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Imagen: Melina Gómez

Por Sofía Arriola


Después de años de reclamos, ocupar las calles y consolidar a los movimientos feministas, se sancionó y entró en vigencia el pasado 24 de enero de 2021, la Ley 26 710 sobre regulación del acceso a la interrupción voluntaria del embarazo y a la atención postaborto. La misma tiene como objeto, según lo establecido en su artículo 1, regular el acceso a la interrupción voluntaria del embarazo y a la atención postaborto, en cumplimiento con los compromisos asumidos por el Estado en materia de salud pública y derechos humanos de las mujeres y de personas con otras identidades de género con capacidad de gestar. Asimismo, fortalece los postulados de la Ley 25 673 (Creación del Programa de Salud Sexual y Reproductiva) y de las políticas públicas impulsadas para garantizar los derechos sexuales y reproductivos.

Esta ley se enmarca en la Constitución Nacional, los Tratados Internacionales de Derechos Humanos, la Ley 25 673, la Ley 26 529 sobre Derechos del Paciente, los códigos Penal y Civil y Comercial de la Nación (CCyC), así como todas las leyes concordantes de protección de mujeres, niños, niñas, adolescentes, personas con discapacidad, y el fallo “FAL” de la Corte Suprema de Justicia de la Nación (CSJN), siendo de orden público y aplicación obligatoria en todo el país. Esta obligatoriedad alcanza los tres subsistemas de salud: tanto efectores públicos como obras sociales, empresas y entidades de medicina prepaga deben instrumentar las medidas y ejecutar los cambios necesarios para garantizar su cumplimiento.

El esquema legal previsto y que se incorpora a la normativa vigente sostiene que las mujeres y otras personas gestantes tienen derecho a decidir y acceder a la interrupción voluntaria de su embarazo hasta la semana catorce, inclusive, del proceso gestacional cuando el mismo fuere resultado de una violación o si estuviera en peligro la vida o salud de la persona gestante.

Sin embargo, la semana pasada la justicia provincial de San Juan dio lugar a una medida cautelar en la que un hombre propuso impedir que su ex pareja abortara. El hombre, junto a los jueces Juan Carlos Noguera Ramos, Juan Carlos Pérez y Sergio Rodríguez (un tribunal integrado sólo por varones) intentaron obstruir el ejercicio de derechos a una mujer y, sobre todo, poner por encima a un varón del uso libre del plan de vida de una mujer. Lo que me lleva a un debate histórico en el derecho: ¿qué pasa con los jueces y la posibilidad de crear derecho más allá del Poder Legislativo?


El sistema de tutelaje dónde la mujer es sometida a la voluntad del marido se acabó hace mucho tiempo: ni antes ni después de la ley de ILE el cónyuge tiene derechos sobre el cuerpo de la pareja (…) En ningún espacio del cuerpo normativo esta ley establece la opinión del cónyuge como requisito, lo que hace que pedirlo sea ilegal


El sistema de tutelaje dónde la mujer es sometida a la voluntad del marido se acabó hace mucho tiempo: ni antes ni después de la ley de ILE el cónyuge tiene derechos sobre el cuerpo de la pareja, no puede decidir sobre un aborto, ni sobre métodos anticonceptivos. La ley indica que siempre debe prevalecer su libre y autónoma voluntad y que sus decisiones “no deben ser sometidas a juicios derivados de consideraciones personales, religiosas o axiológicas”. En ningún espacio del cuerpo normativo esta ley establece la opinión del cónyuge como requisito, lo que hace que pedirlo sea ilegal. 

Aun así, con el criterio de los jueces una mujer podría ser forzada a gestar o forzada a abortar por la voluntad del cónyuge no gestante y la anuencia de estos jueces, lo que podría incurrir en los estándares de tortura ya que el Comité DESC, en la Observación General 22 (2016) relativa al derecho a la salud sexual y reproductiva, ha sostenido: “El derecho a la salud sexual y reproductiva también es indivisible e interdependiente respecto de otros derechos humanos. Está íntimamente ligado a los derechos civiles y políticos que fundamentan la integridad física y mental de las personas su autonomía, como los derechos a la vida; a la libertad y la seguridad de la persona; a no ser sometido a tortura ni otros tratos crueles, inhumanos o degradantes; la privacidad y el respeto por la vida familiar; y la no discriminación y la igualdad. Por ejemplo, la falta de servicios de atención obstétrica de emergencia o la negativa a practicar abortos son causa muchas veces de mortalidad y morbilidad materna que, a su vez, son una violación del derecho a la vida o la seguridad y, en determinadas circunstancias, pueden constituir tortura o tratos crueles, inhumanos o degradantes”. Asimismo, la Recomendación General 35 (2016) referida a la violencia de género contra la mujer del Comité CEDAW, al que nuestro país suscribe, estableció que:  “Las violaciones de la salud y los derechos sexuales y reproductivos de la mujer, como la esterilización forzada, el aborto forzado, el embarazo forzado, la tipificación como delito del aborto, la denegación o la postergación del aborto sin riesgo y la atención posterior al aborto, la continuación forzada del embarazo y el abuso y el maltrato de las mujeres y las niñas que buscan información sobre salud, bienes y servicios sexuales y reproductivos, son formas de violencia por razón de género que, según las circunstancias, pueden constituir tortura o trato cruel, inhumano o degradante” y finalmente el mismísimo Comité de la Tortura en la Relatoría Especial sobre la Tortura, ha establecido que: “46. Los órganos internacionales y regionales de derechos humanos han empezado a reconocer que los malos tratos infligidos a mujeres que solicitan servicios de salud reproductiva pueden causar enormes y duraderos sufrimientos físicos y emocionales, provocados por motivos de género. Ejemplos de esas violaciones son el maltrato y la humillación en entornos institucionales; las esterilizaciones involuntarias; la denegación del acceso a servicios autorizados de salud como el aborto y la atención posaborto” y, en el artículo 50, ha expresado su preocupación por “el hecho de que las restricciones en el acceso al aborto y las prohibiciones absolutas con respecto al mismo conculcan la prohibición de la tortura y los malos tratos”. Por ende, la Ley 27 610 se ajusta a dichos estándares internacionales y avanza sobre un modelo regulatorio centrado en la salud que permitirá alcanzar mayores niveles de justicia social en el ejercicio de los derechos sexuales y reproductivos de la población.


…con el criterio de los jueces una mujer podría ser forzada a gestar o forzada a abortar por la voluntad del cónyuge no gestante y la anuencia de estos jueces, lo que podría incurrir en los estándares de tortura


Por suerte, el fallo se volvió abstracto, puesto que al momento en que el tribunal se expidió, el sistema de salud ya había actuado diligentemente para realizar la práctica correspondiente solicitada. De todas formas, el hecho de haber dado lugar a la medida cautelar genera un antecedente judicial que atrasa y boicotea la mentada ley, demostrando cómo las mujeres siguen siendo expuestas en el poder judicial viéndose vulneradas por el mismo Estado que debería protegerlas con derechos adquiridos en sus propias demandas respecto a los derechos civiles y políticos conseguidos. Si estos existen y son la base de nuestros sistemas de gobiernos, ¿por qué las mujeres y las personas con capacidad de gestar continúan sufriendo opresión al enfrentarse al sistema judicial, siendo parte de un poder del Estado que debe velar por cumplir con las garantías a las que se obliga? Siguiendo a Carol Paterman: ¿Por qué si todos somos libres e iguales las mujeres son sometidas?.

El acceso a la justicia es considerado un derecho social básico y, para garantizarlo, es necesario un sistema de justicia preparado y eficaz, en caso contrario, las instituciones no responderán a su razón de ser, por lo que el servicio público debe garantizar la continuidad, adaptación, igualdad, celeridad y gratuidad para no entorpecer los procesos. Si esto no sucede todo el arco de Derechos Humanos sería condenado al fracaso generando una gran desilusión sobre las promesas de la democracia al no contar con un sistema que asuma la responsabilidad de asegurar un Estado de Derecho preocupado por la vigencia de las libertades y garantías; donde la Constitución no represente una abstracción sino que brinde una aplicación práctica, que amplíe el acceso a la justicia sobre las construcciones sociales que se plasman en la existencia de un “sistema de género”, en el que procesos y mecanismos regulan y organizan a la sociedad de modo en que el hombre y la mujer actúen y se consideren diferentes y al mismo tiempo, determinen cuáles áreas sociales son competencia de un género u otro, así como también las asimetrías de poder entre ellos.


…el hecho de haber dado lugar a la medida cautelar genera un antecedente judicial que atrasa y boicotea la mentada ley, demostrando cómo las mujeres siguen siendo expuestas en el poder judicial viéndose vulneradas por el mismo Estado que debería protegerlas con derechos adquiridos en sus propias demandas respecto a los derechos civiles y políticos conseguidos


Incluso, podemos pensar que el lugar del derecho y el rol de los jueces debería ser el de subsanar las desigualdades, siendo una herramienta de control social que funciona a partir de otros sistemas normativos internacionales de derechos humanos para derribar subjetividades y combatir aquella dominación de género para volvernos iguales ante la ley, como se espera, y no como en este caso, presentando argumentos ineficientes y sexistas expresando que meramente por la existencia del matrimonio entre los involucrados el progenitor debería tener incidencia en la decisión. Así, la acción del derecho termina siendo la de consolidar aquellas desigualdades reproduciendo discursos y relaciones de poder, estableciendo en una sentencia la violencia institucional y la invisibilización de la autonomía de los cuerpos gestantes.

Aun con una ley vigente, este caso ha demostrado cómo dentro del mismo sistema de protección las personas pueden quedar enfrentadas a una estructura opresiva que opera por un orden social: este caso, pone en evidencia que esa lógica no sostiene un enfoque de género, sino que reproduce los mandatos morales y disciplinadores del orden heterociscapitalista imperante y castiga a quienes busquen contrariarlo, aun si deben vulnerar las garantías establecidas para la protección, revelando la desilusión del sistema judicial al no tener operadores jurídicos preparados ad hoc

Sería necesaria la educación en Derechos Humanos para poder triunfar en una ciudadanía que permita el acceso a los derechos, pero también arribar a una igualdad real entre los ciudadanos, más allá de los estándares legales en donde se corrija la ausencia histórica de las mujeres y se tenga en cuenta su inclusión en todos los ámbitos en pos de establecer un proyecto político que rompa la división entre lo público y lo privado, añadiendo dimensión de género para que también la dicotomía de masculino y femenino, junto a su expresión social, sea reconsiderada en vistas de obtener una democracia que asegure inclusión frente a las desigualdades estructurales. Es preciso que a partir de ahora, habiendo ganado las garantías legales, busquemos transformar los discursos y prácticas y las relaciones con el Estado donde el género no implique una forma de dominación para que las transformaciones reales acompañen el avance de los reconocimientos formales.


Nadie puede decidir por vos ni puede sustituir tu voluntad. Tampoco estás obligada a ser madre.

Si decidís abortar, la práctica está incluida en los servicios públicos de salud, las obras sociales y las prepagas. Podés llamar al 0800-222-3444 para más información. Es tu derecho.


Foto: Federico Bini

Por Unai Rivas Campo


“cuando el sabio mira a la luna, el necio mira al dedo”

Refrán.

La esquizofrenia es un chiste que no se entiende a sí mismo. Esto que aquí afirmo no debe ser tomado en forma literal, es una metáfora. Usamos la palabra metáfora para hablar de relaciones entre elementos que se constituyen en forma análoga en diferentes conjuntos. Dicho en un lenguaje más sencillo: usamos metáfora para decir que en lo macro y en lo micro los hechos se organizan en forma parecida. Así, cuando un muchacho controla la última hora en la que su novia se conectó a las redes sociales, podemos decir que el muchacho actúa como una metáfora de esta sociedad de control. Lo que arriba se controla por miedo al terrorismo, abajo se controla por miedo al amor. Al final es el control frente al miedo. Gente cosificando gente. Lo que cambia es el contexto, los hechos se mantienen análogos. La metáfora siempre está. 

Como todo lo que existe, la metáfora esquizofrénica funciona en diferentes contextos o conjuntos. Así, la llamada función psicótica actúa desde su núcleo hasta conjuntos más amplios.  

En el núcleo de la psicosis está la esquizofrenia. Aquí la capacidad de distinguir entre elementos y conjuntos -o texto y contexto- falla en forma estrepitosa. De esta manera, cuando se trata de esquizofrenia la palabra “cuchillo” no puede ser distinguida del contexto en el que esa palabra se está diciendo. De tal modo que un esquizofrénico al escuchar “cuchillo” podría creer que va a comer un asado o que lo van a asesinar. Así palabra y contexto se fusionan. Esta incapacidad del esquizofrénico para entender la metáfora lo lleva a existir en una metáfora permanente. Recuerdo a una joven paciente esquizofrénica que una vez me escuchó decir la palabra “ok”. En aquel momento estaba angustiada y aquella palabra mía le quedó grabada. A partir de entonces, la palabra “ok” y yo pasamos a ser la misma cosa. Luego de eso, si escuchaba a alguien decir “ok” en la TV, ella sentía que me estaba escuchando a mí y me lo hacía saber: “Te vi en la tele, ok, ok”, decía. Y cuando se enojaba conmigo, gritaba la palabra “ok” mientras apretaba el puño y daba golpes en el aire. Era su forma metafórica de pegarme. Sin embargo aquel gesto no era vivido como una metáfora, era literal. 


