Ilustración: Pilar Fontova

Por Agustina Trupia


Mi derecho a explorarme, a reinventarme, hacer de mi mutar

 mi noble ejercicio, /Veranearme, /Otoñarme, /Invernarme 

las hormonas, /las ideas, /las cachas, /toda el alma.

Susy Shock, “Reivindico mi derecho a ser un monstruo”

Suena una melodía enlatada. Abro los ojos en mi cama; despierto y acaricio a mi gato. Agarro el celular para detener ese ruido. Estiro mi cuerpo, me refriego los ojos y me levanto. Voy hacia el baño, me siento y hago pis. Me lavo los dientes. Vuelvo a mi habitación para estirar las sábanas y, por encima, el acolchado para dejarlo prolijo. Tomo la ropa interior del placar y me la pongo. Elijo un jogging diferente al de ayer y la misma remera que usé el sábado. Voy al living y corro las cortinas para que entre la luz del día. Entonces camino hacia la cocina, abro la heladera y tomo dos frutas para desayunar: elijo una mandarina y una manzana. Las llevo al living, abro la computadora y, mientras se enciende, corto las frutas. Busco en internet la misma radio que escucho todos los días a esta hora. Traigo una botella de agua, me sirvo en un vaso y, cada tanto, tomo sorbos. Como los trozos de fruta, respondo algunos mensajes que dejé pendientes la noche anterior, escucho la radio. Respondo un mensaje de mi mamá, otro de un amigo, mails de trabajo. Busco algunos libros de la biblioteca que pueden ser útiles para lo que tengo que escribir. Apago la radio para poder concentrarme, me acerco a la computadora y me pongo a tipear. 

La pregunta por su identidad de género hace meses, tal vez años, que a Euge le está rondando agazapada. A veces se acerca y entonces la siente respirando atrás, en su nuca. Otras, logra alejarla y mansamente obedece. Se dice a sí misma que no es razonable que, frente a otras personas que realmente lucharon por poder ser quienes son, ella tenga esta duda. A lo largo de su vida, las personas que la fueron rodeando siempre la trataron como mujer cisgénero. Eso fue constitutivo en el modo de verse a sí misma. Unos días atrás, leyó Yo nena, yo princesa y pensó que eso es luchar por la propia identidad; “eso es sentirse en disconformidad con lo que nos dicen que somos y con cómo el resto nos llama e identifica”, pensó. Hace un tiempo, también leyó Clara, el relato de una mujer trans que, en su adultez y estando lejos de su país de origen, tomó la decisión de transicionar y entonces reflexiona sobre el tiempo en que no pudo ser quién quería ser. Sentada en su escritorio, Euge piensa en Las malas, en Testo yonqui, en Trans*, en Marilyn, en Marlene Wayar, en Soy Sabrina, soy Santiago, en La virgen cabeza, en Paul B. Preciado, en Susy Shock…

Siente un nudo en la garganta. “¿Estaré perdiendo tiempo?”, se pregunta. Desde hace años, está leyendo y escuchando relatos de personas que encuentran una liberación de algunos mandatos sociales al mostrarse como se sienten. ¿Es acaso posible que ella tampoco se identifique con el género con el que se la reconoce desde que nació? No sufrió como sufrieron esas personas a las que tantas veces leyó y escuchó. Tampoco siente una molestia cuando se refieren a ella en femenino, pero a veces le gustaría que también lo pudieran hacer en masculino o con la “e”. 

Cuando estaba en la facultad y leyó por primera vez que el género era una construcción cultural, algo explotó adentro suyo. ¿Cómo era posible que aun aquello que siempre había dado por sentado (su género) resultara ser una construcción cultural? Al igual que lo es el hecho de comer con cubiertos, el modo en que respondemos a un chiste, la forma en que dormimos o en que vamos al baño. La implosión fue tal que marcó su deseo posterior en relación con lo académico. A partir de ese momento, siente una gran atracción por las lecturas que abordan la cuestión de los géneros y de las identidades disidentes. Al encontrarse con esos textos, halla una posibilidad para seguir pensándose.


¿No sería en definitiva más razonable abogar por la supresión de los géneros o establecer que hay tantos como personas?


