Créditos de la imagen: Jaromir Literario

Por Javier Martínez Conde


Si todavía no logramos definir a la poesía, ¿es posible delimitarla y clasificarla? ¿Qué es la poesía de Instagram? ¿Quién es McLuhan y qué es lo que predijo?

Este texto está centrado en tres grandes preguntas. Quien se las hace no es más que un poeta en ejercicio de su oficio, recorriendo la frontera del asombro y el sentido, sin mayores certezas que la experiencia personal, enmarcada en el contexto que le cabe. O parafraseando a Laura Devetach, a partir de la construcción del propio camino lector.

Pertenecemos a la generación de las redes sociales. La comunicación se ha vuelto inmediata. La sobreinformación y la dependencia se convirtieron en problemas urgentes para las nuevas sociedades hipermediatizadas y frágiles. Muy pocos hechos se conservan en la memoria colectiva porque siempre habrá una novedad que reemplace a la anterior. Desde el vamos, esta nota sella su fecha de vencimiento en el momento mismo en que es publicada y únicamente puede ser rescatada desde relecturas puntuales. Lo mismo pasa con las obras de arte.


Muy pocos hechos se conservan en la memoria colectiva porque siempre habrá una novedad que reemplace a la anterior.


De la poesía podemos decir que, aunque existen ejemplos incuestionables que sobrevivieron al paso del tiempo envejeciendo envidiablemente y desafiaron tanto forma como contenido fundando acaso lenguas enteras (pienso en La Divina Comedia), se la suele asociar tanto a la escritura breve como a la fugacidad de su impacto. Esto puede deberse a una consideración originalmente malintencionada para desacreditarla. Tanto se ha dicho de la poesía como género menor que termina por ocultarse su carácter intrínseco: en todas las artes y en todas las eras ha persistido su influencia insoslayable.

Dado que definir a la poesía con palabras de análisis es una empresa no solo imposible sino también absurda, podríamos preguntarnos cómo reconocerla. Cito a Devetach: “Hablo como poeta pensando su quehacer y desde el deseo de ajustar y compartir con sus semejantes una noción más amplia del campo de lo artístico del que necesariamente tiene que incluirse lo poético. Lo poético como forma de estar en el mundo, como forma de conocimiento. Que sería un estar abiertos, el ampliar las propias disponibilidades hacia los aspectos artísticos que la realidad nos brinda y hacia el arte en general, con menos prejuicios y encasillamientos” (del libro La construcción del camino lector).

La poesía entonces es una forma de estar en el mundo, un estado en el que se permanece, una mirada que transita aquella frontera inicial entre el sentido y el asombro. Este modo de ver está lógicamente condicionado por el mundo que habita. Un mundo hoy por hoy breve, fugaz y acelerado. Un mundo de conexiones agrupadas bajo los mismos dos o tres techos que monopolizan el mercado de la comunicación. Instagram, por ejemplo, que además es una red social que tiene casi como único atractivo la publicación de imágenes. De acá se desprende una nueva cuestión: ¿qué lugar pueden ocupar las palabras y en especial la poesía en un portal donde el foco predominante es lo visual? Para eso hay que introducir a McLuhan.


¿qué lugar pueden ocupar las palabras y en especial la poesía en un portal donde el foco predominante es lo visual?


Marshall McLuhan fue un filósofo canadiense recordado por su frase “El medio es el mensaje”, publicada en su libro Comprender los medios de comunicación: Las extensiones del ser humano (1964). Con esto quiso decir que la forma del medio elegido para emitir algo se incrusta en el mensaje que transmite, influyendo en cómo este último se percibe. Una noticia sobre un crimen comentada en la radio no es igual a la noticia sobre el mismo hecho pensada para el diario. Un poema imaginado para ser oral no funciona de la misma manera cuando se lo lee silenciosamente y viceversa, aunque los versos se conserven idénticos. Algo en esa transposición es modificado por la propia percepción de quien recibe el mensaje. Un poema emitido por Instagram está obligado no solo a conciliar con ciertos recursos de lo visual para justificarse sino también a amoldarse a la fugacidad del contexto que le toca para conseguir el tipo de validación que el medio ofrece.

¿Esto condiciona el tipo de poesía que se crea y se consume en Instagram? Evidentemente. El bombardeo de selfies y propagandas impone un modo casi único de percibir cómoda y amigablemente al poema: una extensión acotada y un discurso cotidiano y olvidable que pueda dar paso a la próxima historia, a la próxima notificación, al próximo poema breve, fugaz y acelerado. ¿Esto representa un problema para la poesía en general? No necesariamente. Primero: claro está que hay poesía después de Instagram. El arte se amolda a los formatos, pero también los excede. Hay infinidad de poemas y de autores que, por fuera de esta pequeña ventana, continúan expandiendo los límites de la creación, sin prejuicios ni encasillamientos: estando en poesía. Segundo: los poemas no son buenos o malos por el marco que los exhibe sino por la capacidad de transmitir (a través de recursos estéticos como la imagen, el ritmo o la versificación) una emoción puntual, una revelación. Y eso es posible en cualquier soporte, Instagram incluido.

La última pregunta que cabe hacerse es más bien personal y es quizás la única que importa: ¿la poesía que escribo se parece a la que me gustaría consumir o la poesía que se consume interfiere en lo que escribo? A veces la respuesta se encuentra en los poemas, como este de Laura Devetach.

No sé qué hacer 

con estos versos. 

Quizás 

ponerlos aquí 

para que cada cual 

se sirva 

por su propia mano.


Escribir un comentario