Esta incapacidad del esquizofrénico para entender la metáfora lo lleva a existir en una metáfora permanente


Por supuesto que esta incapacidad para lo metafórico también sucede en círculos intermedios del aparato psíquico. Existen muchas personas con rasgos psicóticos. Sujetos sin ningún diagnóstico clínico que trabajan, crían a sus hijos y pagan sus impuestos. Estos humanos pueden ser muy buenos en trabajos monótonos donde la tarea está previamente estructurada. Pueden seguir una secuencia de acciones pero tener enormes dificultades para entender la naturaleza de lo que hacen. La realidad está repleta de esto. Las personas con estos rasgos generan un enorme aburrimiento a quien conversa con ellos. Algo en su incapacidad para registrar conjuntos hace que nuestros cuerpos -entendidos como conjunto- no se sientan registrados en su presencia. La incapacidad para la metáfora dificulta cualquier conversación. Sin metáfora no es posible analizar una serie de ideas (elementos) y construir a partir de esas ideas una conclusión (conjunto). En otras palabras, las personas con rasgos psicóticos pueden funcionar en un mundo plano, moverse como peones en un tablero sin jamás entender bien de qué trataba su lugar en el juego. Por eso resulta difícil dialogar con las personas con rasgos psicóticos. Sucede que ningún conjunto de argumentos podrá sacar a esa persona de ahí. Será en vano y terminaremos agotados y enojados tratando de explicar algo que el otro no puede comprender. No importan los argumentos que se ofrezcan para fundamentar nuestra idea general, la persona con rasgos psicóticos tomará nuestras ideas en forma aislada y responderá desde lo literal o cambiando de tema con ideas que pertenecen a otros conjuntos de sentido.

La psicosis aún persiste incluso donde lo psicótico no opera ni en el núcleo ni en sus capas intermedias. De hecho, la mayor parte de los humanos hemos usado alguna vez mecanismos de orden psicótico. Sucede cuando en una discusión cualquier palabra es tomada en forma literal y alguien dice la palabra “boludo” en términos amables y es leída por el otro en forma de insulto. O como cuando te hacen un chequeo de rutina, y hasta que no te dan los resultados, escuchas la palabra cáncer y te dan escalofríos. El problema no está en las palabras, está en los mecanismos psíquicos de supervivencia que, frente al miedo o la bronca, simplifican la realidad para hacerla lo más básica posible.


Es en nuestra piel, el órgano más vulnerable, donde los cuerpos se cruzan con los cuerpos de los demás. Ahí surge la posibilidad de una identidad política, de un mundo más allá del individuo


Los mecanismos psicóticos se dan hasta en la capa más externa del círculo. Es en nuestra piel, el órgano más vulnerable, donde los cuerpos se cruzan con los cuerpos de los demás. Ahí surge la posibilidad de una identidad política, de un mundo más allá del individuo. Es la zona donde los mecanismos psicóticos dañan más nuestro sentido político. Cuando los medios nos asustan o nos enojan diciendo “se robaron un PBI”, “Venezuela dictadura”, o se arroja cualquier clase de acusación en forma de arenga, no se está buscando explicar nada más allá de la arenga. La arenga pasa así a justificarse a sí misma escapándole al miedo y apelando al control y a la bronca. Elementos y conjuntos se fusionan. La palabra y aquello que la palabra designa pasan a ser la misma cosa. Entonces el diálogo político se hace imposible. Acá se encuentran aquellas personas que, teniendo una forma sana de existencia y siendo capaces de razonar con claridad en su vida cotidiana, son unos necios políticos.

El humor falla en la psicosis. Porque sin una contradicción, sin una discontinuidad entre lo que sucede y su contexto, el chiste es imposible. Eso explica la risa perturbadora del esquizofrénico, que al no poder diferenciar texto de contexto, estalla a reír sin aparentes motivos. Del mismo modo, en otras capas más alejadas del núcleo, sucede la risa nerviosa, esa que aparece frente al miedo o la vergüenza.

Ahora bien, no todo lo psicótico es insano. En el arte la función psicótica empieza a operar en su forma más vital. La insanía queda de lado y en una película, una novela, o en una obra de teatro sentimos que personaje y actor son la misma cosa. En el arte las reglas de la cordura se pueden romper sin miramientos, y, al igual que en los sueños, la única regla está en la capacidad de transmitir. No importa entonces lo realista que sea un poema, porque un padre puede ser Dios y a su vez un Dios puede ser todos los padres del mundo. Por eso en un poema una jaula puede ser pájaro. En el arte se construyen mundos completos donde los personajes actúan como elementos que salen adelante dentro de un conjunto establecido de reglas. Aquí la función psicótica actúa como función de la imaginación y de esta forma es que se construyen universos expandidos -conjuntos de reglas alternativas- como “El Señor de los Anillos” o “Star Wars”.


En el arte las reglas de la cordura se pueden romper sin miramientos, y, al igual que en los sueños, la única regla está en la capacidad de transmitir


Y finalmente tenemos a la religión. Allí donde el pan es carne y el vino es sangre. Donde las ofrendas a la Pachamama no son una representación del amor del pueblo por la tierra, sino que son el amor del pueblo por la tierra. Donde a la tierra no se le dice “madre” sino que se la vive así. El arte y la religión no son creencias, son propiedades de la función psicótica. Formas mediante las cuales nos apropiamos del mundo a la vez que nos deshacemos en el mismo. Arte y religión son entonces experiencias lisérgicas. La expresión más vital de la función psicótica que permite a los humanos conectarse con lo sagrado. Allí, a través de ritos, podemos religarnos con conjuntos mayores a nosotros mismos. Allí, desde la libertad, podemos hacer que la jaula se vuelva pájaro y comunicar el Pathos más allá de las ataduras de la razón. 

La psicosis no es entonces una enfermedad mental, la psicosis es una función. Una función que responde como puede frente a la insanía de una realidad enajenada e impuesta. Ronald Laing llegó a demostrar cómo dicha función era una forma de sanarse de la captura de la esquizofrenia. Porque cuando miramos la esquizofrenia no estamos mirando la enfermedad, estamos frente a la consecuencia. La enfermedad no está ahí. Lo insano está en un conjunto más amplio. Es algo más allá: una Máquina dañando nuestros cuerpos, nuestra animalidad. Por eso, hay que dejar de mirar a la luna, la enfermedad está en el dedo que señala.


Imagen: Carlos Villamayor

Por Valeria Cardelle y Paola Torrandella


En el contexto de cuarentena y aislamiento producto de la pandemia del COVID 19 nuestra vida cotidiana se vio afectada en todos sus aspectos. Lo mismo sucedió, por supuesto, en el mundo del arte y la cultura. Desde algunos sectores culturales, en el mes de octubre se declaró la “emergencia cultural” en Buenos Aires -con el hashtag #EmergenciaCulturalBA en redes- y teniendo en cuenta que el ballet clásico generalmente no está muy presente en este tipo de “movidas” nos surgieron un montón de preguntas. ¿Qué quiere decir esto para el ámbito de la danza clásica oficial de Buenos Aires? ¿Existe esa emergencia en el ballet? ¿Ya existía desde antes? ¿Cómo lo viven sus protagonistas?

Sabemos que la danza clásica posee requerimientos específicos, una técnica y un entrenamiento del cuerpo que difícilmente pueden reemplazarse de cualquier modo, por eso

nos preguntamos también ¿Cómo se baila en un marco de pandemia y aislamiento? ¿Es posible? ¿Es distinto bailar danza clásica u otro tipo de danza en este contexto? ¿Qué problemas y desafíos se presentaron para los bailarines clásicos en la relación cuerpo-pandemia-virtualidad? ¿Qué pasa con el cuerpo?

Pensando en esta nueva etapa de distanciamiento (DISPO) en la que se empezaron a habilitar actividades artísticas con ciertos protocolos, entre ellas, los teatros, nos surge entonces una pregunta más: ¿cuáles son las posibilidades que se abren (o se cierran) a futuro?

Para responder estas preguntas entrevistamos a tres bailarines profesionales: Dolores Fernández, integrante del Ballet Estable del Teatro Argentino de La Plata; Sofía Menteguiaga, ex primera figura del Ballet de Tulsa (EEUU), Royal Ballet de Flanders (Bélgica), Teatro Colón y Teatro San Martín (Bs. As.), actualmente bailarina independiente en Buenos Aires y Federico Fernández, Primer Bailarín del Ballet Estable del Teatro Colón. 

Cuerpo y espacio

Como primer eje a destacar de las entrevistas surgió la relación entre cuerpo y espacio. Los tres bailarines mencionaron la significación que tiene para ellos este entrecruce. La necesidad de contar con un lugar amplio para saltar, girar, desplegar los movimientos que requieren más desplazamiento y ocupar con el cuerpo un espacio que desde que estalló la pandemia no existe, no está ya disponible como antes, cambió. Desplegar el cuerpo en el espacio. Un espacio que tuvo que trasladarse de la sala del teatro o el salón del estudio de danza, con barras, tapetes, espejos y pisos flotantes de madera, al living u otra habitación de la casa con muebles que correr, pisos de cerámica y en algunos casos, la familia muy cerca.

Esta imposibilidad de moverse libremente en el espacio sin dudas trajo consecuencias. En palabras de Sofía Menteguiaga: “En mi caso las dificultades que encontré fueron, por un lado, de espacio, porque mi casa es muy chiquita, y tiene piso de baldosa y no de madera. Pero la mayor dificultad en realidad fue motivacional”. En esa última frase de Sofía no solo lo físico se pone en juego, sino también lo emocional. Transitar este tiempo desde una falta: la falta del espacio escénico, que abarca tanto lo corporal como la expresión artística. El cuerpo que antes bailaba en un escenario, se transforma en estos días, en un cuerpo que apenas puede hacer clases para mantenerse en forma, desde la intimidad del hogar y a la par de los problemas técnicos y de condiciones materiales, aparecen los otros, vinculados a lo más profundo de la expresión del arte, del baile, que tal vez sean los más difíciles de solucionar. Federico Fernández lo contó así: “Me afectó directamente, solo barra sin saltar, girar, es tremendo. El cuerpo, la musculatura, está costando muchísimo poder mantener algo de lo que uno tenía. Todo esto hablando de lo físico. Lo espiritual y lo artístico totalmente lastimado”.


Desplegar el cuerpo en el espacio. Un espacio que tuvo que trasladarse de la sala del teatro o el salón del estudio de danza, con barras, tapetes, espejos y pisos flotantes de madera, al living u otra habitación de la casa con muebles que correr, pisos de cerámica y en algunos casos, la familia muy cerca.


Para Dolores también fue muy importante la falta de entrenamiento: “El pasar de entrenar cinco horas diarias a entrenar una hora, una hora y media y estar mucho tiempo en mi casa hizo que por un lado gane bastante peso y por otro, pérdida de training principalmente. Sobre todo la parte cardiorrespiratoria que es lo que más trabajamos cuando tenemos un entrenamiento más aeróbico que es el que en general no podemos hacer en nuestras casa por la falta de un piso acorde y demás”.

Soledad y abandono de las instituciones.

Teniendo en cuenta que dos de los bailarines entrevistados pertenecen a compañías oficiales, nos interesó preguntarles cómo se había enfrentado esta situación particular de crisis desde dos ballets clásicos tan importantes de nuestro país como son el Ballet del Teatro Colón y del Teatro Argentino de la Plata. Ambos (y también Sofía) coincidieron en que atravesaron este momento en soledad, se sintieron abandonados por sus lugares de trabajo.

Dolores y Federico nos contaron que no recibieron propuestas o materiales para hacer clases virtuales desde sus casas, ni tampoco un acompañamiento más vinculado al aspecto emocional, artístico, u otro tipo de contención o apoyo por parte de las instituciones.

En el caso del Ballet del Teatro Argentino, nunca, en todos estos meses de aislamiento se organizaron clases virtuales y siguen sin hacerlo hasta el día de hoy. Los bailarines tuvieron que ir pasándose información y materiales entre ellos para poder entrenar. Nos dijo Dolores: “Desde la Institución no nos acompañaron con el tema de seguir un entrenamiento, de tener una clase. Bueno, hoy no tenemos ni director de cuerpo de baile a la fecha. Sí nos propusieron hacer unos videos, por el día de la danza, mostrando un poco desde nuestras casas algo. Pero esa fue la única propuesta que surgió de la Institución, sin demasiado guión ni ayuda”.

Tanto Dolores como Federico y muchísimos bailarines pertenecientes a los cuerpos estables de ballet oficiales, también forman parte de otras compañías independientes más pequeñas pero en las que tienen la posibilidad, muchas veces, de bailar más que en el Colón o el Argentino. “El director de Kuns (compañía privada independiente a la que también pertenezco) a la semana de la cuarentena empezó a dar clases gratuitas por Zoom. Algunos días cuando no podía hacer clase en los horarios que impartía Ángel Gómez, el director de Kuns, hacía clases que estaban en YouTube, del Royal Ballet de Inglaterra, que ellos ya habían colgado material gratuito y bueno, iba haciendo la clase así”. Federico nos comentó haber vivido una situación muy similar desde el Teatro Colón, aunque en este caso, en algún momento al menos se empezaron a organizar clases virtuales desde la institución: “Sólo clases por Zoom, recién en julio después de reiterados pedidos para que eso sucediera, pero en lo general, no se pensó para nada en cómo acompañarnos en este momento espantoso, al contrario, nos abandonaron”.

En las compañías de ballet existen conflictos previos a la pandemia que datan de hace años, como por ejemplo en el plano artístico, las pocas funciones que realizan por temporada, el escaso repertorio, la falta de obras nuevas o la nula existencia de giras tanto dentro del país como en el exterior. Tampoco hay muchos cupos para el ingreso de bailarines nuevos a las filas de los cuerpos de baile, incluso para los que egresan de la propia escuela, en el caso del Instituto Superior de Arte del Teatro Colón, es muy difícil poder acceder a un trabajo dentro del Ballet y la mayoría de las veces los bailarines son contratados por el período que dura la puesta de una determinada obra.

