Foto: Marcelo Somma – Revista THC

Entrevista a Fernando Soriano

Por Rocío Navarro, Sabrina Sosa y Federico Mucci


Fernando Soriano nació en Avellaneda en 1978 y es periodista desde 1999. Publicó notas sobre marihuana en las revistas Rolling Stone, Anfibia, La Agenda de Buenos Aires y Viva. Es autor junto con José Bellas de “Será siempre Independiente” (Planeta, 2014). Colaboró en la investigación periodística de los libros Recen por él, la biografía política del papa Francisco, de Marcelo Larraquy, y en Sangre azul, historia criminal de la Policía Federal, de Rolando Barbano. Entre 2000 y 2016 trabajó para diversas secciones del diario Clarín, desde donde impulsó el debate sobre cannabis medicinal. En 2016, fue reconocido por Taller Escuela Agencia (TEA) con una Mención de Honor en los Premios Estímulo. Ese mismo año obtuvo una Mención Especial en el V Premio Latinoamericano sobre Drogas por la crónica “Cultivar atenta contra el negocio narco”, publicada en Anfibia. En 2017 publicó “Marihuana” (Planeta), libro que reconstruye el origen de la historia de la planta. Actualmente, es columnista de Infobae, periodista en C5n, y co-conductor del programa “Un mundo extraño” en Radio Con Vos FM 89.9.


Hace un tiempo releímos una nota tuya, muy famosa, de la revista Anfibia, que en el perfil decía que a cierta edad, después de un cero en química, decidiste seguir tu intuición y dedicarte al periodismo. Nos preguntábamos, siendo ya periodista, ¿qué es lo que te llevó a especializarte en cannabis? ¿Cuál fue el camino de esa elección?

Estaba en la sección “Sociedad” de Clarín en ese momento y, si mal no recuerdo, no sé si era 2009 ó 2010, estaba el cristinismo en su mejor y máxima expresión, había un rumor de que se podía llegar a despenalizar la tenencia. Y, en paralelo a eso, en el Anexo del Congreso se habían organizado una serie de charlas por la Sociedad Civil Intercambios respecto del tema “marihuana”, y me mandaron a cubrirla, no porque a mí me interesara mucho la despenalización sino porque iban Aníbal [Fernández] que era ministro y Zaffaroni, que era ministro de la Corte, además de otras personalidades importantes. Fue el ministro de Salud de Portugal, bueno, fue muy grosa, y la cubrí. Y ahí, digamos que pasé de ser un consumidor de cannabis, y relativamente moderado, de moderado a bajo, a descubrir que había todo un mundo, todo un universo de activistas, de intelectuales, de abogados, abogadas, políticos y políticas. Descubrí la lucha por la legalización, por la despenalización. Lo mío, en ese sentido, no había pasado de alguna vez leer la THC, de alguna vez leer una nota de Emilio Ruchansky y de escuchar canciones que decían “legalicenlá”.

Pero ahí tomé contacto con las historias que encontré; ahí escuché. Fue como una especie de curso acelerado porque yo fui como periodista, pero terminé siendo un asistente y entonces, de alguna manera, incorporé un montón de conocimientos importantes, esenciales, para conceptualizar esta lucha. Y ahí ya me copé. Además, pensé que no había prácticamente periodistas que se dedicaran a eso, salvo Emilio Ruchansky, que estaba en Página 12; Ramiro Barreiro, que estaba en Tiempo Argentino, y los chicos de la THC, entre los que estaba Emilio mismo. La THC era una revista que vendía un montón, pero era la revista de nicho, para la gente ya convencida. Yo estaba en Clarín, entonces vi la oportunidad de, como dice Fabián Casas, filtrar la Matrix en ese tema, desde adentro. Y me costó un montonazo porque en realidad hice esas notas y después me costó escribir otras. 


Yo estaba en Clarín, entonces vi la oportunidad de, como dice Fabián Casas, filtrar la Matrix en ese tema, desde adentro.


