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Ph: Mariana Yablon

Por Martina López


Existe la idea de que quienes escriben literatura los realizan un “acopio” para su trabajo. Se trata de entrar en una modalidad vital de observación, de sorpresa, tanto en la lectura como en la vida cotidiana, que permite recolectar diferentes elementos, anécdotas, imágenes, que luego estarán disponibles para ser utilizadas en la escritura de un texto. En muchos talleres de escritura hablan de esta “recolección”, que puede hacerse tanto cuando se leen libros como cuando se viaja en colectivo, se camina por la calle o se está en una reunión familiar. En el primer caso se trataría de desmenuzar la escritura de les autores que nos sorprenden, que nos emocionan, que nos perturban, para comprender sus mecanismos de trabajo – “cómo lo hacen”- y también succionar de sus obras todo lo que nos llama la atención, empaparnos de la literatura que consumimos, dejar que se filtre en nuestra escritura. 

En el caso de las vivencias, sería estar en un estado de alerta o de “distanciamiento” (sin jamás perder la sensibilidad) que permitiría observar las acciones, las relaciones, las palabras de quienes nos rodean, de quienes conocemos y de quienes no, de los objetos, de la ciudad, del mundo, a través de un filtro distinto al de la costumbre. Tal forma de percepción permitiría una concepción poética del mundo, hasta de lo más banal, y esto podría llevar a ideas e imágenes “escribibles”. 

El resultado del acopio que realizan les escritores son formas de archivos. A veces pueden ser archivos mentales, depósitos reflexivos donde quien escribe va guardando y clasificando materiales que más adelante utilizará para su escritura…o terminará desechándolos, o dejándolos olvidados en un rincón oscuro de su cabeza, su cuaderno o su computadora. Lo interesante de este tipo de archivo es que, aunque pareciera estar conformado sólo por ideas, en realidad, al igual que otras colecciones y acervos, lo componen materiales completamente diversos: de distintas texturas, duraciones, orígenes. No faltan en él los recuerdos de la infancia, imágenes difusas de objetos utilizados, palabras que riman, admiraciones, fotografías, versos leídos, sonidos, gestos, la musicalidad de un texto, fragancias, ambientes, dolores, paradojas, rostros desconocidos, preguntas… ¿qué no se utiliza en la escritura? ¿qué cosa puede considerarse un material no literario?

Un archivo socialmente legitimado está conformado por diversos objetos e informaciones que se considera que tienen importancia para la memoria de su comunidad. Son lo que hay que guardar para la posteridad. Implican una cierta forma de percibir y definir el mundo y permiten ser observados siempre desde distintos puntos de vista. Por ejemplo: un archivo personal, si fue manipulado y organizado por su “protagonista”, expresa una mirada sobre sí misme, la imagen que se quiere dejar a la quien lo consulte está implícita en todo lo que la persona decidió resguardar y lo que eliminó, en cómo organizó los elementos, etc. En los archivos nacionales o institucionales sucede lo mismo, son también representaciones de determinada sociedad que se resguardan para la historia. “Monumentos”, diría el medievalista Le Goff en uno de sus artículos. ¿Quién decide allí qué se guarda y qué no? ¿Quién hace el recorte? Por suerte, el paso del tiempo, las investigaciones y el cruce con otros archivos van permitiendo que los objetos adopten nuevos significados y provean a la sociedad de nuevas informaciones. Por eso es importante pensar cómo se hace hablar a estos objetos que, expuestos o conservados, parecen permanecer totalmente mudos. 


El encuentro con el archivo es la percepción de la ambigüedad de los hechos, la necesidad de interpretación con conocimiento de que siempre será posible una reinterpretación.


Los archivos, entonces, no son un discurso uniforme sobre la historia de una persona, un país, una cultura, una institución (aunque muchos tengan pretensiones de mantenerse en un solo punto de vista). El encuentro con el archivo es la percepción de la ambigüedad de los hechos, la necesidad de interpretación con conocimiento de que siempre será posible una reinterpretación. Los archivos permiten siempre – o deberían hacerlo – su re-organización, el constante enriquecimiento de sus informaciones, el rearmado del rompecabezas, el cruce con otros archivos… Esto lleva a veces a un cierto desborde, que pone en duda el recorte temático de los archivos: millones de objetos podrían ocupar un lugar en millones de archivos distintos, por el simple hecho de que la vida es un entramado de elementos e historias que se cruzan entre sí y no una determinada cantidad de compartimentos estancos que flotan en la nada. La importancia de los objetos, de las personas, de las historias es su condición de convivencia, de coparticipación en algo común que los une, los cruza y les permite la construcción de la dinámica social.