Pero particularmente en el caso del Argentino de La Plata hay muchos problemas de tipo edilicio que han empeorado en los últimos años, como falta de calefacción, de matafuegos, pisos en malas condiciones o techos que se caían. Durante el año 2019 los cuerpos estables del Teatro se mantuvieron muy activos con protestas por redes sociales con el hashtag #SalvemosAlTeatroArgentinoDeLaPlata, haciendo funciones en la puerta de entrada del Teatro, buscando adhesiones, etc. Actualmente el cuerpo de baile no tiene autoridades designadas, por lo tanto es un poco difícil pensar en un acompañamiento a los bailarines en este momento especial. Nos dijo Dolores sobre esto: “La situación del Ballet de la Plata no tenía que ver tanto con el ballet sino con el teatro en sí que venía de muchos años de no tener presupuesto para su mantenimiento o por lo menos no se destinaba el presupuesto para eso. Eran problemas si se quiere más estructurales como con respecto al espacio, por lo cual nosotros desde principio de año ya no estábamos trabajando porque no había medidas de seguridad e higiene aptas para ingresar al edificio y el teatro estaba parado. Con respecto al Ballet la situación era que estábamos sin director y eso con el cambio de gobierno siempre sucede. Y bueno, las autoridades tardaron en nombrarse, hasta el día de la fecha no tenemos un director con el cual conectarnos por Zoom o empezar a tener algún tipo de conexión tanto en las clases o para crear alguna posible coreografía cuando todo esto pase. Y a nivel teatro, problemas principalmente de presupuesto que venía siendo muy malo en los últimos años sobre todo y con esto seguramente vaya empeorando”.

Imagen: Carlos Villamayor

Las compañías autogestivas e independientes que también existen en la danza clásica y como dijimos, muchos de sus integrantes son, además, bailarines de las compañías oficiales, pudieron llevar este momento con algo más de creatividad y sobre todo acción. Según Sofía “En Argentina costó mucho, lo digo por conocimiento de excompañeros porque las instituciones, tanto el San Martín o el Colón, que son en las que yo trabajé, no se preocuparon ni siquiera de darles un piso y una barra donde poder hacer una clase decente como en el resto del mundo. Los chicos se tuvieron que arreglar solos, como pudieron. En mi caso no pertenezco a una institución, por lo tanto está perfecto que me las haya tenido que arreglar sola o me las esté arreglando ahora que voy a volver a bailar. Porque los ballets independientes no tienen presupuesto, hacen todo a pulmón. Pero todo lo que he escuchado de los chicos de compañías estables de acá es terrible”.

Virtualidad y danza

Es interesante pensar a la danza clásica en este contexto, por su particularidad y su diferencia en relación con otras danzas. Los bailarines clásicos repiten movimientos, no los inventan. Y esos movimientos clásicos, que tienen su origen en el Renacimiento italiano y se consolidan en el Siglo XVII en Francia, son difíciles de recrear en las condiciones que esta pandemia nos impone. Nos preguntamos cómo vivieron esto los bailarines y sus respuestas nos enfrentaron por un lado con esas dificultades y por otro, nos mostraron algunos atajos y caminos alternativos.

Dice Sofía: “Cualquier otro tipo de danza, sobre todo lo más contemporáneo, es más adaptable, creás cosas. La danza clásica ya está creada. Es como es, más allá que uno versiones la versión de tal o cual, pero es lo que es y tiene pas de deux y tiene danzas en grupo y es súper difícil, de hecho prácticamente imposible de hacer en las circunstancias que vivimos hoy. Podés sacar un extracto o un solo y tratar de hacerlo pero también el tema de las puntas es súper complicado, usar puntas en los pisos de cerámica de las casas. Es 100% más difícil de adaptarse a estas circunstancias que cualquier otra danza”.

Dolores tiene una mirada similar en cuanto a este tema: “Pienso que la danza clásica es más difícil de adaptarse a lo virtual, por supuesto. Por sus requerimientos específicos, por su complejidad… No sé si la relacionaría con otras danzas, pero tiene más impacto, más necesidades estructurales para poder llevarla a cabo por lo menos sin lesionarse”. En cambio Federico abrió un poco la mirada en relación a este tema: “No creo que sea así, (que la danza clásica sea más difícil de adaptarse a la circunstancia actual) lo que sucede es que no hay quiénes quieran generarla. Imaginate lo que se podría hacer desde el Teatro Colón, teatro con el 40% de todo el presupuesto de cultura de la Ciudad (dos mil cuatrocientos millones de pesos al año)”. También Federico encontró un lado positivo de este momento viéndolo como oportunidad para que surjan en la escena “nuevas cabezas y artistas”.

Como ya mencionamos, hay mucho movimiento de compañías autogestivas en el mundo del ballet. Una de estas compañías es Buenos Aires Ballet, dirigida y fundada por Federico. Durante los primeros meses de pandemia, desde este espacio, empezaron a pensar la manera de volver a un escenario, ese escenario que tanta falta les hizo a los bailarines durante la cuarentena. En el mes de noviembre, después de meses de trabajo y habiéndose flexibilizado un poco el aislamiento pudieron hacerlo, convirtiéndose en la primera compañía argentina de ballet en volver a bailar sobre un escenario, pero sin público presente. Federico nos contó un poco sobre este proceso: “Nosotros con Buenos Aires Ballet, compañía autogestiva e independiente, estaremos este 14 de noviembre haciendo una función por streaming. Somos la primera compañía de ballet de Argentina en volver al escenario y la segunda compañía del continente después de Uruguay. Sin dudas las crisis como estas nos enfrentan a la introspección, a la creación, a la catarsis y a lo que queremos gritar y bailar. Esta función encontró su lugar y las creaciones específicas se realizaron con el protocolo de salud. Todas coreografías con distanciamiento social y sin ningún contacto. Se brindaron a este espectáculo no solo figuras del Teatro Colón, también artistas independientes como Sofía Menteguiaga y músicos en vivo”. Esta función de la que habla Federico se llamó “Resiliencia”. Se filmó el día 7 de noviembre en el Teatro Regina de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y se transmitió el 14 de noviembre, de manera online, con la modalidad de entradas virtuales que se pudieron adquirir a través de la plataforma Ticketek. Una vez hecha la compra de la entrada, se habilitaba mediante un código, el acceso al link por el que se transmitió la función a varios países de América y también a España.

Imagen: Carlos Villamayor

Esta experiencia nos parece un ejemplo ilustrativo como muestra de creatividad y exploración de un ballet independiente en contraposición a la falta de iniciativa y propuestas de nuestras compañías de ballet oficiales. Como espectadoras de la función lo que encontramos fue como un juego en los límites entre lo clásico y lo moderno o contemporáneo. De las 7 obras de “Resiliencia”, solo una fue clásica (“Guilermo Tell” con coreografía de Bournonville, un pas de deux con la particularidad de que la bailarina y el bailarín no tienen contacto físico en ningún momento). Por otro lado, todos los bailarines que participaron tienen formación clásica, sin embargo, muchas de las obras de estreno eran un híbrido entre clásico y contemporáneo. Ser público de esta función fue una experiencia sin dudas diferente. Al haberse filmado previamente teníamos la posibilidad de poner pausa, atrasar o adelantar momentos. Cuando terminaba cada obra, los bailarines en escena hacían el típico saludo al público, en un total silencio, sin aplausos, sin público, lo que nos generó una sensación de extrañeza. Nada fue comparable respecto a la presencialidad del teatro, otro espacio, otro soporte, otro tipo de narración.

Luego de la función volvimos a contactar a Sofía y nos contó un poco cómo vivió ella la experiencia: “De las funciones vía streaming pienso que está bárbaro, que es una forma de mantener la conexión del público con la danza y creo que es fundamental no desaparecer. No es lo mismo, no me parece que sea mejor. Creo que es lo que hay hoy disponible, pero bajo ningún punto de vista creo que sea mejor porque es necesario el contacto del público y el vivo en las artes escénicas”. “Todo es con protocolo, no sólo la función: uno llega para ensayar, mantiene el distanciamiento, tiene el barbijo puesto todo el tiempo salvo que estemos sobre el escenario. La verdad, para mí es una experiencia rarísima. Estoy agradecida de participar, un poco demuestra que cuidando los protocolos y con interés y dedicación se puede. Esto también de pensar coreografías para la ocasión nos ayudó a poder ensayar en casa. Porque por ejemplo, personas como yo en espacios reducidos, con pisos de cerámica no hubiésemos podido ensayar algo con saltos o en puntas. Entonces todas las coreografías se pensaron en base a los recursos que cada uno tiene y eso estuvo bueno”.

“La función fue extraña, fue por un lado la alegría de volver a pisar el escenario, pero por otro lado el vacío de la platea, del público… Y creo que lo que a mí más me hizo sentir como que no tenía ese ánimo de función fue el hecho de que al ser grabado, para cuidar bien el tema de los protocolos, no había una continuidad. Decían “acción” uno entraba al escenario, bailaba y cuando terminaba no había una continuidad. No había esto de que hasta que no estoy fuera del escenario no terminé y enseguida viene el que sigue, como todo un clima. Uno terminaba su parte, se cortaba la filmación, podías conversar, salir caminando normalmente y todo eso me cortaba el clima de función de teatro. Igual, no dejó de ser lindo volver al escenario, sobre todo en mi caso que no sabía cuándo iba a ser mi próxima función al ser independiente y ya estar cerca de retirarme.”

Esta situación tan particular y única que nos toca vivir, creemos que puede servirnos para pensar y repensar infinitos aspectos de nuestra cultura. Muchas veces la danza clásica queda como una esfera lejana, aparte, inaccesible o intocable dentro del arte y poco explorada desde los estudios culturales. Pensamos entonces, que este es un buen momento para empezar a poner el ojo ahí y problematizar, revisar y por qué no, modificar algunas cuestiones ligadas a todo lo que significa el ballet clásico, a cómo se inserta en nuestra cultura hoy y qué pasa con nuestros cuerpos estables estatales. Podemos seguir haciéndonos muchas preguntas más sobre la danza clásica y para responderlas, sin dudas, es fundamental escuchar las voces de sus protagonistas. Por ahora vimos que las propuestas, la creatividad y las acciones del ballet frente a la pandemia, se encuentran y se bailan por fuera de las compañías oficiales.


Ph: Netflix

Por Matías Fajn


El dramaturgo argentino Mauricio Kartún plantea que “en el arte, ante limitaciones técnicas, hay que proponer soluciones artísticas”. ¿Es Netflix un terreno posible para aplicar dicho postulado? “Netflix no arruinó las películas; las películas han arruinado las películas, esa es la verdad.” La frase es de Charlie Kaufman. Su último film, Pienso en el final (I’m Thinking of Ending Things), fue estrenada en la plataforma en el año 2020. Kaufman nos tiene acostumbrados a las sorpresas, a las interpelaciones y a las innovaciones. Pienso en el final va más allá: toma los elementos de la típica película de Netflix y los utiliza a su favor, es decir, en oposición a todo lo que estamos acostumbrados a ver.

I

La crisis sanitaria del 2020 no hizo más que exagerar lo que ya estaba ocurriendo en relación a los consumos culturales. Las producciones audiovisuales de plataformas, y Netflix en particular, se volvieron ya no contenidos principales de la sociedad, sino únicos. Las películas para cine (si se puede pensar en esos términos) se vieron impedidas a estrenarse en salas, y debieron adaptarse al formato casero on demand. Sería una obviedad decir que el consumo de series y películas a través de dispositivos es una costumbre cada vez más extendida en la gran mayoría de las personas. Lo que hay es también una reconstrucción del espectador como tal. Es decir, en los últimos años, la experiencia que implica ver una producción audiovisual ha cambiado. Son otros los deseos de la gente, las expectativas, los tiempos, cuando se ve algo desde el hogar.

Y así como cambió el espectador, también lo hizo el producto. No pretendo, en este artículo, descubrir quién lo hizo primero. Lo que resulta evidente es la influencia mutua entre ambos. El nuevo público exige otras formas, y el nuevo objeto audiovisual responde a esas exigencias. En esta retroalimentación, Netflix es actor central y determinante. Hay un punto, bastante claro en este sentido, que nos permite ver esta nueva relación público-creación. A la hora de llevar adelante una serie, Netflix no suele realizar lo que comúnmente se llama “episodio piloto”; se considera en general que, para cada realización, habrá un sector específico, segmentado, “individual” de alguna manera, al que se le recomendará y que lo consumirá. De todas formas, así como está la idea de que para toda creación hay “un” espectador, también aparecen ciertas estructuras narrativas, estéticas, cinematográficas en general, que coinciden en la mayoría de las producciones.

Netflix, como generador de contenidos, no responde a una sola forma de construcción de relatos audiovisuales. Hay distintos métodos y configuraciones en las diferentes propuestas de la plataforma. Sin embargo, tomando a la gran mayoría y más allá de los elementos distintivos, se pueden encontrar algunos puntos que se corresponden con la oferta en general. Uno de los más interesantes y fundamentales es la idea de “prometer una experiencia”. Esto significa que, en todo contenido de Netflix y más allá de las características particulares del mismo, siempre habrá una sugerencia de lo que la producción nos puede ofrecer en cuanto a lo que uno como espectador necesita. Los “nuevos géneros” (Enérgico, Íntimo, Crudo, Ingenioso, por nombrar algunos) parecen ser claros en este sentido: responden a un posible estado anímico del potencial espectador. Hay otro aspecto que se relaciona directamente con lo anterior, y tiene que ver con cómo se estructuran los relatos. Es decir, cuando se realiza una nueva producción que responde a una expectativa específica, más allá de las variaciones que puedan tener, siempre contiene determinados patrones que se respetan (tiempos, territorios, personajes y personalidades, actores, colores, etc.). La promesa de la experiencia de la que hablábamos está directamente ligada con la presentación de estos elementos.


…en todo contenido de Netflix y más allá de las características particulares del mismo, siempre habrá una sugerencia de lo que la producción nos puede ofrecer en cuanto a lo que uno como espectador necesita.


Tenemos, entonces, una nueva (y no tan nueva) relación espectador-producción, con Netflix como figura mediadora central. Hay sujeto/s que elige/n para satisfacer una exigencia determinada, y esa selección está marcada por lo que el propio contenido sugiere. ¿Por qué aparece Pienso en el final como una creación audiovisual fundamental en relación a todas estas cuestiones desarrolladas? El último trabajo de Charlie Kaufman toma en cuenta estos elementos y los configura de otra manera, sin ignorar su naturaleza pero proponiendo, a partir de ella, algo totalmente distinto y, en un punto, novedoso.