Me acuerdo que en algún momento escribí sobre Matías Faray, pero en realidad no pude escribir en Clarín, entonces terminé publicando en la Rolling Stone; y en Clarín esa nota fue un recuadrito. Es decir, a partir de ahí me fui interiorizando. Y tomé la decisión de interesarme en el tema porque además yo era uno de todos los que estábamos amenazados de ir la comisaría por tener un porro o estar fumando un porro en la esquina. Digamos que, ibas a comprar un 25 y en el camino, desde el lugar donde lo comprabas a tu casa, te podían agarrar y meter preso por esta Ley de Drogas que todavía, increíblemente, existe. 

Eso fue lo que me metió; a partir de ahí empecé a interiorizarme, a publicar algunas notas y, sobre todo, a luchar contra la censura en Clarín. Entonces, también fue una manera de ejercitar mi capacidad de convencer o de filtrar algunos temas en un diario que estaba en guerra con el Gobierno -y bueno siempre fue un diario muy veleta- pero en ese momento estaba todo raro. Salió al toque el fallo “Arriola” de la Corte, y empecé de a poquito. No me acuerdo de qué año es la nota de Anfibia, pero sale creo que en 2016, que a esa altura yo ya estaba haciendo el libro. Y lo de Anfibia fue una manera de ensayar un poco el tono y de ver para qué lado iba.

Decías que intentaste filtrar la Matrix y terminaste haciendo un libro que, me parece, tiene base científica: usaste una metodología, das información con respaldo y generaste una fuente de consulta para cualquier persona. De alguna manera, educar ya es modificar la Matrix.

Sí, coincido en algún punto. En realidad, sí, pero pasó algo antes. Creo que fue en febrero de 2016, porque fue mi cumpleaños y el recital de los Rolling Stones en La Plata. Yo estaba hablando con el editor, camino al estadio; me acuerdo porque no escuchaba nada, y fue la primera vez que logré publicar en Clarín un título que me moría por publicar y que estaba dicho, de alguna manera, por Laura Alasi, la mamá de Josefina Vilumbrales, una nena con epilepsia. El título era: “La marihuana le permite vivir a mi hija”. Lo traigo porque cuando decís que el libro de algún modo ayudó a cambiar algo, creo que esa nota fue muy importante porque a partir de ahí se da una doble apertura en Clarín, y Laura a los dos meses estaba almorzando con Mirtha Legrand. Eso fue en febrero y en octubre se aprobó la ley en Diputados. Ahí ya estaba con el libro en camino. De hecho, salió en marzo de 2017, y el 29 de marzo se aprobó la ley en el Senado. Me acuerdo que estaba ahí, y mi editor me mandó un mensaje diciéndome que mi libro estaba camino a la librería.

Foto: Marcelo Somma – Revista TCH

El libro lo hice con la intención de que fuera una especie de manual. Tuve muchos quilombos, tardé un montón de tiempo mientras lo hacía e investigaba para encontrarle la vuelta narrativa porque, al principio, tenía miedo de que fuera una obviedad. Pensaba en el lector como el lector de la THC. Y después empecé a pensar en mi vieja como lectora; que es algo que me sirve mucho en general, pensar en el estereotipo de mi vieja, que es una mujer del Conurbano, que terminó la primaria y nada más. Entonces empecé a pensar en que tener un lenguaje coloquial y popular, de alguna manera, iba a hacer que fuera un libro que lo pudiera leer todo el mundo, que no sea un libro que sea del cannábico, del cultivador, sino que fuera un libro que se pudiera discutir en todos lados. Además, iba a salir en Planeta. Y, si bien podría decirse que soy un autor de Planeta, tengo muchos reparos con la industria editorial. Sabía que iba a ser de distribución masiva, entonces lo empecé a pensar más bien como pensaba una nota de Clarín o de Infobae.

Muchas de las cosas que cuento las aprendí haciendo el libro. Es decir que, de alguna manera, soy un lector de mi propio libro porque fui aprendiendo y fue como, bueno, “te voy contando lo que voy aprendiendo”. Y eso se nota. Hasta, quizás hoy, si lo escribiera la estructura sería diferente, porque me parece que el libro empieza con mucha historia; quizás hoy lo estructuraría de otra manera. Pero, esa fue la idea, que sea un libro para discutir entre todos.