Sin embargo, volviendo a la “definición” de la noción de archivo, hay un fuerte preconcepto de que los archivos son lugares muertos donde objetos aburridos y secos se llenan de polvo. No es el propósito de este texto pensar cuáles son las razones por las cuales existen estas ideas, aunque cualquiera puede imaginarlas. Sí lo es pensar en un interesante cruce que puede darse entre el arte y los archivos, que dé lugar a la animación de estos espacios. El teatro, el cine (y todas las disciplinas indisciplinadas dispuestas a hacerse su “acopio” para la producción artística) trabajan de múltiples formas en obras que intervienen documentos. Esto suele devenir en nuevas posibilidades de pensar la historia y de recuperar la memoria. Permiten que los archivos no sólo se dediquen a conservar los objetos con el fin de inmortalizarlos. Si bien es importante su conservación como documentos y testimonios históricos que permiten comprender el pasado, el presente y el futuro, muches archivistas y conservadores creen que, si los acervos se componen de elementos orgánicos o degradables que el tiempo envejece y que un día desaparecerán, no se puede evitar ese proceso. Su exhibición, su conocimiento, son muy importantes también. Sin duda, si se guarda un objeto es para que se lo conozca, se lo piense y sea accesible al público. Si se resguarda un objeto como importante para una sociedad, toda esa sociedad tiene derecho a conocerlo y a conocer las causas por las cuales este objeto tiene un valor patrimonial. En este sentido, esas causas no sólo varían constantemente con el tiempo, el contexto y según quién lo percibe: también pueden variar por una intervención artística que cuestione estas “razones divinas” que nos hacen sentir obligados a conservar algo. Se cae entonces de maduro, que las causas de la conservación del patrimonio documental son convencionales: un objeto “efímero” tiene mayor valor que uno que todo el mundo conservó, un libro dedicado tiene mayor valor que uno intonso… todo lo que de alguna forma participó de nuestra historia adquiere un valor (que tiene una confusa determinación entre lo patrimonial y lo comercial). Interesan aquí entonces las obras que no sólo cuestionan el aura, la inmortalidad y el sentido original de los objetos conservados en los archivos sino también las obras artísticas que trabajan con archivos de lo cotidiano, de lo “mundano”, de la “gente común” y recuperan la memoria comunitaria para reescribir la historia desde otro lugar. Para, además de sacar del pedestal a esos objetos que parecían divinos, poner en funcionamiento mecanismos que dinamizaron la vida pasada. Podría pensarse, en ciertos casos, en una recreación – siempre parcial – de la realidad. Esto no sólo permite repensar las prácticas institucionales que van definiendo nuestra cultura sino también nuestras concepciones de la propia historia, la propia cultura, los relatos, la vida en comunidad, entre otros. Poner a vivir y darles voz a esos elementos de la memoria utilizando los procedimientos poéticos nos hace encontrarnos de otra forma con eso que ya vimos… convertir la unión de dos viejas fotografías en metáfora, el montaje de antiguos videos en ironía, el relato del recuerdo en metonimia. Que la memoria no se encuentre solo en la vitrina inmóvil sino también en el “poner a rodar” la memoria: el diálogo entre los objetos y la vivencia, la experiencia, la práctica, el relato. 

Hay múltiples ejemplos de este tipo de trabajos, solo por mencionar uno, el ciclo Archivos Intervenidos, en el cual el Museo del Cine con el apoyo del Archivo General de la Nación convocó a diverses cineastas a editar piezas fílmicas de su acervo, como cortometrajes didácticos, para crear nuevas obras. Esto no sólo ayuda a llamar la atención sobre la importancia de la digitalización de sus materiales, sino que además da lugar a novedosas formas de leer y reinterpretar imágenes interviniendo su propia forma y dándoles nuevamente lugar en la pantalla. Uno de los ciclos ofrecía como material a intervenir Cine Escuela Argentino, un proyecto creado en 1948 por la Secretaría de Educación de Argentina durante el primer gobierno de Perón que promovía el uso del cinematógrafo como “auxiliar didáctico”. También realizaron una versión del proyecto en la que los estudiantes de distintos colegios intervinieron fílmicamente fragmentos del noticiero cinematográfico Sucesos argentinos. Esa experiencia dio lugar a que les jóvenes conocieran una forma en que se pensaban y representaban sucesos de la realidad político-social hace casi un siglo y que imaginaran cómo podrían modificar esos materiales de forma tal que expresaran su forma de pensar esos hechos hoy en día. 


“Que la memoria no se encuentre solo en la vitrina inmóvil sino también en el “poner a rodar” la memoria: el diálogo entre los objetos y la vivencia, la experiencia, la práctica, el relato.