II

Charlie Kaufman se formó como guionista al trabajar en los equipos de diferentes series norteamericanas en los años 90 (Get a Life, The Dana Carvey Show, Ned and Stacey, por nombrar algunas). Sus primeros guiones cinematográficos fueron realizados por Spike Jonze y Michel Gondry, dos de los más destacados directores de la llamada “generación MTV”: sus principales creaciones audiovisuales hasta ese momento eran videoclips. El debut de Kaufman como director, en el año 2008, coincidió con algunos cambios en la industria cinematográfica y, principalmente, el ascenso de las grandes plataformas on demand. Este breve repaso de la carrera del guionista norteamericano nos permite entender una cuestión central: la vida artística de Kaufman, y sus decisiones al respecto, siempre estuvieron ligadas a las formas de realización y exhibición correspondientes a la época. Y Charlie siempre fue consciente, o al menos eso considero, respecto a las posibilidades y exigencias del contexto audiovisual en el que llevaba a cabo sus trabajos. Sus obras dialogan y ponen de manifiesto ese contexto, lo incorporan casi siempre como un elemento central.

Antes de centrarnos en Pienso en el final, resulta interesante destacar un aspecto más de la carrera de este artista, inmediatamente anterior a la película que vamos a analizar. Kaufman presentó dos proyectos de series, una en FX y otra en HBO, y ambas fueron rechazadas. La primera tenía cierta lógica metatelevisiva kaufmaniana: un programa educativo, con un segmento específico sobre ciencia, y cuyo presentador decidía abrir, en un mercado más pequeño, otro programa educativo con otro segmento sobre ciencia. La otra serie también proponía una trama novedosa: todos los episodios transcurrían el mismo día, en la vida de una mujer, y la diferencia entre ellos estaba en un cambio de su pasado; cada capítulo tendría, entonces, modificaciones respecto a los vínculos que había construido el personaje principal, a la situación en la que se encontraba, y podrían verse en el orden que uno quisiese. Ambas series son, al menos hasta el momento, ideas sin concretarse. Sin embargo, dan cuenta de que algunas inquietudes y búsquedas presentes en Pienso en el final estaban en Charlie Kaufman desde hacía tiempo.


Si la previa a la selección implica convencer al potencial consumidor que elija la película, Pienso en el final parece apoyarse en su póster, sus actores y su video presentación para asumirse como algo distinto, pero prometiendo un respeto por las expectativas de la gente. Veremos que, tal vez, esto último sea un tanto engañoso.


La elaboración de los elementos de Netflix para Kaufman comienza antes del inicio de la propia película. Desde el ingreso a la plataforma hasta el play al film, hay un recorrido necesario, y no es uno menor. Quien consume películas y series on demand se enfrenta a la elección de lo que va a ver, dentro del mar de ofertas que tiene a su alcance. Hay, al menos, tres elementos que Pienso en el final toma, considera y aprovecha para ser vista. En primer lugar, el póster de la película. Si bien no hay una forma estándar, la mayoría de las comedias románticas de Netflix se muestran con el personaje protagónico en el centro (a veces con otros dos personajes a ambos lados), ocupando casi todo el espacio, mirando a cámara, plano medio, en colores cálidos. El póster de la película de Kaufman no ignora esta forma habitual de exponer los films, pero tampoco la imita. Hace, quizás partiendo desde ella, una propia organización. La imagen de Pienso en el final es con el personaje principal en el centro. Sin embargo, hay una desproporción (o, al menos, otra proporción). El personaje no ocupa todo el póster, sino sólo la parte inferior, y hay un espacio vacío importante en el sector superior. Y arriba de todo, una lámpara que, a su vez, ilumina colores opacos. Además, el actor no mira a cámara. Más allá de esta descripción, arbitraria y sesgada quizás, lo que me interesa destacar es que aparecen los “ingredientes” del típico póster de la comedia romántica de Netflix. Pero están retocados, modificados en un punto, y eso genera una atracción y, también, un extrañamiento. Este efecto es interesante, además, teniendo en cuenta los otros dos elementos. El segundo a destacar es la dupla de actores que interpretan a los personajes principales: Jessie Buckley y Jesse Plemons. Ambos tuvieron sus reconocimientos en series que se vieron, principalmente, on demand (Chernobyl y Breaking Bad, respectivamente). Es decir, el público de Netflix de alguna manera reconoce a quienes van a interpretar los personajes del film en cuestión, y eso genera ciertas expectativas y también cierta comodidad. Y el trailer es el otro elemento que, creo, tiene un rol importante en la selección de la película. En realidad, más apropiado sería referirse a este como el video que se reproduce cuando uno se “apoya” sobre la imagen del film. Lo interesante del mismo es que funciona como un trailer. Pero no es totalmente honesto con lo que vamos a ver. Podríamos suponer, si lo vemos, que el film es sobre una pareja que va a visitar a los padres de él, en el contexto en que ella quiere dejarlo, y al llegar allí todo se vuelve extraño. Esta premisa es parcialmente real. Pero el hecho de que esté en el “video presentación” es interesante. De alguna manera, Kaufman decide vender lo que dejará más cómodo y expectante al espectador. Admite que habrá situaciones extrañas, pero sugiere que todo será en el marco de lo ya conocido. Si la previa a la selección implica convencer al potencial consumidor que elija la película, Pienso en el final parece apoyarse en su póster, sus actores y su video presentación para asumirse como algo distinto, pero prometiendo un respeto por las expectativas de la gente. Veremos que, tal vez, esto último sea un tanto engañoso.

La interpretación y reconfiguración de los elementos de Netflix en Pienso en el final quedan expuestos en los primeros 20 minutos del film (que dura más de 2 horas, algo a destacar también). El comienzo de la película es un paneo por distintos espacios de una casa, mientras que una voz en off “explica” lo que le pasa al personaje principal: Jake es su novio, van a casa de sus padres, ella quiere dejarlo. Pero cuando la vemos a ella subir al auto con él y ambos se encaminan al lugar de destino, todo se enrarece. Los diálogos, las imágenes de lo que hay en el camino, el tiempo mismo de la escena del viaje (el primero de varios). Este inicio posibilita una doble interpretación. Por un lado, es la presentación perfecta de la película: lo que se exhibe de una manera cómoda y conocida para el espectador, que le permite suponer ciertas cuestiones y sacar conclusiones, se vuelca rápidamente y escapa de la comprensión evidente. Lo que, como espectadores, esperamos podría ser que ellos vayan hacia la casa de los padres de él, que el viaje sea una transición entre un lugar y otro, que tal vez el diálogo sea sobre el vínculo entre ellos, sobre lo que allí se espera o lo que él teme de ese encuentro o lo que a ella le preocupa. Sin embargo, más allá de algunas sugerencias en torno a esto, el viaje se alarga y las discusiones giran hacia otro plano. También lo que se cruzan a lo largo del trayecto propone más preguntas que respuestas. El espectador, que desde el arranque creyó entenderlo todo, irá perdiéndose cada vez más. Y ese es el otro punto: esta lógica inicial se repite en toda la película, en distintos momentos. Lo que en un film habitual de Netflix sería un camino donde todo se va resolviendo, aquí es una constante pérdida de noción sobre lo que está pasando, una confusión cada vez mayor. Hay, de todas formas, ciertos hilos de la trama central que uno resuelve o puede resolver. Pero otros muchos elementos quedan abiertos o, al menos, sin una respuesta concreta.


El espectador, que desde el arranque creyó entenderlo todo, irá perdiéndose cada vez más. Y ese es el otro punto: esta lógica inicial se repite en toda la película, en distintos momentos. Lo que en un film habitual de Netflix sería un camino donde todo se va resolviendo, aquí es una constante pérdida de noción sobre lo que está pasando, una confusión cada vez mayor.


Si no quedara clara, a partir de lo que se dijo hasta ahora, la presencia y reconfiguración de elementos de Netflix en la película de Kaufman, quizás algo que completa dicha enumeración es una comparación con otro film de la plataforma. Hay uno que resulta significativo, por su consciencia como creación en relación a las formas del video on demand y por su oposición como construcción artística respecto a Pienso en el final. La película en cuestión es Black mirror: Bandersnatch: un joven se propone crear un videojuego que imite la lógica de las novelas “Elige tu propia aventura”. En el film, el espectador tiene la necesidad de interactuar y elegir, justamente, ciertas decisiones a las que el protagonista se enfrenta. Quien entra a Netflix, selecciona lo que desea ver a través del control remoto. Bandersnatch se apoya en la elección y el control, y hace de ese ingreso una constante en su línea narrativa. En el contenido dramático en sí, resulta una película bastante clásica para lo que hay en el servicio on demand: rápidamente se entiende quién es el personaje principal y qué es lo que hace, y las decisiones que el espectador debe tomar se sostienen en esta comprensión. La novedad está en que, cuando habitualmente el control del que ve permanecía hasta la elección de la película, ahora se mantiene incluso en el transcurso de la misma. De alguna manera, se corresponde también con la lógica del videojuego, que aparece en la historia de la película y que tiene además una vigencia narrativa fundamental en la época actual. Pienso en el final, lejos de compartir estos temas, se interesa en lo que Netflix repite. Y, de alguna manera, propone lo opuesto a  Bandersnatch. Si esta última agrega formas de reproducción e interacción, pero mantiene las normas narrativas habituales, la película de Kaufman decide abandonar la posibilidad de un cambio en la manera de ver cine, pero abordar aquella comodidad que se apoya en lo que estamos acostumbrados a ver. Por eso lo que anteriormente mencionaba (el póster, los actores, la voz en off), y por eso también lo que rompe con la comodidad: los misterios sin resolver, las situaciones confusas, las sutilezas, la cantidad de referencias artísticas e históricas. Kaufman tiene en cuenta otras dos cosas de Netflix, distintas a las consideradas por el director de Bandersnatch: que se puede pausar y retroceder en caso de ser necesario, y que puede volver a verse las veces que uno quiera. Entonces, Pienso en el final despierta, a partir del respeto por ciertos patrones de la plataforma, las intenciones de ser vista (y, de hecho, funcionó ya que estuvo un tiempo importante en el top 10 más visto en Argentina). Y, una vez que convoca, invita a la reflexión, y a la revisión en un doble sentido: de ser vista nuevamente, algo que el on demand permite y que el cine no, y de revisar lo que es Netflix, las capacidades técnicas y artísticas que invita a explorar.


Quien entra a Netflix, selecciona lo que desea ver a través del control remoto. Bandersnatch se apoya en la elección y el control, y hace de ese ingreso una constante en su línea narrativa.


III

En un ensayo titulado “El año del cochino”, en un libro de artículos escritos en el marco de la pandemia, el dramaturgo argentino Rafael Spregeldburg reflexiona, entre otras cosas, sobre el espectador del futuro próximo y del contenido artístico a desarrollarse para ese espectador. Y en un momento, dice: “La producción para plataformas será la norma, pero eso no significa que no haya un cine anormal y enamoradizo”. Tomo estos últimos dos adjetivos como elogiosos, y me permito asignarlos a la película de Kaufman. Pienso en el final, que fue estrenada durante la pandemia del coronavirus, es sin duda un film anormal. Y también creo que es enamoradizo, porque su tema enamora, por que su forma de transcurrir enamora, y sobre todo porque no ignora las maneras en que debe enamorar. Cuando relaté brevemente la historia artística de Charlie Kaufman, señalé esta idea de su consideración respecto a las formas de exhibición predominantes de cada época. En Netflix, creo que Kaufman no sólo encontró una posibilidad de combinar la repetición de los elementos habituales con la sorpresa de algo novedoso, sino que también ahondó en esos recursos técnicos que lo diferencian del cine y que pueden ser aprovechados artísticamente. Pienso en el final invita a reflexionar sobre su historia, pero también sobre las formas de ver contenido on demand. Si el dispositivo libro como objeto es constante, y uno puede recurrir a él las veces que quiera, ¿por qué no pensar a Netflix, y a cualquier otra plataforma, como una biblioteca audiovisual, que permite volver las páginas atrás, frenarlas para verlas más de una vez, releerlas cuando uno lo desee? Tal vez, si el contenido invitara cada vez más a esta metodología, el espectador comenzara a hacerlo.


Ph: Melina Gómez

Por Agustina Arrigorria


Sin duda ha sido el fenómeno discursivo político más taquillero y polémico de los últimos años: sí, me refiero a la famosa “la grieta”. Periodistas, políticos, jueces, famosos y ciudadanos de a pie se retaron mutuamente a debatir sobre ella, si hay que cerrarla, ensancharla o mantenerla pero, ¿es posible hacer algo realmente con ella? ¿Cuál es su fundamento? O mejor aún, ¿cuál es el fundamento de la unión que la grieta viene a desunir?

Según sus enunciadores, la grieta es el fenómeno político que irrumpió en la sociedad para dividir a los argentinos, quizás poniendo en evidencia que la política también es confrontación y no sólo consenso, pero para que exista una división es necesario que exista previamente una unidad como aquello que la grieta viene a dividir. 


…¿cuál es el fundamento de la unión que la grieta viene a desunir?


A simple vista podría argumentarse que la unidad es muy clara: la sociedad conformada por el conjunto de los argentinos. Y de hecho esta ha sido la respuesta simplona de los objetores de la grieta. Sin embargo, tal unidad social no existió nunca. Empíricamente, nuestra sociedad ha estado atravesada por antagonismos culturales, económicos, sexistas, clasistas, religiosos, morales y partidarios que se han expresado políticamente. De hecho, todas las sociedades lo están y no existe ninguna frontera nacional que delimite y determine el interés unívoco de sus habitantes. De alguna manera, podríamos decir entonces que la grieta es aquello que divide, pero que en su división constitutiva expresa el fundamento de lo político, la tragedia de lo común: la plenitud social no existe.

Desde la filosofía política se denomina este fenómeno técnicamente como antagonismo. Su principal mentor, el filósofo y jurista alemán Carl Schmitt, postuló en su obra El concepto de lo político (1927) que la especificidad de lo político debe hallarse en una distinción a la que pueda reconducirse toda acción política y concluyó que esta particularidad era el antagonismo al que definió como una relación amigo-enemigo. Esta relación debe interpretarse en un sentido concreto y existencial, más allá de las diferencias económicas, morales, psicológicas o privadas. El terreno de lo político está fácticamente dividido y la permanencia de esta división es lo que vuelve ineliminable el conflicto.