En tu libro abordás una suerte de historización de la planta: su entrada al continente y, sobre todo, la construcción del estigma alrededor del uso. Tomando esto que decís y sumando que en 2014 ya habían entrado los primeros aceites, los Charlotte, que eran solamente para pacientes que tenían epilepsia refractaria, y ahora con el REPROCANN – programa en el que se pueden anotar como cultivadores solidarios para personas con patologías determinadas-, hay una militancia fuerte y una visibilización del uso medicinal. ¿No creés que de alguna manera se deja en sombra, cuando no se invisibiliza quizás, toda otra parte que tiene que ver con el uso recreativo, el uso adulto, y además con todo lo que se puede hacer en términos productivos con la planta de cannabis, con el cáñamo? 

Sí, me hiciste acordar de los Charlotte. Eran dos casos y con Emilio, y no sé si éramos él y los chicos de la THC, dijimos “no lo contemos porque le vamos a cagar el acceso”. Lo cuento como una apostilla a tu comentario. Cuando nos enteramos de eso, no lo podíamos creer, era un notición: están dejando entrar aceite de cannabis. Pensalo en ese momento. Hablé con Emilio y quedamos con él y con Ale Sierra, el director editorial de la THC, en no decir nada porque se venía la campaña electoral y teníamos miedo de contar eso y que, por una cuestión política, se lo cancelaran a las familias. Teníamos miedo de que si lo contábamos en Clarín, en Página 12, se armara una guerra electoral alrededor de eso y le trabaran el acceso a estas personas.

Eso por un lado, y por el otro, sí, coincido, pero trato de entenderlo como un proceso. ¿Cuál es el fin? El fin es la es la regulación total de la planta. Ese es el fin. Y cuando lo consigamos, espero que vengan otras luchas porque sino va a ser muy angustiante no tener porqué luchar, pero ese es el fin último: que se consiga la regulación del uso general, el uso adulto de la planta. Ahora, trato de entender, y fui aprendiendo con el tiempo, que es un proceso, un proceso que también juega, digamos, a través de los tiempos de la política y dentro esos tiempos también están los tiempos de cada una de las cosas. Y yo creo que ahí fue un lema “el dolor no espera”. Entonces, la verdad es que yo tengo plantas acá en mi casa; las tengo y no me importa, prefiero comerme un garrón, que espero no tenerlo con todos estos años de lucha, pero prefiero eso a que un niño o un viejito no acceda a su aceite. Es decir, me parece prioritario el dolor de las personas, resolver eso. 

Y, en términos políticos, también lo interpreto así. Me parece que es mucho más sencillo dar la discusión con lo medicinal que con todo lo demás, aunque sea injusto y aunque lo considere absurdo. Si yo estuviera ocupando una banca, iría por todo. Hay diputados y diputadas que quieren ir por todo, pero todavía no tienen el respaldo o sienten que la sociedad no los acompaña; me parece que en ese proceso ahora se está dando, o se va a empezar a dar, la posibilidad y la discusión de tratar el tema del uso industrial, de toda la parte productiva que ofrece la planta más allá de lo medicinal. Eso va a llevar a que después digamos “che, pará, terminemos con esta historia”. Y creo que para eso está sirviendo todo lo que pasa alrededor del mundo, que son los ejemplos que uno puede poner. Como yo podía ponerme de ejemplo diciendo: “Bueno, un momento, yo fumo cannabis desde los 20 años y tengo tres laburos y tengo mi casa y mi familia, y no tengo problemas con nadie, soy una persona normal”. Digamos que me parece que lo que está ocurriendo en los países donde está avanzando este tema, en Canadá, Uruguay, Estados Unidos, Colombia, sirve de ejemplo de que es inevitable. ¿Podría ser más rápido? Sí, podríamos tener representantes en la política más audaces y con más cojones u ovarios, sí; y a la vez, bueno, hay países que están peor. Estamos en un camino lento, pero creo que yo soy bastante optimista. 

Ya que traés también a colación el tema del uso industrial, del cáñamo, ¿tenés alguna apreciación al respecto y sobre los intereses que toca? Sabemos que los cultivos intensivos, sobre todo de tejidos, de fibras, entran en conflicto con otras problemáticas de distintos tipos cultivos que se dan en Argentina.