Fernanda Pinta, por su parte, en su artículo “Puesta en escena, puesta en serie. Prácticas artísticas y curatoriales en el teatro argentino contemporáneo” (2015) también describe una experiencia en esta línea. Ferrowhite es un Museo compuesto por una colección de piezas ferroviarias que se rescataron de la privatización de las empresas de trenes nacionales. Para poder dar cuenta de la historia de estos objetos, se entrevistó a trabajadores del rubro que reconstruyeron su utilización y el contexto de ese trabajo. Se convocó a Vivi Tellas, quien dirigió el proyecto de teatro documental Nadie se despide en White, donde diversos espectáculos protagonizados por estes “protagonistas de la historia” comparten sus archivos y experiencias con los espectadores, sus relatos personales sobre sus propias vidas. Se cruzan, en la recepción de la obra, la vida personal y la historia general a través de la escucha y de la percepción de un cuerpo vivo (con sus gestos, miradas, silencios) que va rescatando la memoria frente a los ojos de los espectadores. Esos relatos construyen un contexto y una historia a los objetos, todo con el fin de contar y repensar. De juntar las piezas que están dispersas para armar y reamar las múltiples formas que adopta nuestra memoria. Los archivos públicos pueden ser pensados, entonces, como parte del espacio de los archivos del acopio de los artistas. Desde las instituciones nacionales, provinciales, municipales, se pueden abrir los acervos como material de producción de experiencias a través de las cuales el público se encuentre con las historias desde nuevos puntos de vista, para poder pensar cómo vive (o preferiría vivir) su realidad actual.


Ph: Pexels

Por Agustina Arrigorria

La pasión del fútbol no admite grises, entre odios y amores se recibió la noticia más temida por los hinchas y más deseada por algunos clubes: el VAR sería implementado en el fútbol local post pandemia. Mucho antes, en febrero, algunas autoridades de la IFAB, la FIFA y la Conmebol se reunieron en nuestro país con miembros de la AFA y de la Liga Profesional de Fútbol para desarrollar el programa de implementación y asistencia para las nuevas tecnologías de arbitraje. A pesar del rechazo de periodistas, clubes pequeños y fanáticos, la enorme inversión técnico-económica necesaria, y la escasa evidencia que pueda demostrar una mejora significativa que justifique su implementación, el VAR se instala como respuesta a un imperativo de la transparencia que también afecta al área deportiva.

El videoarbitraje, popularizado por las siglas VAR (Video Assistant Referee), es un sistema de asistencia tecnológica arbitral cuyo objetivo es aminorar y/o evitar el error humano en los juegos deportivos.

Mucho antes de su aparición en el fútbol, la tecnología de arbitraje ya había sido implementada en otros deportes con características de adaptación a cada uno de ellos. El caso más conocido es el del tenis, donde el llamado “ojo de halcón” opera hace más de una década en los torneos que cuentan con canchas equipadas, en él cada jugador puede pedir la revisión hasta llegar a los tres errores por set. En el básquet, la Euroliga y la NBA ya habían implementado un procedimiento aplicable a cualquier momento del partido por decisión arbitral, mientras que en la ACB solo se aplica a los dos últimos minutos de cada cuarto. En el fútbol americano esta tecnología permite a los árbitros revisar por default todas las anotaciones y pérdidas de pelota y a los técnicos de cada equipo una oportunidad para revisar cualquier jugada, en el último caso, la decisión del árbitro se mantiene salvo que la revisión de video ofrezca una muestra de evidencia irrefutable. Similar al caso anterior, en el hockey cada técnico tiene la oportunidad de revisar una jugada, de corroborarse la intención puede solicitarse nuevamente una revisión, de lo contrario se pierde esta posibilidad. 


…el VAR se instala como respuesta a un imperativo de la transparencia que también afecta al área deportiva.


El imperativo de la transparencia es la normatividad del semiocapitalismo: eficacia, eficiencia, positividad, exposición, evidencia, información, aceleración y control. El modelo actual de vigilancia se extiende a todas las áreas de la vida, desplazando el modelo panóptico de control externo por una introyección del mismo en forma de autocensura: los sujetos saben que son vistos y actúan en consecuencia ajustándose al ideal de transparencia. Ni siquiera las áreas lúdicas como el deporte escapan a la nueva norma donde todo debe ser mostrado y visto.

En su libro La sociedad de la transparencia, Byung-Chul Han analiza este mandato en relación a diversos puntos del análisis. En la sociedad transparente las acciones se vuelven operacionales y por tanto, sometidas a procesos de cálculo, dirección y control. Es por ello que decimos que en el semiocapitalismo el mandato de transparencia habla el lenguaje de la empresa: en él la operacionalidad de los procesos optimiza el tiempo, lo homogeniza y despoja también de toda posible eventualidad. El tiempo transparente es matemáticamente discreto, finitamente divisible, entre un momento y otro no puede haber más que aquello que ha sido contado. En el deporte digitalmente vigilado las jugadas no se miden por su belleza, la gambeta pierde sentido frente al gol, la anotación ya no es lo más importante sino lo único que cuenta.

