Imagen: Micaela Giudici

Por Elías Fernández Casella


Twitter es, quizá, la red social más beligerante al respecto de ataques y linchamientos online. El límite físico a opiniones y enunciados obliga a la concreción de ideas y elabora mensajes comprimidos con pocos matices, aforismos que invitan siempre a una respuesta cuando menos por lo concretos e interpelantes que son. Twitter funciona, a su vez, como un barrio lleno de gangs, donde te salvás si hacés tribu con alguien y si en cambio te agarraron por tu cuenta en alguno de esos barrios virtuales de reciprocidad temática que crean los algoritmos (pocas veces estuvo más materializado el cyberespacio), podés terminar muy dañado.

Among Us es un juego que estuvo de moda durante la cuarentena a la que nos obligó la pandemia de Sars-Covid19. El juego nos ofrecía la posibilidad de jugar con amigos a través de un código para ingresar en la misma sala que los demás, por lo que su popularidad estalló en un momento donde las relaciones interpersonales tuvieron que re-explorar obligadamente su faceta virtual. 

El juego se basa en una premisa muy sencilla: varios astronautas están en una estación espacial, pero hay un impostor entre ellos que debe matar a los demás con el sigilo suficiente para no ser detectado. Si alguno de los jugadores (o el mismo impostor) tiene alguna sospecha de quién es, lo acusa y somete a votación.

Al igual que el Truco, el Mafia o el Póker, no se trata de un juego basado en el azar, sino en habilidades sociales. No hay rencores en la derrota, pero tampoco hay ofensa. Se juega chicaneando y atacando verbalmente al que se tiene delante. Quien juega a las cartas no juega con los naipes, sino con su oponente.

El linchamiento online puede utilizarse como una suerte de tarima sobre la que es lícito señalar a otras personas para ponerse uno a salvo. En las redes sociales, el linchamiento tiene la potencialidad de separarse rápido de su origen, levantar vuelo y cobrar vida propia. Viralizarse hacia barrios y aguas desconocidas donde sus habitantes se desayunan la identidad de alguien, a veces, sin anoticiarse demasiado de lo que hizo. Este pequeño “bug” del linchamiento online es quizá uno de sus sustentos. Se puede acusar desde el anonimato sin que la falta de identidad disminuya la efectividad de la herramienta. 


El linchamiento online puede utilizarse como una suerte de tarima sobre la que es lícito señalar a otras personas para ponerse uno a salvo.


Hay, asimismo, una tendencia a construir subjetividad atravesada por la tendencia a encastrar, siempre y en todo lugar, al paradigma correcto de la época. Nos referimos aquí al conjunto de imperativos que hacen a la definición de lo que un ser humano debe ser: desde lo que comporta una juventud correcta, con viajes y multitud de experiencias, al imperativo de libertad y al tristemente difundido imperativo de felicidad al que se refiere la teórica Sarah Ahmed en La promesa de la felicidad (2010). 

Deslegitimar no es ya una estrategia retórica para convencer y conmover. Es una herramienta de autoafirmación. “Si el otro está mal es porque yo estoy bien”. En el binarismo de buenos y malos, genios y estúpidos, coherentes e ignorantes, héroes y atorrantes, ellos y nosotres, no hay terceras posiciones. Siquiera en el famoso movimiento argentino que se autodefinía por esa tendencia.


Deslegitimar no es ya una estrategia retórica para convencer y conmover. Es una herramienta de autoafirmación.


La presión del éxito es enorme, y no solo se traduce en una virtual necesidad de acumular dinero, lo que reemplaza al sentido de la vida en sí mismo por una suerte de nueva religiosidad que encuentra en sus estampitas a Steve Jobs y Elon Musk, lo que lleva a las generaciones más jóvenes a la depresión, como denunciaba el teórico Mark Fisher, sino también a un deber ser por el que podamos vivir en la intimidad nuestras emociones y ambiciones más personales. Hay, también, un ejercicio de desplazar las culpas. Lo ejercen los multimillonarios que donan todos los años millones a obras de caridad y las cadenas de supermercados que evaden impuestos casi obligando a sus compradores a colaborar en causas tan ambiguas como “los niños con hambre”.