Información, tengo poca. Hay un proyecto de ley de Mara Brawer, presentado en Diputados en noviembre, con el aval del Ministerio de Producción; y también creo que hay uno en Senadores. Y después pasó lo que anunció Alberto [Fernández] el primero de marzo. Sobre lo que anunció no me metí demasiado en el tema. Pero sí, me mandaron todo un documento enorme que prepararon para el Ministerio, que lo prepararon dos especialistas, y lo estuve leyendo en diagonal y parece haber claras intenciones de que esto sea legal y que haya un desarrollo productivo alrededor de la planta de cannabis como ya lo hubo, y eso está en mi libro. Yo miré todos los censos industriales, agroindustriales de la historia, desde el primero, que lo hizo Sarmiento, hasta el último, y siempre hubo, hasta no hace mucho, cultivo de cáñamo por todos lados. Está la famosa historia de Jáuregui, que también cuento en el libro. Entonces, no es nuevo. Es lo que escribí en un tuit, después de escuchar a Alberto: “No es la conquista de un derecho, sino la recuperación de un derecho”. Y además, de un gran negocio, que en este documento, están las proyecciones, y son muy interesantes.

Ya, de la parte más agro, entiendo que el cultivo de cáñamo trae un beneficio extra para la tierra que es esto de la diversidad: salir del monocultivo. Y, hasta donde sé, el cultivo de cáñamo renueva la tierra a diferencia, por ejemplo, de los monocultivos de soja que la empobrecen.

Respecto de la lucha por el acceso al cannabis, y a partir de tu contacto con mucha gente que se encuentra reflexionando sobre esto, ¿alguna vez te encontraste con personas que hagan o vivan la analogía de pensar la lucha de las madres por el derecho al acceso al cannabis con la lucha de las Madres, en la recuperación de la identidad y de sus hijxs?

Nunca leí nada puntual, ningún ensayo sobre eso. Pero sí que lo hablamos. No quiero ser autorreferencial pero Mamá Cultiva, por ejemplo, me ha invitado a hablar en sus talleres y me parece una observación interesante. Siempre están las madres y las mujeres poniendo el pecho por sus hijos. No quiero ser injusto con el resto de la militancia, pero el rol de las madres fue trascendental hacia afuera. 

Te cuento una anécdota para representar esta idea. Con toda la movida de Clarín, donde estaba luchando por contar todas estas historias, no me acuerdo si fue en 2016, yo puteaba todos los años porque la marcha salía en una foto chiquitita, en la era de papel, como la nueva marcha era un sábado, salía un domingo en la sección “Sociedad” abajo de cualquier boludez o cualquier chivo del diario, ¡y se juntaban 100 mil personas! Entonces, ya ese año con un poquito más de chapa o de espalda, porque lo del cannabis ya venía siendo un tema de discusión en el Congreso, fui a decirle a Héctor Gambini, que en ese momento era mi jefe en “Policiales”: “che, Héctor, ¿vos qué harías si de repente se juntan 100 mil personas en la Plaza de Mayo y caminan hasta el Congreso para pedir porque vendan malvones en todas las esquinas? ¿Sería una noticia grosa?”. “Sí, sí, claro, sería muy groso, habría que cubrirlo”, me dice. Entonces, me siento al lado y le digo, “googleá «marcha cannabis Buenos Aires»”. Googleó y apareció la famosa foto de la THC que es una foto de la avenida llena de gente y de fondo la Casa Rosada. Entonces, le digo “¿qué hacemos con esto?”. “Tenés razón, cubrilo”. Y ese domingo fue foto de tapa de Clarín. Pero, ¿por qué cuento esta anécdota? Porque me dijo, “hagámosla si adelante, en la marcha, van las madres con sus hijos”. Llamé a los organizadores y les dije que iban a ser tapa si esto era así y, me dijeron que sí: “van a estar”. Entonces, qué pasa con las madres y sus hijos: logran mucha empatía. Logran que la gente pueda ponerse en ese lugar y que uno sienta miedo de que le pueda pasar a uno. Pero también es justo decir que la militancia de cannabis precede a la madres y cuenta con muchos héroes y heroínas que vienen peleando por eso desde hace más de 20 ó 30 años. En el libro también está esto: Orge en el ’84 participando de una marcha en la que eran 10, pidiendo que la legalicen.

Foto: Marcelo Somma – Revista THC

Partiendo de la demonización, que bien describís en tu libro, a partir de la caída de la Ley Seca, ¿dónde creés que está el punto de inflexión por la desestigmatización? Si bien empiezan algunos jóvenes con la “vanguardia” del uso del cannabis, ¿dónde creés vos que la gente empieza a aflojar en el estigma?