Byung-Chul Han ha dicho también que la transparencia está asociada a la positividad. La sociedad de la negatividad, el conflicto y el resto pierden fundamento frente a la sociedad positiva, en la que no hay acciones sin gobierno, en ella no hay lugar para fenómenos azarosos. Pero el deporte no es solo táctica y estrategia, la contingencia reviste el principal aspecto lúdico de una actividad que no puede desarrollarse sin azar y sin belleza. Así, la positividad representa una paradoja fundamental para el fútbol: su aspecto funcional y motivacional más importante está dado, tanto para jugadores como para espectadores, en el carácter agonista de la competencia, ya que la negatividad divide entre amigos y enemigos un juego que solo tiene sentido por la lucha entre los mismos. Al respecto, podría decirse que la energía libidinal del juego quedaría castrada anulando la polémica oposición entre menottistas y bilardistas: mientras que el VAR desestima los aspectos estéticos del juego menottista, también deshace las estrategias más controversiales y sutiles del enfrentamiento futbolístico bilardista.


La remisión al deseo y al goce no tienen lugar en la sociedad de la transparencia.


La remisión al deseo y al goce no tienen lugar en la sociedad de la transparencia, en ella todas las cosas, convertidas en mercancía, deben exponerse para ser cosas en sí mismas, las imágenes tienen mayor trascendencia que la existencia misma. La belleza estética asociada al juego de lo que se oculta y lo que se muestra, pierde sentido frente a una pornografía de total exposición, donde la positividad desnuda el encanto detrás de cada acción. 

En relación con este carácter de desnudez y la anemia libidinal que propone el imperativo de transparencia, otra característica de esta sociedad según Byung-Chul Han es su ponderación de la evidencia como mecanismo procedimental, ya que “la coacción de la transparencia elimina espacios de juego del placer”. Aunque la profesionalización del deporte suponga una mayor solemnidad respecto al amateurismo y su tecnificación sea parte esencial de la misma, el aspecto lúdico sigue siendo el más importante a la hora de disfrutar el deporte como jugador o como espectador, y es importante en ese sentido preguntarse por el valor del mismo ¿está bien que todo placer estético o recreativo quede soslayado por el perfeccionamiento en términos operativos? ¿es necesario? 

Uno de los mayores hitos futbolísticos de la Argentina fue y sigue siendo el gol con la mano de Diego Maradona en la selección nacional frente a Inglaterra en el mundial del ‘86. La estetización de la trampa consistió en el placer de la gloria deportiva que condensaba, sublimaba y simbólicamente subvertía una historia de dolor y sometimientos económicos, bélicos y políticos frente a una de las más grandes potencias de su tiempo. Este no es un juicio normativo sobre lo que debió ser, sino más bien uno descriptivo sobre lo que efectivamente fue. Frente a la mano invisible del neoliberalismo tatcherista, la mano de Dios fue el sentimiento de una restitución ante otras pérdidas que volvían “picante” el encuentro deportivo y consagraban a Maradona como ídolo de un sentir nacional. Pero el análisis de arbitraje tecnológico no solo anularía esta jugada por ser considerada fraudulenta, sino que al dividir el análisis futbolístico en acciones permitidas y no permitidas, terminaría reduciendo el juicio estético a la operatividad en que todas las jugadas son iguales en tanto cumplan con el criterio de aceptable o no, en desmedro del dinamismo y la belleza futbolística. Entendido de ese modo, el llamado gol del siglo, el otro punto anotado por Maradona en el mismo partido tras una jugada extensa desde la media cancha sorteando a toda la defensa del equipo, valdría lo mismo que cualquier otro tanto. Y no es que los goles no valgan lo mismo, pero la apreciación estética de una semántica abierta permite resignificar un gol como un hito, un evento único e irrepetible, más allá de la cuantificación del objetivo. En contraposición a esta narrativa, la sintáctica cerrada y rígida con que se calcula la operacionalidad de las jugadas, reduce todos los goles a una secuencia discreta donde no hay lugar para captar la belleza.


Frente a la mano invisible del neoliberalismo tatcherista, la mano de Dios fue el sentimiento de una restitución ante otras pérdidas que volvían “picante” el encuentro deportivo y consagraban a Maradona como ídolo de un sentir nacional.


Este último punto puede esclarecerse en relación al tratamiento que Byung-Chul Han da a la información: la sociedad de la transparencia carece de verdad y de apariencia, la belleza se vuelve insignificante en tanto no constituye un dato relevante. La aceleración de la sociedad transparente radica en estos últimos, los datos almacenados permanecen iguales a sí mismos, los cuales para Franco “Bifo” Berardi conforman una ordenación sensible conectiva.

En Fenomenología del fin, Bifo sostiene que la actual mutación digital está invirtiendo la forma de percepción sensible desde el modo de concatenación conjuntivo al conectivo. La conjunción remite a la habilidad creativa para comprender y crear significaciones emergentes desde el caos de lo real, permitiendo concebir un acontecimiento en el tiempo como algo irrepetible y singular. La conexión, propia del semiocapitalismo contemporáneo, modo privilegiado de la sociedad de la transparencia, transforma la comprensión en un mero acto de adaptación sintáctico puramente intelectual. Es en este sentido que podría decirse que las tecnologías reducen todo evento temporal a un mero dato acumulable cuantitativamente frente a otros, debilitando la experiencia personal.