…podríamos decir entonces que la grieta es aquello que divide, pero que en su división constitutiva expresa el fundamento de lo político, la tragedia de lo común: la plenitud social no existe.


Anteriormente al surgimiento de las democracias liberales modernas, en la época del ancien régime en la cual no había lucha por la hegemonía popular institucional ni votación, la unidad social estaba asegurada por el principio de representación por el cual el rey como representante de Dios en la tierra representaba también a un demos homogéneo. Pero donde hay nuevas situaciones, hay nuevos conflictos, y por eso, después de desenmascarar el poder y la violencia monárquica encubierta por argumentos teológicos, el surgimiento de la democracia representativa moderna trajo aparejado el conflicto de la identidad política: ¿cuál es el pueblo que se debe representar?, ¿cómo el pueblo puede representarse a sí mismo, si en esa lucha por la representación el pueblo mismo se divide en las urnas? Ya en el siglo XVII, Thomas Hobbes advertía en su famosa obra Leviatán (1651) que la sujeción al soberano es aquello que da unidad a los individuos haciendo de todos ellos un pueblo. Pero la disputa misma por la soberanía ubicó al pueblo en un lugar conflictivo como figura necesaria pero evasiva ante sí misma.

El problema de la falta de unidad social y la lucha por la identidad política puede ilustrarse claramente en las proclamas autorreferenciales de los incipientes pueblos en sus procesos constitucionales, por ejemplo el nuestro: “Nos, los representantes del pueblo de la Nación Argentina, reunidos en Congreso General Constituyente por voluntad y elección de las provincias que la componen, en cumplimiento de pactos preexistentes, con el objeto de constituir la unión nacional…”. El preámbulo de nuestra Constitución Nacional evidencia con claridad el acto performativo por el cual pueblo se instituye a sí mismo a través de su sola enunciación posibilitada por una circunstancia favorecedora, pero es preciso no olvidar que aquellos hombres y mujeres de la Patria que decidieron declarar la independencia y la forma republicana y democrática de gobierno no estuvieron solos y que no todos estuvieron de acuerdo. En una sociedad nunca se alcanza un consenso absoluto, ni siquiera en aquellas cosas que podemos considerar de sentido común, por lo que este se vuelve el menos común de los sentidos. La totalidad social alcanza su mejor representación siempre de forma imperfecta a través de una articulación hegemónica por una parte que se erige en representación del todo.

Es por este tipo de procesos que se instituyen las formas políticas, que la mayoría (pero también la minoría) se denomina como pueblo, pero que a pesar de los esfuerzos totalizadores, no siempre todos están de acuerdo. Otro ejemplo que ilustra la puja por la soberanía y la representación del conjunto de la unidad política son los clásicos cánticos de las manifestaciones: “Olé le, olá la, si este no es el pueblo ¿el pueblo dónde está?”. Y bien, quizás el pueblo esté ahí, en otro lugar, o más precisamente en ninguna parte, porque nunca existe algo así como una totalidad social conciliada enteramente consigo misma.


En una sociedad nunca se alcanza un consenso absoluto, ni siquiera en aquellas cosas que podemos considerar de sentido común, por lo que este se vuelve el menos común de los sentidos.


En la reflexión acerca de estos problemas sociales tras la caída de los principios fundantes que caracterizaron el pensamiento moderno, la filosofía dió a luz a una corriente política conocida como teoría posfundacional, que postuló la imposibilidad de erigir un orden político sobre fundamentos trascendentales, ahistóricos, absolutos y racionales. Dios ha muerto y el rey también ¿quién maneja los hilos ahora? ¿quién los sostiene y para quién? Para esta teoría, pensar el fundamento ausente de lo social no equivale a pensar la nada sino el lugar de la vacancia permanente pero siempre ocupado por un orden político que configura la escena social. Este orden es contingente, cambiante y sujeto a constante renovación por parte de los actores políticos, reflejando a través de sí una configuración hegemónica determinada que esconde el desacuerdo de los sectores contrahegemónicos. En otras palabras, podemos concebir lo social como una búsqueda imposible de la unidad frente a una pluralidad de diferencias, y lo que en política hoy es de tal forma mañana puede ser de otra manera.

El hecho de que la sociedad completamente unificada sea imposible, no significa que sea irrelevante, por el contrario, su búsqueda sigue siendo necesaria. Aunque los antagonismos operen al interior de la unidad dividiéndola, esta unidad sigue garantizada por otros antagonismos exteriores a ella. Es así como una nación se perfila frente a otras, como una diferencia frente a ellas, pero a su vez zanjada por otras diferencias internas que no deben reducirse a la mirada peyorativa, por ejemplo sobre la “falta de unión entre argentinos”, ya que esa misma división también asegura la pluralidad entre los sujetos y sus distintas formas de vida.


El hecho de que la sociedad completamente unificada sea imposible, no significa que sea irrelevante, por el contrario, su búsqueda sigue siendo necesaria. Aunque los antagonismos operen al interior de la unidad dividiéndola, esta unidad sigue garantizada por otros antagonismos exteriores a ella.


A lo largo de toda su obra, Chantal Mouffe (1943-actualidad) intentó reelaborar la noción schmittiana de antagonismo para volverla más amable con el contexto democrático liberal, fue así como abordó a su noción de agonismo, que recupera la dimensión antagónica del conflicto pero de forma domesticada. Mientras que el antagonismo de Schmitt significaba una relación amigo-enemigo, el agonismo de Mouffe significa una relación nosotros-ellos entre adversarios. Este vínculo de consenso conflictivo se desarrolla sobre un acuerdo de base acerca de los principios éticos que dan forma a la asociación política expresándose a través de distintas interpretaciones. En ella, los adversarios luchan en la arena política percibiendo a sus opuestos como legítimos competidores democráticos que comparten un espacio simbólico común dentro del cual tiene lugar el conflicto.

La noción de agonismo nos permite reevaluar “la grieta” desde un lugar más sano que el que comúnmente se nos presenta. Si el conflicto es inevitable y la división antagónica es la dimensión que inaugura la esfera de lo político, entonces es mejor que este sea reconocido y domesticado a través de mecanismos democráticos. El reconocimiento agonista asegura que los distintos grupos en pugna se esfuercen por cumplir con una base democrática sobre la cual competir. Desde este punto, puede entenderse por qué no puede cerrarse la grieta, pero también por qué no debe cerrarse: es preciso que el consenso conflictivo garantice que aunque la pelea no tenga final, sí tiene límites y que esos sean los que el marco democrático permite. No es posible (y no debería ser querible) cerrar la grieta como pedía Duhalde en un reportaje hace una década, pidiendo “un país para el que quiere a Videla y para el que no”.

Ignorar la división constitutiva de lo social esforzándose por cerrar definitivamente la grieta en un clima pospolítico, forzando el consenso inexistente para cerrar la totalidad social permanentemente abierta, ensancha el riesgo de que los factores antagónicos emerjan en formas anti-políticas que van desde el desinterés hasta el golpismo o el terrorismo.


La noción de agonismo nos permite reevaluar “la grieta” desde un lugar más sano que el que comúnmente se nos presenta. Si el conflicto es inevitable y la división antagónica es la dimensión que inaugura la esfera de lo político, entonces es mejor que este sea reconocido y domesticado a través de mecanismos democráticos.


Probablemente la grieta no pueda ni deba cerrarse para mantener una forma franca de política y poder reafirmar la propia identidad. Después de todo, las identidades políticas se configuran dialécticamente siendo lo que el otro no es. En esa distinción nosotros-ellos es preferible, mínimamente, estar del lado de los que admiten estar de un lado y no de los que combaten toda diferencia desde un lugar pretendidamente pacífico y neutral. Una oda a la grieta podrían decir algunos, yo preferiría citar a Serrat: “Se arman hasta los dientes en el nombre de la paz / Juegan con cosas que no tienen repuesto / Y la culpa es de el otro si algo les sale mal / Entre esos tipos y yo hay algo personal”.


Ph: Carolina Celeste González

“El hombre que construye a Robot

necesita primero ser un Robot él mismo,

vale decir podarse y desvestirse

de todo su misterio primordial”.


Leopoldo Marechal, Poema del robot


1. En estos días hubo una polémica noticia en torno a un concurso de poesía que fue ganado por un supuesto Bot. El escritor venezolano Rafael Cabaliere ganó el III Premio Espasa de Poesía y como no era alguien conocido en el mundillo editorial y en el mundillo de la poesía en red comenzaron a surgir fuertes rumores en base a su identidad. Entre todos los rumores que surgieron, el más difundido consideraba que el autor del libro “Alzando Vuelo” era un robot informático, un bot programado para escribir poesía a partir de un algoritmo. La historia termina con la editorial aclarando públicamente que Rafael Cabaliere existe, que es un informático y publicista venezolano y que se había puesto en contacto con la editorial para cobrar el premio de 20.000 euros. Hay dos cosas profundamente decepcionantes de la noticia: la primera es que sólo hayan pensado que era un bot a partir de que casi no tenía fotos en sus redes sociales al contrario que los otros poetas; la segunda, la poética de autoayuda con la que ganó el concurso. Está bien, no es la primera vez que la realidad es menos interesante que la ficción. A partir de esa noticia se me ocurrió repasar algunos tópicos vinculados a la poesía y los algoritmos de escritura sobre los que vengo rumiando hace un tiempo. 

2. En 1950, Alan Turing pensó un test para responder la pregunta “¿Pueden pensar las máquinas?”, él creía que si una máquina podía mantener una conversación basada en un material escrito por un humano, con un dominio tal que el humano no pudiera discernir si estaba hablando con una máquina o un humano, se podría decir entonces que la máquina tiene inteligencia. En el 2013, Benjamin Laird y Oscar Schwartz diseñaron el test de Turing de poesía Bot or not donde quien participa debe leer poemas y discernir si fueron escritos por robots o por personas. Si tipean “Bot or not” en un buscador de internet lo van a encontrar rápidamente y ahí pueden probar el test, si pueden leer en inglés los invito a que lo hagan. 


La poesía robótica como un sistema axiomático, relega la semántica a un segundo plano. 


3. Raymond Kurzweil es el Director de ingeniería de Google y unos de los fundadores de la Singularity University en Silicon Valley. Antes de eso, a mediados de los noventa, diseñó el RKCP –un software– que todavía corre para Windows 95 y 98 capaz de trabajar con un texto fuente que se le proporcione. El programa analiza y detecta cómo se usa el lenguaje en ese texto, para luego volver a generar uno nuevo que emule el estilo del anterior. Veamos:

Un ciervo herido salta más alto.

he escuchado el narciso

he escuchado la bandera hoy

he escuchado al cazador decir:

No es sino el éxtasis de la muerte.

Y luego el freno está casi hecho.

Y el amanecer crece tan cerca

Que podemos tocar la desesperación

y la esperanza frenética de todas las épocas.

Esto último es la traducción de un poema que fue creado a base de cientos de poemas escritos por la poeta Emily Dickinson. RKCP analizó la forma en que ella usaba el lenguaje, aprendió el modelo y luego volvió a generar un modelo siguiendo la misma estructura. Pero lo importante a saber del algoritmo es que no conoce el significado de las palabras que usa. El lenguaje es la materia prima con la que trabaja, podría ser algo en alta o baja poesía, podrían ser discusiones de Twitter o posteos en Facebook. La poesía robótica como un sistema axiomático, relega la semántica a un segundo plano. 


un algoritmo puede escribir poemas con el estilo de un autor de un modo similar que un fanático de dicho autor puede escribirlos ¿pero puede escribir de un modo tal que marque un antes y un después?


4. Frente a la posibilidad de vernos totalmente superados por los robots en el campo de la literatura cabe preguntarse por una de las figuras centrales de la filosofía del arte kantiana: el Genio. En su imprescindible análisis sobre el juicio estético y el juicio teleológico desarrollado en Crítica del Juicio, Immanuel Kant define al Genio como el talento innato del artista productor que le da la regla al arte, más específicamente al arte considerado como bello. El artista genio se define por ser original respecto a sus antecesores, por ser un ejemplo para los artistas posteriores y para colmo muchas veces ni siquiera tiene una explicación coherente sobre cómo realizó sus obras. Ahora bien, las potencias intelectuales que confluyen en el genio son la imaginación y el entendimiento pero con fines distintos al conocimiento; es a partir del juego de estas facultades que se da una proporción –que ninguna ciencia puede aprender y que ninguna escuela de bellas artes puede enseñar, como nos dice Kant– encontrada por el genio mediante la expresión de aquello inefable en el estado del alma en la representación propia de los distintos formatos artísticos. 

A partir de esto nos queda la pregunta: un algoritmo puede escribir poemas con el estilo de un autor de un modo similar que un fanático de dicho autor puede escribirlos ¿pero puede escribir de un modo tal que marque un antes y un después? Supongo que no, pero no estoy tan seguro. Con que uno pueda hacerlo es suficiente, después de todo, son muy pocos los artistas que alcanzan el difuso estatuto de Genio.

5. ¿O acaso la obra del Genio es un código de programación que aún no sabemos leer?

6. En el año 2014, el artista de pop psicodélico japonés, Shintaro Sakamoto, compuso la canción “You can be a Robot, too” para su disco Let’s Dance Raw donde la letra, que significativamente es cantada por el coro de niños de Kamome, nos habla de la posibilidad de convertirnos en robots a partir de un chip que nos colocamos entre las cejas, mediante esa transformación práctica y para nada costosa, nos liberamos de la ansiedad y de la angustia. El tema y la letra son alegres, lo cual encierra un magnífico gesto irónico que bien podría dialogar con el concepto de positividad de Byung-Chul Han o con el tratamiento que Mark Fisher hizo sobre la depresión, pero no me quiero ir tanto por las ramas. Un detalle no menor es la aceptación creciente del avance tecnológico por parte de la sociedad: “20% de Japón está de acuerdo” dice el primer estribillo de la canción, “50% de Japón está de acuerdo” el segundo. Asistimos a una mutación sensitiva a partir de los avances tecnológicos en el campo de la informática, la teoría de sistemas y la comunicación que podría llevar a preguntarnos si la escritura ya no está siendo modificada a partir del momento en que nuestra experiencia pasa a estar mediada por algoritmos. 


