba de lo que completó el encuentro de esa vez en el Centro Gallego: un recital de fin de los sesenta, un invento que proyectaba desde sus delirios de MacGyver ancho y no televisado, un beso de sus hijos, una anécdota de sus mil giras con Les Luthiers o con Jorge Rojas, una memoria de sus laburos con La Banda Elástica, con Los Chalchaleros, con Zubin Mehta, con Daniel Barenboim, con el maestro Serrat, con Gieco, con Mollo, con la Filiberto, con Fuerza Bruta, con Martín Bossi, con Valeria Lynch, con Lito Vitale, con los que no eran ni serían famosos pero hacían discos con Ekuar porque Ekuar se encargaba de que el planeta no se llenara de acordes pendientes. Y porque, sobre todo, Ekuar era un hombre bueno.

Antes de despedirme aquel día, me repitió si me quedaba claro lo que me había explicado. Le contesté que sí, que su teoría me impactaba como extraordinaria y que había que escribir un libro con eso. Lo tentó la idea, pero, aun sin perder la convicción de la sonrisa, me respondió que algunas cosas dependían de Cacho y que, por las dudas, no me olvidara de la Teoría de la Nuca.

La humanidad es fea cuando promueve la injusticia, cuando habilita las guerras y cuando nos priva de alguien como Ekuar, que peleó como un campeón y se murió recién catorce meses después de aquel encuentro. Fea y, a veces, lenta, la humanidad. Solo a causa de que es lenta, por ejemplo, todavía no hay estudiantes que, además de la Teoría de la Gravedad, vayan madurando todo lo que implica la Teoría de la Nuca y quién fue su autor.

Ya llegará ese momento, hechicero de sonidos, compañero de atender al mar, querido Ekuar. Hasta entonces, habrá que seguir adelante, con un buñuelo de verdura entre las manos, una colección de chistes de espanto en los labios y, como obsequio eterno, la Teoría de la Nuca, esta que ahora cumplo en contar porque, al cabo, aunque no lo explicitamos en el Centro Gallego, fue la tarea que sentí encomendada. Muchas gracias por hacer de la vida una canción sin interrupciones. Lo digo desde los oídos y desde el alma. Lo digo mientras detecto una foto de Newton, le guiño un ojo con confianza de amigo y le pregunto, a lo Ekuar, “¿cómo anda, Don Isaac?”.