Análogamente a los procesos de operacionalidad empresariales, económicos y políticos, en el deporte también quiere ponderarse la tecnocracia por sobre el decisionismo. El árbitro, considerado aquí en su función operativa de forma casi maquínica queda anulado como deportista pero también como subjetividad decisiva. Como profesional del deporte, el árbitro también desarrolla personalmente su técnica y su perfeccionamiento a partir de sus habilidades propiamente deportivas: el entrenamiento físico y la agudeza crítica son parte esencial de su tarea en el campo de juego, y por ende, aunque cumpla un rol fundamental como mediador de los conflictos y observador punitivo de las faltas, su error debería considerarse parte del juego como también lo es el error de los jugadores al patear una pelota fuera de la cancha o perder la anotación de un tanto pegando en el travesaño. Como encargado de la decisión, el árbitro tiene la responsabilidad de aplicar el reglamento como un juez aplica la ley, de una forma interpretativa que da cuenta de la semántica abierta que cualquier normativa propone. Entendida en su potencia decisionista dicha tarea tiene tres características fundamentales: una relativa autonomía respecto de la norma, una orientación ordinativa que se mueve en la paradoja de escapar a la norma para asegurarla y su carácter de aplicación personal. La decisión es el aspecto restante de la ley ya que asegura su ejecución por mecanismos externos a ella, en este sentido, la operación es subjetiva y no puede reducirse a un mecanismo puramente operacional.


Análogamente a los procesos de operacionalidad empresariales, económicos y políticos, en el deporte también quiere ponderarse la tecnocracia por sobre el decisionismo


Otro rol clave que sería completamente opacado e incluso técnicamente desplazado, es el de los jueces de línea o árbitros asistentes, ya que la implementación del VAR podría reemplazar su trabajo como una máquina al trabajo manual de un obrero, justificando posteriormente la eliminación de su tarea en pos de una eficacia modernista.

Podría argumentarse a favor de esta tecnocratización del deporte como respuesta resolutiva para los conocidos casos de parcialidad y corrupción a los que se llama “compra de árbitros”, sin embargo, no puede demostrarse que efectivamente las tecnologías de arbitraje solucionen este problema. Primero, porque efectivamente ante un mismo hecho o en este caso una misma imagen reproducida tecnológicamente incluso en cámara lenta dos personas pueden ver y no ver lo mismo: por ejemplo, cuando vemos un mismo golpe pero interpretamos de modo distinto la intencionalidad del jugador, en este caso, la penalidad de la jugada varía de acuerdo a si el jugador quiso patear la pelota o a su contrincante; otro ejemplo podría ser cuando vemos un mismo golpe, interpretamos la misma intencionalidad, pero aún así la intensidad o el contexto de la jugada nos indican la resolución por distinta penalidad, es decir, si una jugada merece ser penalizada simplemente con un tiro libre o una tarjeta amarilla. Esta diferencia subjetiva no parece poder reducirse a una decisión tecnológica, por el contrario, la tecnología se convierte en el elemento de apoyo empírico para una u otra decisión, ya que además no todas las jugadas pueden evaluarse una y otra vez. Segundo, porque las tecnologías no son completamente neutrales sino que están al servicio de quien las utiliza y toda retórica de invisibilización de este carácter subjetivo, no hace más que confirmar el poder que opera detrás de ella escondiéndose en una pretendida neutralidad operativa. Tercero, porque efectivamente los reclamos por injusticias en el fútbol y las sospechas de corrupción no han terminado de darse en las ligas donde el VAR se implementó, por ejemplo, la parcialidad por el uso de las tecnologías en favor del Real Madrid y las polémicas suscitadas en la última copa Libertadores de América.

El VAR en el fútbol funciona más o menos así: el árbitro se comunica por auricular con los jueces de video que están que forman el equipo del VAR en una cabina estilo panóptico digital que carece de óptica perspectivista (la AFA se encontraría implementando esta tecnología en una central de cómputos en Ezeiza) y ante irregularidades en jugadas de gol, penal, expulsión directa o confusión de identidad, tanto el árbitro como el juez de video pueden solicitar la revisión de la jugada comunicándose por auricular. El árbitro puede aceptar el criterio de los jueces de video o ver él mismo el video y tomar su propia decisión. 

Sostiene Byung-Chul Han que la sociedad de la transparencia propone un estado de simetría que aspira a eliminar las relaciones asimétricas. Pero la pluralidad de árbitros y la discrecionalidad con que se maneja la información acorde a criterios personales no anula la jerarquización del poder ni la posibilidad de que se sancione parcialmente en conjunto, tal como ha sido denunciado por fanáticos en varias ocasiones. A pesar del imperativo de transparencia, la imagen no diluye el poder y la asimetría que este genera. De hecho, los únicos miembros habilitados para solicitar la repetición son el árbitro y el asistente de video, pero ni los jugadores ni el técnico tienen la potestad para reclamar la revisión de jugada, por el contrario, ante su protesta pueden ser sancionados.