¿O acaso la obra del Genio es un código de programación que aún no sabemos leer?


7. En una entrevista del año 2005 recopilada en el libro Para una autopsia de la vida cotidiana, uno de los escritores ingleses de ciencia ficción más prestigiosos,  J. G. Ballard, dijo: “Muchas de las cosas que he escrito hace 20 o 30 años están empezando a hacerse realidad”. Ballard es un escritor que ha volcado su atención a la modernidad técnica y rechazó el sentimentalismo sobre el regreso a la autenticidad humana. Curiosamente, una de sus novelas cortas Estudio 5, las estrellas, publicado en 1961, nos contaba la historia de Paul Ransom, editor de una revista de poesía de vanguardia, Ola IX, que publicaba los textos de poetas residentes de la ciudad ficticia en la que se ubican la mayoría de sus historias del futuro, Vermilion Sands. En este escenario filo-distópico, la poesía es generada automáticamente por unos aparatos, denominados VT –Verse Transcriber– capaces de escribir poesía perfecta al ser programados con los parámetros adecuados como ritmo, rima o tema. La historia se centra en la aparición de una musa –Aurora Day– que convoca a una nueva manera de escribir, sin la ayuda de los VT. Ahora bien, cabe preguntarse: ¿Nos encontramos hoy frente a ese problema o ni siquiera podemos decir que haya un punto de retorno posible?


Asistimos a una mutación sensitiva a partir de los avances tecnológicos en el campo de la informática, la teoría de sistemas y la comunicación que podría llevar a preguntarnos si la escritura ya no está siendo modificada a partir del momento en que nuestra experiencia pasa a estar mediada por algoritmos. 


8. “Premisas de la edad de las máquinas. La prensa, la máquina, el ferrocarril, el telégrafo son premisas cuya conclusión literaria nadie se ha atrevido a extraer todavía” Friedrich Nietzsche, El caminante y su sombra, § 278.

9. Nietzsche señaló que los útiles de escritura participan en la formación del estilo de la misma, a raíz de la incorporación de la máquina de escribir a su actividad intelectual tanto él como críticos y amigos se percataron de las modificaciones en su prosa. Así de maleables y plásticos son nuestros pensamientos. Como señala Friedrich A. Kittler: “bajo el influjo de la máquina la prosa de Nietzsche cambió de argumentos a aforismos, de pensamientos a juegos de palabras, del estilo retórico al telegráfico”. A riesgo de terminar realizando una reducción del problema, el punto no es probar lo que ya hace tiempo fue probado, que los robots pueden escribir poesía (incluso más decente que la de muchos ganadores de premios internacionales) sino dar pie al pensamiento sobre aquello que la literatura y la técnica pueden hacer hablar una sobre la otra.  


Ilustración: Pilar Fontova

Por Agustina Trupia


Mi derecho a explorarme, a reinventarme, hacer de mi mutar

 mi noble ejercicio, /Veranearme, /Otoñarme, /Invernarme 

las hormonas, /las ideas, /las cachas, /toda el alma.

Susy Shock, “Reivindico mi derecho a ser un monstruo”

Suena una melodía enlatada. Abro los ojos en mi cama; despierto y acaricio a mi gato. Agarro el celular para detener ese ruido. Estiro mi cuerpo, me refriego los ojos y me levanto. Voy hacia el baño, me siento y hago pis. Me lavo los dientes. Vuelvo a mi habitación para estirar las sábanas y, por encima, el acolchado para dejarlo prolijo. Tomo la ropa interior del placar y me la pongo. Elijo un jogging diferente al de ayer y la misma remera que usé el sábado. Voy al living y corro las cortinas para que entre la luz del día. Entonces camino hacia la cocina, abro la heladera y tomo dos frutas para desayunar: elijo una mandarina y una manzana. Las llevo al living, abro la computadora y, mientras se enciende, corto las frutas. Busco en internet la misma radio que escucho todos los días a esta hora. Traigo una botella de agua, me sirvo en un vaso y, cada tanto, tomo sorbos. Como los trozos de fruta, respondo algunos mensajes que dejé pendientes la noche anterior, escucho la radio. Respondo un mensaje de mi mamá, otro de un amigo, mails de trabajo. Busco algunos libros de la biblioteca que pueden ser útiles para lo que tengo que escribir. Apago la radio para poder concentrarme, me acerco a la computadora y me pongo a tipear. 

La pregunta por su identidad de género hace meses, tal vez años, que a Euge le está rondando agazapada. A veces se acerca y entonces la siente respirando atrás, en su nuca. Otras, logra alejarla y mansamente obedece. Se dice a sí misma que no es razonable que, frente a otras personas que realmente lucharon por poder ser quienes son, ella tenga esta duda. A lo largo de su vida, las personas que la fueron rodeando siempre la trataron como mujer cisgénero. Eso fue constitutivo en el modo de verse a sí misma. Unos días atrás, leyó Yo nena, yo princesa y pensó que eso es luchar por la propia identidad; “eso es sentirse en disconformidad con lo que nos dicen que somos y con cómo el resto nos llama e identifica”, pensó. Hace un tiempo, también leyó Clara, el relato de una mujer trans que, en su adultez y estando lejos de su país de origen, tomó la decisión de transicionar y entonces reflexiona sobre el tiempo en que no pudo ser quién quería ser. Sentada en su escritorio, Euge piensa en Las malas, en Testo yonqui, en Trans*, en Marilyn, en Marlene Wayar, en Soy Sabrina, soy Santiago, en La virgen cabeza, en Paul B. Preciado, en Susy Shock…

Siente un nudo en la garganta. “¿Estaré perdiendo tiempo?”, se pregunta. Desde hace años, está leyendo y escuchando relatos de personas que encuentran una liberación de algunos mandatos sociales al mostrarse como se sienten. ¿Es acaso posible que ella tampoco se identifique con el género con el que se la reconoce desde que nació? No sufrió como sufrieron esas personas a las que tantas veces leyó y escuchó. Tampoco siente una molestia cuando se refieren a ella en femenino, pero a veces le gustaría que también lo pudieran hacer en masculino o con la “e”. 

Cuando estaba en la facultad y leyó por primera vez que el género era una construcción cultural, algo explotó adentro suyo. ¿Cómo era posible que aun aquello que siempre había dado por sentado (su género) resultara ser una construcción cultural? Al igual que lo es el hecho de comer con cubiertos, el modo en que respondemos a un chiste, la forma en que dormimos o en que vamos al baño. La implosión fue tal que marcó su deseo posterior en relación con lo académico. A partir de ese momento, siente una gran atracción por las lecturas que abordan la cuestión de los géneros y de las identidades disidentes. Al encontrarse con esos textos, halla una posibilidad para seguir pensándose.


¿No sería en definitiva más razonable abogar por la supresión de los géneros o establecer que hay tantos como personas?


Euge suele sentirse tensionada entre dos extremos: piensa que el género, la orientación sexual y la expresión de género no se eligen. Pero, a veces, siente que, en su caso, están en construcción. Se acuerda de de Beauvoir y su idea del género adquirido. Y se imagina a ella misma como un laboratorio de experimentación. “¿No sería en definitiva más razonable abogar por la supresión de los géneros o establecer que hay tantos como personas?”. Con el correr de los años, cuando se encontró siendo parte del movimiento transfeminista, comenzó a creer que, en términos de colectivización y de representación política, todavía, no es conveniente la absolución de los géneros. Entonces continúa.

Es habitual que Euge piense en su rutina diaria. Mientras camina por la calle, viaja en colectivo o ahora, que está en su casa en cuarentena con su gato sin que haya otros sujetos que la vean, piensa en qué parte de su día está siendo mujer cisgénero. Entonces hace para sí misma el relato con el que empezó este texto. Lo extiende a todos los momentos del día, incluso a los más íntimos y personales. Y piensa: “¿en qué momento, en qué acción fui mujer cis?”.


Su expresión de género, a raíz del modo en que le enseñaron a moverse, hablar, acomodar sus rasgos físicos, se entiende que es propia de una mujer cisgénero. Pero no comprende qué es eso. “¿Cómo es posible que otres decodifiquen socialmente, por ejemplo, el modo en que camino como perteneciente a una de solo dos opciones dadas?”.


Como primera respuesta, se le ocurre que es la mirada de la gente la que entiende su modo de accionar y de moverse como propio de una mujer cisgénero. Si la acción de (su) género es, como recuerda que propone Judith Butler, una actuación reiterada de significados determinados socialmente, debe preguntarse entonces por sus acciones y su carácter público. Su expresión de género, a raíz del modo en que le enseñaron a moverse, hablar, acomodar sus rasgos físicos, se entiende que es propia de una mujer cisgénero. Pero no comprende qué es eso. “¿Cómo es posible que otres decodifiquen socialmente, por ejemplo, el modo en que camino como perteneciente a una de solo dos opciones dadas?”.

Entiende qué implica ser mujer cisgénero si contrapone sus vivencias a las de las mujeres travestis y trans; las diferencias y desigualdades son evidentes, por ejemplo, en materia de privilegios. Pero intenta hacer referencia al género que se le atribuye, sin pensarlo en contraposición con las identidades trans. O sí, pero no solo en relación con ellas.

 En un libro de Monique Wittig, leyó que la “mujer” como construcción política e ideológica niega a “las mujeres”. Habría que matar al mito de la mujer, como estrategia política, pero sin perder de vista la importancia de lo colectivo. Hace carne la incomodidad que le genera correrse de esta identidad política de mujer por las tensiones que trae consigo al interior del feminismo (o al menos de cierto feminismo que cree que es la mujer biológica y en singular el sujeto a quien representa). 

Al mirar hacia atrás, recuerda los recreos en los que jugaba al fútbol con sus compañeros varones, lo poco que le interesaron las revistas destinadas a un público femenino, la atracción sexo afectiva que sintió por personas de distintos géneros desde que es adolescente. Pero cree que los juegos, lo que leemos, las personas que nos atraen no definen nuestra identidad de género. Desde chica, tiene la costumbre de mirar a su alrededor a las mujeres cisgénero que la rodean. Era habitual que, en reuniones de cumpleaños, cuando recién había comenzado el colegio secundario, mirara a su mamá, su tía, sus abuelas, las amigas de su mamá e hiciera fuerza para imaginarse de grande parecida a ellas. No se sentía cómoda con esa idea, y tampoco comprendía qué era aquello que las unía y permitía que se las llame mujer cis al igual que a ella.


Habría que matar al mito de la mujer, como estrategia política, pero sin perder de vista la importancia de lo colectivo


Ahora que ya es adulta se pregunta: “¿en qué parte de mí o de mis comportamientos estoy siendo mujer?”. Más allá de la mirada de otras personas que la identifican como mujer cis, sabe que comparte con otras muchas identidades una historia de dominación. Reconoce que las une la violencia sobre sus cuerpos que sufren desde que nacieron y el haber tenido que hacer el doble de esfuerzo que hacen los varones heterosexuales cisgénero blancos de clase media o alta para habitar el mundo. Estas vivencias de dominación y violencias la unen con otras mujeres cis, identidades travestis, trans, lesbianas, intersexuales, no binaries, maricas, y todas las otras que existen y sienten este tipo de violencias. Pero también piensa que la unen con otros varones que se corren de las normas impuestas por la masculinidad hegemónica. 

A Euge le resulta incómodo definirse por la negativa o desde el lugar de víctima; pero hay violencias insoslayables. Abraza esta incomodidad. Entiende el poder de lo colectivo. Mientras se busca y define, necesita la unión política con otres compañeres. Recuerda que Marlene Wayar sugiere que aquello que no somos nos define tal vez más que lo que sí somos, en relación con la pregunta de quiénes estamos siendo. Por el momento, se piensa unida a quienes desean enfrentar el orden patriarcal heterocisexista que intenta dominar, callar y, en última instancia, aniquilar. Cree también que habría que encontrar nuevos modos afectivos de socialización desde posicionamientos antiespecistas. 


¿Cómo me identifico? ¿Vale la pena preguntarme esto, si desde la expresión de género a nadie más, salvo a mí, parece quedarle dudas de que soy una mujer cisgénero? ¿Es siquiera respetuoso hacia otras identidades preguntarme esto? ¿No hay otras urgencias que resolver? ¿Y si me lo pregunto en voz alta y después resulta que confirmo que soy una mujer cis?


Vuelve a encontrarse consigo. “¿Cómo me identifico? ¿Vale la pena preguntarme esto, si desde la expresión de género a nadie más, salvo a mí, parece quedarle dudas de que soy una mujer cisgénero? ¿Es siquiera respetuoso hacia otras identidades preguntarme esto? ¿No hay otras urgencias que resolver? ¿Y si me lo pregunto en voz alta y después resulta que confirmo que soy una mujer cis?”. Euge apoya la cabeza en su escritorio. Piensa que podría levantar la compuerta y darle espacio al caudal de incertidumbres para que se desparramen. No está segura. Por el momento, continúa con la indagación silenciosa a cada paso que da y se sigue preguntando si ahora, mientras mueve los dedos en el teclado, está siendo mujer cis.   


Ph: Melina Gómez

Por Sofía Arriola


Los tiempos de la Revolución Digital han traído aparejada la aplicación de la inteligencia artificial y con ella algoritmos hasta en el mundo del trabajo, por ejemplo.  

La configuración de un algoritmo puede ser interpretada a simple vista como un proceso tecnológico ajeno a subjetividades o discriminaciones. Sin embargo, si profundizamos esta visión podremos observar que la formulación de un algoritmo arrastra estereotipos y roles largamente arraigados en el ámbito sociocultural como lo son aquellos que tienen que ver con los colectivos de mujeres, un grupo en estado de vulnerabilidad que por el uso de estas tecnologías pueden ver reducidas sus posibilidades de acceso, mantenimiento y ascenso en el mercado del trabajo. Ahora bien, ¿cómo se hace visible una discriminación que se encuentra tejida de manera invisible? ¿cómo se produce el sesgo algorítmico, sus implicancias y por qué es tan difícil detenerlo? 