Me parece que es una serie de factores que se van dando, pero sobre todo, es un cambio generacional. Por mi trabajo conozco jueces, diputados, senadores, ministros, y todos rondan mi generación, y fuman porro, fumaron alguna vez, o tienen/tenemos amigos que fuman y ya queda muy poca gente que no vio la planta. Cuando yo tenía 18 años fumaba prensado, en verdad empecé a fumar después, y no sabía ni de dónde venía. Hoy ya todo eso no pasa, todo el mundo ya sabe que se fuman las flores. Y digo que es la generación, porque también esa generación va transmitiendo hacia arriba y hacia abajo. A mí ya me cuesta leer un fallo de un juez de 45 años contra alguien que tiene porro. Y va pasando cada vez menos, y eso, digo, es una cuestión de tiempo. ¿Alguien se puede imaginar que la generación que hoy tiene 17 años condene? Sí, podemos pensar en un grupo minúsculo de antiderechos como los antiabortos, es decir, hay jóvenes, pero está cruzado con la religión, y esto ni siquiera. Me parece que es una cuestión generacional y también de cabezas que van ensayando sobre el tema drogas en todo el mundo. Deja de haber una mirada, y acá soy también optimista, un lenguaje en donde las drogas son todo lo mismo. Empieza a cambiar todo eso. 

Yo sueño con hacer un programa que hay en Holanda, quizás lo vieron en Youtube: es un laboratorio de drogas. Son dos pendejos, -digo pendejos porque tienen veintipico, calculo que son recibidos, con título, todo- que experimentan con diferentes drogas y cuentan lo que van sintiendo. Está monitoreado todo el cuerpo y se van mostrando los efectos y dicen lo bueno, lo malo. Cuando termina el programa hay una parte final, un balance. Siempre son dos y sortean: ¿quién toma esta vez? Entonces, hay uno que queda sobrio y otro que queda bajo los efectos de la droga que sea. El que toma la droga al otro día se filma con el teléfono en su casa y dice “bueno, pude dormir bien, pude dormir mal, estoy con resaca”. Bueno, yo digo, “eso ojalá lo pudiéramos hacer acá en Canal Encuentro”, pero creo que en definitiva es una cuestión de tiempo. Porque los que hoy estudian derecho y van a ser jueces dentro de veinte años, ¿realmente van a castigar al que tiene tres plantas de cannabis en su casa? Me parece que ya no va a ocurrir. Entonces ese cambio, ese fin de la estigmatización tiene que ver con eso. Tiene que ver con Internet y el acceso a la información. Entonces no es que lo tenés a Lestelle [Alberto] en la tele diciéndote que el cannabis te quema la cabeza y te quedás con esa información porque es a la única que accedés, sino que hoy podés llegar a un montón de opiniones, un montón de información y eso te va rompiendo el estigma, ¿no?

¿Cómo fue que pregnó tanto esa representación estigmatizante sobre el consumidor de marihuana? Pensando un poco en esto de lo generacional y lo cultural, ¿qué herramientas tenemos para empezar un camino de deconstrucción de esas representaciones?

Bueno, para cambiar la cabeza hay que pensar que la planta es una sola. Que somos dueños de nuestros cuerpos y que la marihuana no es la puerta de entrada a ninguna droga, la puerta de entrada a otras drogas son las puertas de las casas de los dealers. Y esta estigmatización está por cumplir 90 o 100 años y tiene que ver con un montón de factores relacionados con el negocio de la ilegalidad. No casualmente se prohíbe la marihuana cuando se vuelve a legalizar el alcohol. Algo había que perseguir. Y era la marihuana porque la consumían las minorías. Sobre todo los negros o afrodescendientes (estamos hablando de EEUU), los mexicanos y los chinos. Y además, había que luchar contra la marihuana porque estaba empezando el desarrollo de la celulosa y de la industria de los plásticos. Y el cannabis se usaba para todo eso. Fue una conjunción de factores que vino al dedillo en los años ‘30 para prohibirla. A partir de ahí nació una narrativa falsa, tendenciosa, sobre los efectos negativos que te generaba la planta sin derecho a réplica, porque no había información ni había lugar para otras opiniones. Ignorando lo que yo cuento en el libro que son miles de años de cultura en relación con el cannabis. Y bueno, eso se revierte con educación. ¡Con libros como Marihuana! (risas). 