A pesar del imperativo de transparencia, la imagen no diluye el poder y la asimetría que este genera.


Ante esta posición asimétrica mayormente pronunciada una solución imparcial podría ser, como en otros deportes, que los equipos puedan solicitar el VAR, lo que resultaría más simétrico y democrático, pero debería también limitarse con el objetivo de no obstruir la dinámica liviana de juego tan característica del fútbol.

En última instancia, cabe pensar si a pesar de las mejoras en la implementación tecnológica, es necesario en el ámbito deportivo, principalmente lúdico, recurrir a un dispositivo de transparencia en una sociedad plagada de imperativos de exposición, vigilancia y control. El mundo, y en este caso particular el fútbol, es significativo porque ha sido permeado por la creación afectiva de sentido en las áreas veladas del juego y no porque haya sido una imagen transparente a todos los jugadores, espectadores en la cancha y televidentes. De todos modos, cabe esperar que ante la estrategia de desplazamiento de lo humano en favor de la tecnología, exista un espacio y una retórica de resistencia, sobre todo en un deporte tan apasionante como el fútbol, para los cuerpos que no pueden subsumirse en el intelecto maquínico del capital.


Ph: Melina Gómez

Por Agustina Arrigorria


Desde sus orígenes en el poema de Parménides o la obra de Platón, la filosofía ha buscado incesantemente encontrar una verdad permanente, inmutable, única y trascendente que sirva de fundamento a priori para comprender la multiplicidad cambiante de lo real. Muchos siglos han pasado desde aquellos pensadores de la antigüedad griega, y sin embargo, a pesar de los aportes posteriores de la tradición empirista, la imposibilidad del origen según Nietzsche, o la deconstrucción del fundamento en la obra Derrida, el apriorismo sigue constituyendo un vicio filosófico, que desde el ámbito ontológico se ha trasladado al epistemológico, impidiendo comprender la realidad a través de conceptos teóricos sino, contrariamente, adecuándola al marco teórico previamente establecido.

Puede ser la urgencia por la palabra, el éxito indiscutible de la novedad, la inmediatez impuesta como fundamento de lo real o simplemente el sedimento narcisista de quienes ocupan un lugar preponderante en la tarea consagrada de lo intelectual, pero lo cierto es que figuras altamente notables del mundo de la filosofía -como Žižek, Agamben, Chul Han y Preciado, entre otros- no han titubeado a la hora de emitir su crítica sobre la pandemia y para sorpresa de nadie, todo lo que vieron en ella es la confirmación de sus posicionamientos previos, haciendo slogans de sus más álgidos conceptos. 

Lejos de la demora nietzscheana o el camino heideggeriano, el discurso de lo inmediato se instala performativamente a través de un ejercicio de prolepsis. La prolepsis puede definirse etimológicamente como el conocimiento anticipado de una cosa. Como figura retórica, describe la actitud a través de la cual el emisor expresa una objeción a su propio argumento para responderla inmediatamente y así fortalecer su posición. En historiografía, la prolepsis designa el prejuicio con que el historiador se aproxima a la comprensión de un acontecimiento imprimiendo en él la confirmación de su hipótesis previa, guiando la investigación a partir de ciertos elementos que tiendan a confirmar su opinión en una cosmovisión coherente con el sistema.

Con su verborragia e incontinencia textual característica, Slavoj Žižek no solo ha escrito numerosas notas de opinión para medios de comunicación, sino que ha compilado estos escritos en un volumen mayor: ¡Pandemia! COVID-19 sacude al mundo. Su último libro está enteramente destinado a la reflexión sobre la epidemia que se ha extendido por todo el planeta. Aunque algunas cuestiones resultan de vital importancia a la hora de pensar la política actual, como la paradoja entre globalismo económico y potencialidad de las catástrofes ambientales, la tensión entre la libertad de expresión y el acatamiento de las órdenes sanitarias, y la forma en que las naciones se han posicionado en favor de uno u otro polo de esta relación, es menester evidenciar que la mayoría de sus posicionamientos no son más que el refuerzo de sus lecturas anteriores. Cuando el pensador esloveno escribe “Comunismo o barbarie ¡Así de simple!” no hace más que acercarse a una lectura sesgada y reduccionista de la realidad que reafirma sus prejuicios. Por una parte, su análisis recae en una suerte de idealismo filosófico al desestimar las condiciones materiales del brote de COVID19: la mutación zoonótica provocada por el sistema carnivorista y la expansión de la frontera agraria. El ecologismo, al cual él mismo minimizó a través de toda su obra como un movimiento banal que discutiría en la esfera superestructural de la política, es en verdad el discurso estructural que revela de forma crítica el sentido de la economía. Discutir el capitalismo, en este sentido, debería incluir el desvelamiento de las relaciones de producción mundial basadas en la destrucción ambiental y la ingesta animal en tanto pilares básicos de la expansión y acumulación necesarias del modelo económico global. Por otro lado, que el capitalismo necesite la explotación de los recursos naturales para su funcionamiento no significa que todo poscapitalismo sea necesariamente ecologista, en este sentido, la batalla discursiva sobre la ecología debe ser considerada un elemento central para el redireccionamiento de una política sustentable a nivel económico y ambiental. Sin ir más lejos, el brote viral tuvo su lugar de aparición en la República Popular China, que no sostiene el modelo típicamente capitalista sino un sistema mixto de producción y distribución. Y por último, no todo poscapitalismo es un comunismo tal como lo expresa Žižek, por lo que el binomio comunismo-barbarie debería resultar inadecuado tanto para leer la realidad como para proponer una proyección emancipatoria real.