Debido a las modificaciones en el sistema de producción y la introducción de cambios tecnológicos hay aristas sobre las formas de contratación y selección que parecen escaparse. Los sistemas de intermediación de tecnología en sistemas de búsqueda de personal parecen ser neutrales y prometen que no pueden efectuar per se una diferencia arbitraria entre los sujetos analizados. Sin embargo, la realidad parece demostrar que el uso de algoritmos para definir el mejor perfil de cobertura de vacantes continúa reproduciendo barreras y estereotipos sociales arraigados en la historia y la cultura de nuestras sociedades. 

Es por eso que entender cómo funcionan y cuál es su verdadera acción se torna fundamental para prevenir la reproducción de estas dificultades amparada por la normativa nacional como la Ley 23.592: Penalización de actos discriminatorios y otras leyes sobre discriminación, la normativa internacional como los Convenios 100 y 111 de la Organización Internacional del Trabajo (C100 – Convenio sobre igualdad de remuneración y C111 – Convenio sobre la discriminación, empleo y ocupación) y la Convención sobre la Eliminación de todas las formas de Discriminación contra la Mujer, entre otros acuerdos internacionales que han buscado subsanar.

Primero es preciso aclarar ¿qué es un algoritmo?: en matemáticas, lógica, ciencias de la computación y disciplinas relacionadas, un algoritmo (del latín, dixit algorithmus y este del griego arithmos, que significa «número») es un conjunto prescrito de instrucciones o reglas bien definidas, ordenadas y finitas que permiten llevar a cabo una actividad mediante pasos sucesivos que no generen dudas a quien deba hacer dicha actividad. Cotidianamente se emplean algoritmos frecuentemente para resolver problemas. 

En este caso, si los inputs y procesamientos de los algoritmos utilizados se basan en las ideas extraídas a través de diversas redes sociales, compras online, encuestas al consumidor, etc., extraídas de la mirada de las personas que integran la sociedad ¿la modificación del algoritmo será suficiente para evitar resultados discriminatorios?


¿qué es un algoritmo?: en matemáticas, lógica, ciencias de la computación y disciplinas relacionadas, un algoritmo (del latín, dixit algorithmus y este del griego arithmos, que significa «número») es un conjunto prescrito de instrucciones o reglas bien definidas, ordenadas y finitas que permiten llevar a cabo una actividad mediante pasos sucesivos que no generen dudas a quien deba hacer dicha actividad.


En términos de programación un algoritmo es una secuencia de pasos lógicos que permiten solucionar un problema. En general y a modo de resumen tratan de conjuntos de datos que siempre tendrán en común las tres propiedades de: tiempo secuencial, estado abstracto y exploración acotada. Luego pueden generarse distintos tipos de algoritmos, en el caso planteado se estarían analizando algoritmos de búsqueda: estos están diseñados para localizar un elemento con ciertas propiedades dentro de una estructura de datos, como por ejemplo ubicar el registro correspondiente a cierta persona en una base de datos o el mejor movimiento en una partida de ajedrez. Lo que se genera a partir de la existencia de estos algoritmos son grandes cantidades de datos, generalmente estadísticos, para poder crear brechas de información y desarrollar con esta misma, conclusiones sobre las características y un comportamiento potencial de las personas teniendo en cuenta categorías de representación como pueden ser mujer/varón ya que se van a considerar predominantes y típicamente expuestas en los portadores del rasgo. 

Ahora bien, los algoritmos se están vinculando con el mercado laboral en tanto actúan en los procesos de selección de personal, en el resultado de los mismos o en el tratamiento de datos que hacen a la órbita personal de los trabajadores. Aquellos datos extraídos de la realidad y cuyos parámetros formatean el procesamiento en búsqueda de un resultado, restringen de por sí el ámbito de selección a determinadas configuraciones de acuerdo a los datos suministrados. Es en esta parte del proceso, que la transparencia en el uso de datos y su articulación para la generación de algoritmos adquiere principal importancia. Cierto es que las grandes compañías tienden a pretender mantener este contenido fuera del alcance del público, en aras a preservar el denominado know how, en términos de confidencialidad y no competencia. No obstante, como bien indicara ut supra, son éstos los primeros factores que pueden acarrear en el ámbito laboral procesos cargados de “sesgos” que pueden tener por base el género, la etnia, la religión, el estrato social, etc. 

La segunda etapa de análisis comienza con el procesamiento de los datos y las estructuras utilizadas a esos fines: la creación de categorías de representación que los propios algoritmos crean en base a datos tomados de la “realidad” y su utilización para enseñarse a sí mismo a determinar y arribar a nuevas conclusiones, por ejemplo, los trabajadores que resultan más adecuados para determinada función. Por otro lado, en el mundo tecnológico existen los denominados algoritmos de Caja Negra, cuya oscuridad radica en esconder el entendimiento de la razón de ser de sus resultados detrás de fórmulas no-abiertas al público, ya sea qué códigos están fuera de la visibilidad de los usuarios para evitar filtraciones de datos o la detección de patrones concretos. La mayoría de ellos se esconden en los buscadores. 

Por ejemplo, a principios del mes de Julio del año 2018, una noticia relacionada con los algoritmos de reconocimiento de contenido que utiliza Google causó gran polémica y disgusto entre la población afroamericana, al etiquetar a una pareja como “gorilas”. Ante el error, Google tuvo que pedir disculpas y mencionó que este tipo de problemas quedarían resueltos con el lanzamiento de Google Fotos y su función para editar el etiquetado automático. A su vez, una investigación realizada por la Universidad de Washington encontró que al realizar una búsqueda en Google Imágenes para “CEO” los resultados obtenidos sólo mostraron a un 11% de mujeres, a pesar de que el 27% de los directores ejecutivos de los Estados Unidos son mujeres. Por si esto fuera poco, la primera imagen de una mujer que aparecía en la segunda página era la muñeca Barbie CEO.  

Investigadores de Carnegie Mellon hicieron un estudio en el que construyeron una herramienta para simular usuarios de Google que comenzaron sin historial de búsqueda y luego visitaron sitios web de empleo: más tarde, en un sitio de noticias de terceros, Google mostró un anuncio para un cargo ejecutivo 1.852 veces a hombres y 318 veces a las mujeres. “Incluso si no están diseñados con la intención de discriminar a esos grupos, si se reproducen las preferencias sociales, incluso de una manera completamente racional, también se obtendrán formas de discriminación” dijo David Oppenheimer, profesor de la Universidad de Berkeley, California. 


en el mundo tecnológico existen los denominados algoritmos de Caja Negra, cuya oscuridad radica en esconder el entendimiento de la razón de ser de sus resultados detrás de fórmulas no-abiertas al público, ya sea qué códigos están fuera de la visibilidad de los usuarios para evitar filtraciones de datos o la detección de patrones concretos. La mayoría de ellos se esconden en los buscadores. 


Si el “ser mujer” para el algoritmo es negativo, sólo es por presentar las desventajas estructurales de las mujeres trabajadoras. Si se ignorara el hecho de que ciertos grupos enfrentan discriminación en el mercado laboral, no se los podría respaldar de manera correcta. Por ende, los algoritmos de nuestra sociedad serán discriminatorios en la medida que la realidad social lo sea y al reproducir la realidad solamente están consagrando una injusticia existente. Cabe preguntarse ¿cuál es el rol que tienen los Estados frente a esta reproducción discriminatoria? 

La no discriminación por razón de sexo o género está contemplada en el Convenio 111 de la Organización Internacional del Trabajo, el artículo 2, párrafo 2 del Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales (cuestión que fue desarrollada por el Comité de Derechos Económicos, Sociales y Culturales en su Observación General Nº 20), entre otras normas. 


¿de qué forma los legisladores podrán controlar lo que pasa detrás de las pantallas ahora que las herramientas son otras, nuevas y desconocidas? 


El contenido del derecho fundamental a no ser discriminado por razón de sexo abarca la igualdad de trato y la de oportunidades. La igualdad de trato comprende, a su vez, la prohibición de discriminaciones directas e indirectas. La igualdad de oportunidades remite al mandato de acciones positivas a favor de la igualdad real y efectiva de mujeres y hombres. La exclusión de hecho de las mujeres en el mercado laboral exige que se tomen medidas y acciones que reviertan esta situación ampliamente conocida, entonces ¿de qué forma los legisladores podrán controlar lo que pasa detrás de las pantallas ahora que las herramientas son otras, nuevas y desconocidas? 

Es necesario un rol activo en la implementación de los estándares mínimos laborales aplicados también en el área de las ciencias informáticas, así como la concientización y sensibilización de las temáticas de género y puede que esto sólo sea posible cuando opere un cambio a nivel social y así se traslade a una modificación en el espacio digital para remover los sesgos de género y discriminación que ocultos en formulas agrandan las brechas y diferencias que la normativa propone hace años erradicar. 


Ph: Federico Bini

Por Sofía Arriola


¿Cuáles son los aspectos que dejó al descubierto el Aislamiento Social Preventivo Obligatorio? ¿Qué pasa con los colectivos que forman parte de una discriminación y exclusión estructural? 

Los últimos años en Latinoamérica han sido marcados por contextos de globalización y el neoliberalismo tardíos que han avanzado junto a la derecha, potenciando y configurando una discriminación interseccional extrema en distintos niveles. Teniendo en cuenta las mencionadas desigualdades, consideradas estructurales y de base, sumándose también la vulneración constante de derechos humanos, podríamos afirmar que el colectivo travesti trans, por ejemplo, es de las minorías más vulneradas actualmente en un presente atravesado por políticas de cuidado a raíz de la pandemia y del mencionado ASPO, lo que lleva a preguntarnos: ¿cómo se ejecuta la política #QuedateEnCasa para quienes no tienen una? ¿cómo podrían asegurarse necesidades básicas cuando la mayoría sólo accede al trabajo informal? ¿cómo se habita en este contexto, sufriendo la violencia de una triple marginación por género, por clase y por cuestiones raciales? 


…el colectivo travesti trans es de las minorías más vulneradas actualmente en un presente atravesado por políticas de cuidado a raíz de la pandemia y del mencionado ASPO, lo que lleva a preguntarnos: ¿cómo se ejecuta la política #QuedateEnCasa para quienes no tienen una? ¿cómo podrían asegurarse necesidades básicas cuando la mayoría sólo accede al trabajo informal? ¿cómo se habita en este contexto, sufriendo la violencia de una triple marginación por género, por clase y por cuestiones raciales? 


Las problemáticas que atraviesa el colectivo trans no son nuevas para ellxs sino que son una herencia del orden internacional, originado por las desventajas del sistema capitalista colonialista, que es mantenido por la permanencia de dicho sistema y aumentadas por el corrimiento (o ceguera) del rol del Estado en contextos de globalización donde se han aplicado políticas funcionales y heterocisnormadas continuamente frente a minorías invisibilizadas que no cuentan con un sistema de cuidados asegurados. La falta de estos últimos opaca los triunfos que han alcanzado estos colectivos en los últimos años al no tener un sentido en la práctica y la realidad que lxs compete hoy en día, lo que hace que en cada crisis sean lxs mismxs quienes vuelven a quedar unos centímetros más afuera de ese sistema (en términos capitalistas y globales) del que ya no estaban siendo parte. 

Históricamente y hasta en la actualidad, el colectivo travesti trans sufre opresiones principalmente por su género, ya que gran parte de la sociedad opta por invisibilizar su identidad, no reconocerla y negarla, lo que genera una subordinación de estatus como plantea Nancy Fraser: ésta deviene en acoso sexual, violaciones, violencia, menosprecio en la vida cotidiana y medios de comunicación, negación de derechos y marginación en lo público. Esta discriminación se presenta en distintas áreas como en la educación (64% cuenta con el nivel primario, un 7% comenzó estudios superiores, pero solo el 2% finalizo un nivel universitario), en la inserción laboral o en la posibilidad de ingresar a un sistema de salud que pueda atenderlxs. Generalmente, las personas trans son excluídxs del seno familiar y de su hogar, muchas veces teniendo que migrar a distintos países o ciudades. Junto a la caracterización anterior de su situación frente a la inserción en el sistema, esto hace que se pertenezcan a una clase media baja. Específicamente el 90% de las personas trans se encuentra fuera del mercado formal, vive en la pobreza y el 95% ejerce el trabajo sexual.  

Este colectivo es víctima de una doble colonización por las políticas imperiales y por las ideologías patriarcales que se sostienen mutuamente, ya que la globalización sostiene la heterocisnorma y las identidades sociales funcionales a esta jerarquía imperial. Refiriendo al patriarcado, me gustaría remitir a Pedro Di Pietro quien lo define como “la diferenciación de sujetos sociales según jerarquía de privilegios o desventajas y la reproducción social de las condiciones materiales del privilegio y desventajas que adscriben roles o expectativas”. 


Este colectivo es víctima de una doble colonización por las políticas imperiales y por las ideologías patriarcales que se sostienen mutuamente, ya que la globalización sostiene la heterocisnorma y las identidades sociales funcionales a esta jerarquía imperial.


Así, podemos ver como vuelve a polarizarse la cuestión entre quiénes pueden mantener un estatus y un privilegio frente a quienes no, como sucede con el colectivo travesti trans. Profundizado más aún por la ideología y el contexto marcado por un fuerte carácter androcéntrico donde todo está montado en la sociedad y la cultura para que la figura masculina sea la “normal”. Sostiene al respecto Preciado: “la transexualidad no existiría fuera de una epistemología colonial y capitalista que privilegia las prácticas sexuales reproductivas en beneficio de una estrategia de gestión de la población, de la reproducción de la fuerza de trabajo y de la población que consume”. De esta manera, queda demarcada la relación entre el sistema y la no inserción de la transexualidad, teniendo que ver este fenómeno con una red de discursos y relaciones de poder trazados por el mismo régimen político. 