No menor atención merecen las guerras internas que puede haber dentro de un mismo movimiento o tendencia ideológica. A veces la red de status se juega a sí misma con discusiones acerca de quién cumple mejor con el listado de requisitos para ser llamado un buen militante, que funciona también a la hora de atacar el movimiento del otro. “Vos odiás el capitalismo pero usás una Mac”, dirá algún internauta, probablemente poco interesado en la contradicción (de la que podría salir un suculento análisis, pero no) y los planteos que se podrían derivar de ella, acusando a su oponente de tonto sin remedio, de parásito que intenta vivir del Estado, esperando una respuesta en la que se lo acusa de parásito que quiere vivir de los demás. Pero al mismo tiempo, y como sostiene el filósofo “Bifo” Berardi tanto en Fenomenología del fin (2016) como en La fábrica de la infelicidad (2001), los efectos de la competencia y la aceleración continua de los ritmos productivos excitan la mente colectiva provocando pánico e introduciendo tal cantidad de información que se atrofia la capacidad de entender al otro.

Nos gusta resolver misterios. Funciona de la misma forma que las novelas policiales. Nos gusta tener a mano los ingredientes de una traición para desentrañarla, seguir la línea de sospechosos y descubrir al final el engaño. Encontrar al culpable que, muy probablemente, ignora serlo. 

Era octubre de 2020 cuando el youtuber y (ex) influencer Martín Cirio, conocido como “La Faraona”, hizo una jugada mediática que le salió muy mal, al acusar al cantante de cumbia El Dipy de pedófilo por la letra de una canción que hablaba sobre abusar a una quinceañera el día de su cumpleaños. “El Dipy” se defendió reflotando tweets antiguos del influencer que, en el año 2010, estaba en pleno festival escatológico: los tweets contenían alusiones a violar niños de primaria y masturbarse delante de ellos en clase. Para el cierre de este artículo, Cirio se había ido a vivir a Estambul, Turquía.

Sin embargo, en buena parte de los casos los linchamientos online son el instrumento de  campañas de odio derivadas de la misoginia, la homofobia y el racismo. En una conferencia pronunciada en 2019 en el festival XOXO, la youtuber y videoensayista Lindsay Ellis, quien fue objeto en 2018 de una campaña de odio por parte de grupos Alt-Right -al punto de que esta la llevó a pasar por una institución psiquiátrica-, menciona que no existen recursos para lidiar con este tipo de ataques, y que las redes sociales incentivan a ciertas personas llenas de odio a acosar a otros sin que haya consecuencias: “Se siente como si tuvieses una enfermedad, sobre todo si estás en Twitter, porque nada en Internet muere”.


… en buena parte de los casos los linchamientos online son el instrumento de  campañas de odio derivadas de la misoginia, la homofobia y el racismo.


Las redes sociales han sido muy a menudo un escenario frente al que nos sentamos a mirar como otros caen en llamas. Cuanto más grandes, más espectacular es la caída. Hay caídas con sabor a justicia y fanfarrias de victoria. Hay caídas lentas, dudosas, apasionantes de mirar. Hay secuencias largas y dolorosas, novelas en las que nos alegramos de no ser la persona cuya reputación rueda en llamas barranca abajo ni mucho menos uno de sus allegados. 

Cada influencer caído nos da la pauta de qué caminos no debemos recorrer. Como un robot cuyo algoritmo recorre un campo minado y aprende registrando los lugares donde los anteriores androides volaron en pedazos. La constitución de la fachada online modifica el comportamiento general y reduce, a menudo, las interacciones a un sistema de respuestas correctas e incorrectas.

Quién será el próximo culpable que se salga de la línea, qué nueva lección social aprenderemos, cuál de todas las prácticas que siempre fueron condenables pasarán al fin por el filtro del tribunal colectivo, lo descubriremos pronto.

Estamos expectantes.


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