Discutir el capitalismo, en este sentido, debería incluir el desvelamiento de las relaciones de producción mundial basadas en la destrucción ambiental y la ingesta animal en tanto pilares básicos de la expansión y acumulación necesarias del modelo económico global.

En respuesta a Žižek, Byung Chul Han en su nota del 22 de marzo titulada La emergencia viral y el mundo del mañana sostuvo: “El virus no vencerá al capitalismo. La revolución viral no llegará a producirse. Ningún virus es capaz de hacer la revolución. El virus nos aísla e individualiza. No genera ningún sentimiento colectivo fuerte”. Es cierto, un virus no alcanza para destruir al capitalismo, pero sí para golpearlo, desestabilizarlo y generar nuevas perspectivas y subjetividades en relación a una coyuntura de crisis que cristaliza los problemas estructurales de una sociedad profundamente desigual. Los países donde la pandemia ha sido controlada con mayor éxito refleja contrariamente a sus declaraciones que son las acciones colectivas y no las individuales las que pueden mitigar los problemas que aquejan a nuestras sociedades. También parece equivocarse Chul Han cuando sostiene que “el big data resulta más eficaz para combatir el virus que los absurdos cierres de fronteras que en estos momentos se están efectuando en Europa” o así lo demuestra Ignacio Ramonet, director de Le Monde Diplomatique en Español, en su nota Coronavirus: La pandemia y el sistema-mundo a partir de los datos oficiales de los Estados-nación, la OMS y los medios de comunicación. Para Chul Han el cierre de fronteras -atribuído erróneamente por él solamente a Europa- se aferra a viejos modelos de soberanía, ya que en consonancia con su ensayo La sociedad del cansancio la época actual se caracteriza por el abandono del paradigma inmunológico basado en la negatividad del enemigo por una sociedad excesivamente permisiva. Resulta curioso que el pensador coreano no vea las contradicciones mismas y no tan recientes de un sistema que globaliza y desterritorializa el capital al mismo tiempo que endurece las barreras migratorias, como en el caso de los migrantes orientales muertos en las costas europeas o la construcción del muro de Estados Unidos con México.

Una de las intervenciones más descabelladas e irresponsables en términos políticos ha sido la de Giorgio Agamben quien sostuvo una hipótesis pseudo-conspirativa en su nota La invención de una epidemia en la que insiste con aplicar incesantemente a toda realidad su concepto filosófico de estado de excepción. Para él, los gobiernos y los medios de comunicación generaron voluntaria y arbitrariamente una difusión del pánico que no se condice con los datos epidemiológicos disponibles con el objetivo manifiesto de generar un estado de excepción que permita militarizar territorios y establecer un control absoluto de los individuos mediante la restricción de sus libertades individuales como un fin en sí mismo.

En respuesta a la postura paranoica de Agamben sobre la epidemia y sus posteriores declaraciones que equiparaban a los profesores que daban clases virtuales con colaboradores del régimen nazi, varios pensadores expresaron su disconformidad, entre ellos, su amigo Jean Luc Nancy, quien sostuvo que la excepción no es solo política sino viral, biológica, informática y cultural, y que es necesario comprender que en este momento toda la civilización tal como la conocemos está siendo cuestionada. Criticando la cerrazón y el dogmatismo de su amigo, Nancy cerró su exposición con una anécdota personal: “Hace casi treinta años, los médicos juzgaron que tenía que someterme a un trasplante de corazón. Giorgio fue una de las pocas personas que me aconsejó que no los escuchara. Si hubiera seguido su consejo, probablemente habría muerto pronto”. 

También Franco “Bifo” Berardi escribió una opinión en consonancia con su obra anterior planteando al COVID19 como un virus semiótico que “prolifera en el cuerpo estresado de la humanidad global” destacando la primicia de una crisis que no proviene del sector económico-financiero sino del cuerpo. Su descripción sobre los cuerpos sustraídos al capital promueve una visión estratégica para la construcción hegemónica de un mañana alternativo que conjugue de modo saludable economía y biología con propuestas puntuales como redistribución del ingreso, mejoras en el sistema de salud y reducción del tiempo de trabajo. Sin embargo, es necesario remarcar que la dimensión corporal está enlazada con la economía de una forma mucho más estructural: no son solo nuestros cuerpos los que sufren el sistema, sino también los de los animales no humanos, invisibilizados, quienes son hacinados, asesinados e ingeridos causando mutaciones zoonóticas que concluyen en catástrofes sanitarias como la actual. Las buenas intenciones de un futuro más justo según Bifo dejan de lado los factores más importantes de la causa de la pandemia de coronavirus.