Contrariamente a lo mencionado, se han alcanzado triunfos para el colectivo dentro de los que podemos nombrar la Conferencia de Beijing (1995) que dió mayor institucionalidad al género o los Principios de Yohiakarta (2006) que dieron mecanismos y protecciones legales internacionales. En Argentina, específicamente, la Ley de identidad de género (Ley 26.743), donde se reconoce la identidad auto percibida de modo despatologizante, ha sido un hito junto a las leyes que obligan al cumplimiento de un cupo laboral trans y el acceso a la salud integral. No está de más decir que estas medidas han sido logradas gracias a la resistencia y militancia del feminismo y los colectivos LGBTI frente al avance de la derecha y el neoliberalismo tardío de los últimos años, específicamente tras la crisis financiera del 2008. Sin embargo, la discriminación continúa como un factor protagonista en los distintos aspectos y con un peso capaz de detener la expansión económica, por ejemplo, como indica el Informe de CEPAL de 2019, estableciendo una desigualdad naturalizada y estructural en una cultura de privilegios y lejos de asegurar garantía de los derechos humanos, lo que sugiere repensar la eficacia de estas políticas para que sean realmente dinámicas y no una mera hoja de papel. 

Frente a este panorama histórico, en el mes de marzo de 2020, la pandemia del COVID19 generó una pausa global y los Estados debieron responder con distintos tipos de medidas para cuidar a sus poblaciones a raíz de la inexistencia o el desconocimiento de una solución efectiva para frenar el contagio del virus. Aquí en Argentina, se dispuso como política oficial el Aislamiento Social Preventivo Obligatorio (ASPO) que comprende diferentes fases y excepciones para circular o trabajar.

 Se evalúa que la pandemia llevará a la mayor contracción económica en la historia siendo esta del -5,3% en el año 2020, o sea la peor contracción desde 1914 y 1930, acorde a los datos del Informe de la CEPAL. También traerá como consecuencia un deterioro en los indicadores laborales con una tasa de desempleo en torno al 11,5% que también afectará los ingresos en los hogares. Este contexto resulta poco beneficioso para la mayor parte de la población, pero aún más para quienes son marginadxs por el desarrollo desigual del mundo y afectados por los procesos de la globalización neoliberal. En Argentina se implementaron medidas de elección por la vida y la salud como la política “quédate en casa”: aun así, es necesario replantear el carácter de ésta y la carencia de su perspectiva de género considerando que las políticas de cuidado y de trabajo siguen respondiendo implícitamente al orden heterocisnormativo. 

¿Dónde se puede cumplir esta política cuando no se tiene un hogar donde quedarse? La mayoría de la población travesti trans vive en espacios de contención como hoteles o cuenta con alquileres informales donde no aplica el congelamiento de precios de alquiler o la prohibición de desalojo impulsado en el marco del ASPO. El acceso al alquiler formal o a un techo propio se ven obstaculizados por la discriminación que suele ser por género, por raza y clase, e incluso por cuestiones laborales, ya que no pueden presentar un certificado a causa de su informalidad. El hecho de que el 90% ejerza como trabajadorxs sexuales configura otra forma de discriminación, como también un perjuicio, ya que su trabajo se da necesariamente en las calles y sigue siendo criminalizado. A todo esto se puede agregar la falta de acceso al sistema de seguridad social y a la salud, teniendo en cuenta que su expectativa de vida no supera los 35 años (diferenciándose de la expectativa de vida general que es de 75 años) y convirtiéndose en este contexto en población de riesgo, que no sólo queda desprotegida y sumida en la violencia, sino también vulnerable a la falta de suministros para tratamientos hormonales que serían asegurados por el Estado. 


¿Podrán los estados asegurar un Estado de derecho que promueva la universalidad de los derechos realmente incluyendo diversidades y generando un sistema de cuidados que sea acorde o los procesos globalizadores y neoliberales seguirán sobrepasando a los Estados y marcando los límites heteronormadxs de la periferia donde existe un todxs que siempre queda ahí afuera?


El colectivo trans percibe el acceso a un programa llamado Potenciar trabajo que da acceso al subsidio de $8.000 mensuales, incompatible con el IFE (Ingreso Familiar de Emergencia) implementado a partir de la situación de la pandemia, al que corresponde un monto de $10.000, e incompatible también con otros subsidios o con el reparto de bolsones de frutas en municipios. Aunque tuvo gran impacto por suscriptxs del colectivo trans en marzo del presente año, el acceso a este primer programa ni siquiera nombra explícitamente al colectivo trans sino a las “víctimas de violencia de género o explotación sexual”, ni contempla la situación de migrantes sin documento nacional.Han habido una gran cantidad de autores que plantearon desde el comienzo de la pandemia (por ejemplo en la publicación Sopa de Wuhan) que la configuración de un nuevo mundo post pandemia podría ser posible o que incluso estamos ante una “nueva normalidad”, pero ¿cómo podemos realizar ese planteo cuando lxs marginadxs de siempre continúan experimentando la misma realidad de violencia y vulneración en un contexto de incertidumbre y ausencia de políticas que lxs tengan presentes como sujetos políticos? ¿Podrán los estados asegurar un Estado de derecho que promueva la universalidad de los derechos realmente incluyendo diversidades y generando un sistema de cuidados que sea acorde o los procesos globalizadores y neoliberales seguirán sobrepasando a los Estados y marcando los límites heteronormadxs de la periferia donde existe un todxs que siempre queda ahí afuera?


Ph: Melina Gómez

Por Josela Aramburu


Pandemia 

Por el covid-19 vivimos un paro general que detuvo la economía. Se calcula un decrecimiento económico entre un 4% y un 9% mundial. En Latinoamérica la situación es grave y dolorosa porque no se cuentan con los recursos sanitarios ni económicos que existen en otros países. En el ranking mundial USA es el país con más muertes, Brasil está en segundo lugar, México en el sexto, Perú en el séptimo y Chile en el octavo. Ya pasaron más de 7 meses del momento en que el virus comenzó a expandirse, sin embargo en América Latina se viven los picos más altos de contagio. 

Impacto del Covid-19 en mujeres 

“La desigualdad social y económica asegurará que el virus discrimine. El virus por sí solo no discrimina, pero los humanos seguramente lo hacemos, modelados como estamos por los poderes entrelazados del nacionalismo, el racismo, la xenofobia y el capitalismo” (Butler, 2020; 62). Esta crisis afecta principalmente a las mujeres, profundizando la desigualdad existente. La ONU Mujeres a comienzo de la pandemia dictó una serie de recomendaciones a los poderes de los Estados, como una respuesta efectiva para prevenir, atender y eliminar la violencia contra las mujeres y las niñas, antes y después de la crisis. Argentina es el primer país del mundo que implementa medidas con perspectiva de género para combatir la pandemia. 


Argentina es el primer país del mundo que implementa medidas con perspectiva de género para combatir la pandemia. 


El confinamiento busca salvar vidas y controlar el contagio, sin embargo, si no se articulan políticas de género exhaustivas, traerá como consecuencia un aumento de todos los tipos de violencias. ¿Por qué las mujeres y el colectivo lgbtiq+ están más expuestos al virus? En este contexto aumentan los femicidios, la violencia física y psicológica. Mujeres y niñes conviven con su agresor; la violencia de género se prolonga en el tiempo, y tienen mayores dificultades para realizar la denuncia. En Argentina, según el Observatorio MuMaLá, en cuarentena se asesinaron a 97 mujeres, mientras que 193 niñes se quedaron sin madre. En este contexto también la ciberviolencia y ciberacoso se hacen eco: miles de niñas, niños y adolescentes se ven expuestos en sus casa con el uso de las TICs. Los hogares pasaron a ser el centro de sociabilización. En este espacio las mujeres ya se hacían cargo de las tareas del cuidado. La CEPAL define las tareas del cuidado como “todas aquellas actividades que son indispensables para que las personas puedan alimentarse, educarse, estar sanas y vivir en un hábitat propicio para el desarrollo de sus vidas. Abarca, por lo tanto, el cuidado material, que implica un trabajo, el cuidado económico, que implica un costo, y el cuidado psicológico, que implica un vínculo afectivo”. Bajo este contexto, aumentan las cargas, sumando también el rol de educadoras en aquellas mujeres con hijes en preescolar o primaria. Este aumento de carga impacta negativamente en el trabajo remunerado, generando mayor explotación y vulnerabilidad. También las mujeres son más pobres que los hombres, están más endeudadas, son quienes más sufren la crisis económica, porque son las primeras en ser despedidas de sus trabajos, las primeras que ven reducido sus salarios y son el porcentaje más alto de trabajo informal. Muchas jefas de hogares tienen que conciliar la doble responsabilidad sin protección social. La lista de violencia continúa y crece en adolescentes del colectivo LGBTIQ, que tienen que padecer a sus familiares violentos que no respetan su identidad. También llega a niñas y madres, bajo el nombre de violencia obstétrica, que no consiguen tener un parto respetado o que quieren realizarse una interrupción voluntaria del embarazo. Los grupos en situación de mayor riesgo como las mujeres pobres no acceden al agua potable, vivienda digna, productos de limpieza y de alimentación. El virus presenta un riesgo particular en mujeres adultas, según datos del INDEC, en Argentina la población mayor de 60 años está compuesta un 58% por mujeres, la feminización aumenta a medida que aumenta la edad, así es que en la población mayor de 75 años, el 63% está integrada por mujeres frente al 37% por varones, estamos frente a lo que se denomina “feminización del envejecimiento”, es decir que la población de adultos mayores, está integrada por más mujeres que varones. Como si fuera poco, las mujeres que acceden a una educación superior, son quienes enfrentan el covid-19 dado que estos trabajos están asociadas a las tareas del cuidado, como ser médicas, enfermeras, camilleras, asistentes: ellas son las primeras en el frente de batalla. Las migrantes, afrodescendientes e indígenas también atraviesan violencias, abusos e inconvenientes, no pueden dejar de trabajar y se ven expuestas al virus, no acceden a la protección social y padecen la discriminación y racismo en los sistemas de salud. Las mujeres con discapacidad se ven violentadas en la falta de atención de salud pública o en la imposibilidad de circular. Muchas de ellas necesitan el aire libre para recrearse y precisan una ayuda profesional, que por lo general esas tareas las hacen otras mujeres; frente a esta situación no pueden ser acompañadas. Las personas transexuales y transgénero también se ven afectadas. Este sector generalmente es marginado y discriminado por su identidad, tienen grandes dificultades para acceder a una vida digna, con vivienda, trabajo, salud y educación. Esta población tiene una esperanza de vida promedio de 35 años. Frente a un contexto de pandemia, esta situación se encrudece. 

Para la economista Amaia Pérez Orozco, estas desigualdades son producto de las estructuras socioeconómicas en las que vivimos, que ponen la vida humana al servicio del capital y definen ese “estilo de vida”, vinculado estrictamente a lo mercantil. Así se constituye un circuito compuesto entre producción y reproducción que además del consumo también crea subjetividades, normas, deseos, cosmovisiones, donde los seres humanos se van realizando. Esta subordinación de la vida al capitalismo la separa de pensar la naturaleza en un ecosistema integrado y potencia la visión androcéntrica del humano. Esta perversa noción de la vida hace que haya vidas que merecen vivir y otras que no. “Es una noción de vida vivible no universalizable y que no respeta la diferencia. Sustenta un sistema en el que se acepta que unas vidas (las más cercanas al sujeto privilegiado de esa Cosa escandalosa: el BBVAh1) sean consideradas dignas de ser rescatadas en un  contexto de crisis, mientras que las que difieren sean irrelevantes o puedan incluso perderse para el rescate de aquellas. A esto añadimos que la diversidad sexual y de género es constreñida en aras de garantizar sujetos invisibilizados que asuman la responsabilidad de sostener la vida en un sistema que la ataca”. (Pérez Orozco, 2014; 79) 


Así se constituye un circuito compuesto entre producción y reproducción que además del consumo también crea subjetividades, normas, deseos, cosmovisiones, donde los seres humanos se van realizando.


Feminismo interseccional 

Bell Hooks define al feminismo como antirracista, anticlasista, antihomofóbico, anticolonialista, antisexista y antipatriarcal: “entender la manera en que la dominación masculina y el sexismo se expresaban en la vida diaria concientizó a las mujeres sobre cómo eran acosadas, cómo trabajaban para otros y, en el peor de los casos, cómo no tenían ningún control sobre sus vidas” (Hooks, 2017; 29). Hooks deja al descubierto cómo las violencias se entremezclan con la etnia, la situación económica, edad, clase social, etc. La lucha de clases dentro del feminismo fue un puntapié: mientras las mujeres blancas con educación superior, propietarias, lograron acceder de manera más rápida a nuevos derechos y privilegios, las mujeres negras, migrantes, pobres quedaban relegadas en la órbita de las demandas de las blancas, invisibilizando las violencias y los padecimientos sobre esos cuerpos. 


Este enfoque llamado interseccional conlleva ver la desigualdad desde una multiplicidad de características que pueden acentuar la discriminación y violencia


Existe una inmensa cadena de desigualdades que entrecruza sexo, orientación sexual, color de piel, religión, estatus social, clase social, edad, nacionalidad, discapacidad, situación económica, geografía, hábitat. Este enfoque llamado interseccional conlleva ver la desigualdad desde una multiplicidad de características que pueden acentuar la discriminación y violencia. Ana Bach asegura que la interseccionalidad “trata a la situación en la que un tipo de discriminación interactúan con dos o más grupos discriminados y crea una situación única” (Bach, 2015; 49). Es una herramienta análitica que mejora la acción política, ya que nos permite analizar con mayor precisión las diferentes realidades en las que se encuentran las mujeres. Este paradigma nos permite crear soluciones más precisas a las situaciones de opresión en las personas.


1 Blanco, burgués, varón, adulto, heterosexual.


Referencias: 

-Butler, Judith (2020) “El capitalismo tiene sus límites” en Sopa de Wuhan, ASPO.  

-CEPAL (2012) Consulta de opinión sobre las políticas de cuidado de las personas dependientes en América Latina. https://www.cepal.org/es/publicaciones/35375-consulta opinion-politicas-cuidado-personas-dependientes-america-latina-ninas

-Hooks, Bell (2017) El feminismo es para todo el mundo, Madrid, Traficantes de sueños. 

-Pérez Orosco, Amaia (2014) Subversión feminista de la economía. Aportes para un debate sobre el conflicto capital-vida, Madrid, Traficantes de sueños.