Foto: Marcelo Somma – Revista THC

En algo tan versátil y tan terapéutico para un abanico bastante grande de patologías y afecciones como el cannabis no es noticia, y se relega un poco, la evidencia científica. Vos, ¿notás algo por el estilo? ¿Cómo ves el hecho de que la evidencia científica se encuentre un poco relegada a la hora de la visibilización de las luchas? 

No sé. No sabría responderte bien. Creo que la evidencia científica es clave, pero si alguien dice que no hay evidencia científica de la eficacia del cannabis para la patología del hijo de Valeria Salech, que es la presidenta de Mamá Cultiva Argentina, y la sentás a Vale y te dice “mirá, mi hijo pasó de pegarse la cabeza contra la pared a darme abrazos”, chau. Que el científico espere un cachito acá que le tenemos que dar aceite al niño (sic). Entonces, me parece que ahí hay una cosa medio complicada. Yo estoy a favor de que se investigue y de que haya evidencia científica. No sé si estoy seguro de que eso tenga que ser el parámetro definitivo, ¿no? Porque con ese criterio debe haber evidencia científica de todo lo mal que te hace el tabaco y el alcohol y vas al kiosco y lo comprás.

Además, no hay evidencia científica del daño que le hace el macrismo al país, y sin embargo mirá…

La pregunta apuntaba al hecho de que uno de los justificativos para retardar la legalización o la regulación es que no hay evidencia científica. Pero en las conclusiones de los papers se sostiene siempre que “sin embargo, aún falta evidencia científica”, aunque estadísticamente los resultados fueron significativamente a favor. Siempre fue como un conflicto de intereses que había detrás.

Pero también, ¿por qué no hay evidencia científica? No la hay porque es ilegal. Entonces, también es difícil investigar algo que no te dejan cultivarlo, tratarlo… Raphael Meschoulam, lo deben saber, tuvo que pedir permiso al gobierno de Israel para investigar la planta. Gracias a él se descubrió el THC, bueno, todo lo que ustedes ya saben. Entonces no es tan sencillo pedir evidencia científica con una planta que la tienen ilegalizada. Es como que “claro, sí, ¿vos querés evidencia científica? Legalizala, hermano o hacé algo”.  A mi me gustaba chicanear a Patricia Bullrich con el show que hacía con los secuestros de marihuana diciendo “ok, Patricia, ¿por qué no agarrás ese pan de marihuana que vos estás tirando tan alegremente a la caldera y se lo llevás a los investigadores del Conicet y nos dicen a todos que mierda tiene el prensado?” Para que dejemos de fumarlo y para saber qué carajo le hacen, porque la mayoría de los pibes pobres de este país fuman prensado. Entonces, todo el tema también está relacionado con la legalidad y la ilegalidad.


¿por qué no hay evidencia científica? No la hay porque es ilegal. Entonces, también es difícil investigar algo que no te dejan cultivarlo, tratarlo…


Le pasó a la empresa del Estado de Jujuy. Lo más difícil fue la aprobación de Seguridad. Y estamos hablando de Gerardo Morales, que tiene presa a Milagro Sala, ¿no? Le pasó a Jujuy, pasa en todos lados, sigue pasando. Ahora, obviamente, con otro criterio. Pero vos acordate que la discusión de la Ley medicinal, que es la 27 350, pasó por la Comisión de Seguridad. Y era Luis Petri el presidente de la Comisión el que ponía los peros y les decía: “esto sí, esto no”. Entonces… así salió, y es la ley que todavía tenemos. Con una reglamentación mejor, sí, pero ojalá este año se pueda cambiar y pueda votarse una nueva.