Ph: Christian Cándido

Al respecto, Judith Butler aseguró que el virus por sí mismo no discrimina pero los humanos sí, y que esta segregación se da por criterios nacionales, raciales, sexistas y xenófobos. Su pronóstico coyuntural sostiene que “es probable que en el próximo año seamos testigos de un escenario doloroso en el que algunas criaturas humanas afirmarán su derecho a vivir a expensas de otros”, pero es curioso que en relación al análisis de vidas que importan más que otras también Butler caiga en un antropocentrismo que no considera el especismo como una forma de discriminación al animal no humano, cuando este sería el grado cero de la cuestión de la actual pandemia. Científicos y comunicadores, entre los que se encuentra la primatóloga Jane Goodall advirtieron sobre los peligros de enfermedades zoonóticas causadas por el tráfico de especies, la destrucción de ecosistemas y la ganadería industrial. Es por este motivo que es necesario destacar que si hablamos de discriminación, son los cuerpos de los animales no humanos los que parecen efectivamente no importar.

La invisibilización del animal ha llevado a filósofos consagrados como Paul Preciado a sostener que incluso el título y la ilustración del libro Sopa de Wuhan, para el cual él mismo escribió un artículo, cosifica y culpa a la sopa, a los murciélagos y a China. Si bien es cierto que los animales no tienen la culpa de las políticas humanas y estas últimas no se reducen a una geolocalización o nación en particular, no puede perderse de vista que efectivamente el virus tiene un origen en la mutación del virus causada por la ingesta de animales exóticos. Claro que los animales considerados de granja también portan mutaciones de este tipo, como ya han demostrado tristemente los pasados episodios de gripe porcina o aviar, sin embargo el borramiento del animal no se traduce inmediatamente en una actitud compasiva para el mismo. Silenciar la idea del origen pandémico de la mutación viral no salva a los animales no humanos de la cosificación simbólica, por el contrario, esconde los modos de producción de los cuales ellos mismos son esclavos. Es justo mencionar al respecto que Preciado no ha eludido por completo la cuestión animal como otros de sus compañeros, por lo que en otra ocasión ha manifestado: “La Covid-19 ha legitimado y extendido esas prácticas estatales de biovigilancia y control digital normalizándolas y haciéndolas ‘necesarias’ para mantener una cierta idea de la inmunidad. Sin embargo, los mismos Estados que implementan medidas de vigilancia digital extrema no se plantean todavía prohibir el tráfico y el consumo de animales salvajes ni la producción industrial de aves y mamíferos ni la reducción de las emisiones de CO2. Lo que ha aumentado no es la inmunidad del cuerpo social, sino la tolerancia ciudadana frente al control cibernético estatal y corporativo”.

El problema fundamental del apriorismo filosófico no se ciñe únicamente al sesgo intelectual que se perpetúa dentro del ámbito académico de las humanidades, la tarea filosófica de describir y comprender el mundo no permanece completamente alejada de la idea práctica de cambiarlo.

Si bien es necesario mencionar que Preciado se ha centrado principalmente en las causas y consecuencias materiales de la pandemia, manifestando un análisis más exhaustivo de la cuestión, su lectura del concepto de biopolítica foucaultiano enfatiza más en los aspectos negativos del control estatal y la vigilancia cibernética que en las consecuencias materiales que esto ha tenido a la hora de salvar vidas. No son solo políticas de la vida, sino también políticas de muerte, las que han sido llevada adelante por las naciones más atravesadas por el paradigma neoliberal, descuidando bajo excusa de una suerte de selección natural las vidas que consideran menos productivas: los ancianos, los enfermos y los discapacitados.

El problema fundamental del apriorismo filosófico no se ciñe únicamente al sesgo intelectual que se perpetúa dentro del ámbito académico de las humanidades, la tarea filosófica de describir y comprender el mundo no permanece completamente alejada de la idea práctica de cambiarlo. La importancia de los conceptos filosóficos radica principalmente en su potencialidad para conocer y explicar la realidad, no para coartarla y amoldarla a los conceptos reificados previamente con fines estéticos o literarios. La crisis desatada por la pandemia produjo un cimbronazo en la percepción del estado de las cosas, emprender la filosofía críticamente como camino y demora quizás exija hacer un ejercicio de epoché, ejercer una suspensión del juicio crítico hasta ver lo que la misma realidad revela de sí. La tarea de pensar el mundo está en nuestras manos y para ello, es necesario redirigir la mirada al mismo y no solamente a los libros.