Hablabas recién del recambio generacional. Y en el medio hay cuestiones que tienen que ver con leyes y también con cuestiones formativas. Pensemos en la gran cantidad de jóvenes policías egresados y cómo la formación de estos cuerpos apunta a la acción discrecional y al castigo, ¿no? Entonces, en medio del recambio generacional también tenemos una cuestión formativa muy fuerte…

Sí. La policía actúa por la ley, entonces, si vos tenés otra ley que regula el uso y la tenencia, el policía no puede actuar. Fijate lo que pasó en Mar del Plata, el exhorto de Juan Tapia, juez de Mar del Plata, a los policías para que no detengan personas con hasta, creo, 50 gramos de porro y 10 de cocaína. Bueno, ahí los policías son obedientes -a veces. Entonces, me parece que eso que decís es una discusión más para la actualidad, donde tenemos esta Ley, y no para pensarlo como recambio generacional. Y además, probablemente sean las excepciones, pero yo conozco mucha gente que tiene grows y si vas y les preguntás, todo grow tiene un policía cultivador como cliente. Entonces,  el recambio generacional también se da en los policías. Obviamente que su formación va a ser punitivista, represiva y bueno, es un poco la condición de la policía que tenemos y la formación de esos agentes acá. Pero creo que incluso así, ellos también son parte del cambio y aunque no lo sean van a tener una ley que les va a decir “muchachos, dediquensé a otra cosa que esto ya no es un delito”.

De cara al recambio, no solo generacional, sino al cambio de legislación, ¿cómo creés que puede llegar a ser el carácter que adopte eventualmente una nueva ley? ¿A la uruguaya, con una intervención estatal fuerte? ¿Cómo ves la posibilidad de liberar el cultivo de una manera casi absoluta?

No, liberar el cultivo de manera absoluta me parece que no va a ocurrir nunca jamás. Ni siquiera sé si está mal. Lo que sí, me parece que podría ser un modelo que tome lo mejor de cada país, digamos. Que agarre lo mejor de Canadá, lo mejor de Uruguay y lo mejor de otros ejemplos. A mi me gustaría, digamos, yo soy fan de la intervención del Estado, pero tampoco quiero ser ingenuo. Me parece que acá hay un negocio. Porque así y todo, Uruguay tiene el monopolio de la distribución pero el cultivo está regulado por el capitalismo, es decir, ellos te dan la licencia pero en realidad no es el Estado mismo el que cultiva sino que son privados. Y a mí me gustaría simplemente que sea un mercado regulado en todo sentido. Que se regule el cultivo personal, que se regule la venta en dispensarios, en farmacias. Que se regulen los precios, la calidad. El modelo de California me encanta, también. O el de Colorado, ¿no? Insisto, yo no soy especialista en modelos de regulación, por lo tanto me puedo estar comiendo alguno bueno o me puedo estar comiendo algo malo de los que te menciono como buenos, pero yo estuve en 2019 en California y podía ir a un dispensario, elegir de la larga lista de porro el que yo quería y fumarlo en la plaza con chicos jugando alrededor y nadie me miraba mal. Me parece arrancar por ahí… tener tus plantas. También todo esto atado a que la regulación atenta contra el narcotráfico. Digo, Patricia Bullrich todavía no lo entendió, y muchos otros tampoco, pero todo lo que sea regular el mercado atenta contra el mercado negro. Y, ¿qué genera más muertes, el consumo de las drogas o la disputa de los territorios narcos? Yo ya estoy harto de decir esto, posta, ya es medio obvio, ¿no? 


Patricia Bullrich todavía no lo entendió, y muchos otros tampoco, pero todo lo que sea regular el mercado atenta contra el mercado negro.


Sí, se suele ver que se dice “la problemática del consumo de cannabis” cuando la problemática no es el consumo. Son los mercados negros, el narcotráfico y todos los intereses que se esconden detrás. La prohibición misma es la problemática. 

Exactamente. Y, en todo caso, la problemática del consumo personal es una problemática de índole emocional. No es la droga que viene con un palito, te va persiguiendo y te atrapa. La verdad es que es muy difícil convertirte en un adicto a la marihuana que no puede salir. Pero si así lo fuera, o con otras drogas que son más adictivas o más jodidas, hay un problema emocional de fondo. Entonces, el Estado tiene que estar no para castigar a esa persona que tiene un problema con la sustancia, sino para ayudarlo. Ayudarlo a salir y a sanar. Y esa sanación no tiene que ver seguramente con el consumo sino con la historia de vida, con sus problemas. Yo quiero un Estado presente ahí, no un Estado presente para meterte preso. 


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