Euge suele sentirse tensionada entre dos extremos: piensa que el género, la orientación sexual y la expresión de género no se eligen. Pero, a veces, siente que, en su caso, están en construcción. Se acuerda de de Beauvoir y su idea del género adquirido. Y se imagina a ella misma como un laboratorio de experimentación. “¿No sería en definitiva más razonable abogar por la supresión de los géneros o establecer que hay tantos como personas?”. Con el correr de los años, cuando se encontró siendo parte del movimiento transfeminista, comenzó a creer que, en términos de colectivización y de representación política, todavía, no es conveniente la absolución de los géneros. Entonces continúa.

Es habitual que Euge piense en su rutina diaria. Mientras camina por la calle, viaja en colectivo o ahora, que está en su casa en cuarentena con su gato sin que haya otros sujetos que la vean, piensa en qué parte de su día está siendo mujer cisgénero. Entonces hace para sí misma el relato con el que empezó este texto. Lo extiende a todos los momentos del día, incluso a los más íntimos y personales. Y piensa: “¿en qué momento, en qué acción fui mujer cis?”.


Su expresión de género, a raíz del modo en que le enseñaron a moverse, hablar, acomodar sus rasgos físicos, se entiende que es propia de una mujer cisgénero. Pero no comprende qué es eso. “¿Cómo es posible que otres decodifiquen socialmente, por ejemplo, el modo en que camino como perteneciente a una de solo dos opciones dadas?”.


Como primera respuesta, se le ocurre que es la mirada de la gente la que entiende su modo de accionar y de moverse como propio de una mujer cisgénero. Si la acción de (su) género es, como recuerda que propone Judith Butler, una actuación reiterada de significados determinados socialmente, debe preguntarse entonces por sus acciones y su carácter público. Su expresión de género, a raíz del modo en que le enseñaron a moverse, hablar, acomodar sus rasgos físicos, se entiende que es propia de una mujer cisgénero. Pero no comprende qué es eso. “¿Cómo es posible que otres decodifiquen socialmente, por ejemplo, el modo en que camino como perteneciente a una de solo dos opciones dadas?”.

Entiende qué implica ser mujer cisgénero si contrapone sus vivencias a las de las mujeres travestis y trans; las diferencias y desigualdades son evidentes, por ejemplo, en materia de privilegios. Pero intenta hacer referencia al género que se le atribuye, sin pensarlo en contraposición con las identidades trans. O sí, pero no solo en relación con ellas.

 En un libro de Monique Wittig, leyó que la “mujer” como construcción política e ideológica niega a “las mujeres”. Habría que matar al mito de la mujer, como estrategia política, pero sin perder de vista la importancia de lo colectivo. Hace carne la incomodidad que le genera correrse de esta identidad política de mujer por las tensiones que trae consigo al interior del feminismo (o al menos de cierto feminismo que cree que es la mujer biológica y en singular el sujeto a quien representa). 

Al mirar hacia atrás, recuerda los recreos en los que jugaba al fútbol con sus compañeros varones, lo poco que le interesaron las revistas destinadas a un público femenino, la atracción sexo afectiva que sintió por personas de distintos géneros desde que es adolescente. Pero cree que los juegos, lo que leemos, las personas que nos atraen no definen nuestra identidad de género. Desde chica, tiene la costumbre de mirar a su alrededor a las mujeres cisgénero que la rodean. Era habitual que, en reuniones de cumpleaños, cuando recién había comenzado el colegio secundario, mirara a su mamá, su tía, sus abuelas, las amigas de su mamá e hiciera fuerza para imaginarse de grande parecida a ellas. No se sentía cómoda con esa idea, y tampoco comprendía qué era aquello que las unía y permitía que se las llame mujer cis al igual que a ella.


Habría que matar al mito de la mujer, como estrategia política, pero sin perder de vista la importancia de lo colectivo


Ahora que ya es adulta se pregunta: “¿en qué parte de mí o de mis comportamientos estoy siendo mujer?”. Más allá de la mirada de otras personas que la identifican como mujer cis, sabe que comparte con otras muchas identidades una historia de dominación. Reconoce que las une la violencia sobre sus cuerpos que sufren desde que nacieron y el haber tenido que hacer el doble de esfuerzo que hacen los varones heterosexuales cisgénero blancos de clase media o alta para habitar el mundo. Estas vivencias de dominación y violencias la unen con otras mujeres cis, identidades travestis, trans, lesbianas, intersexuales, no binaries, maricas, y todas las otras que existen y sienten este tipo de violencias. Pero también piensa que la unen con otros varones que se corren de las normas impuestas por la masculinidad hegemónica. 

A Euge le resulta incómodo definirse por la negativa o desde el lugar de víctima; pero hay violencias insoslayables. Abraza esta incomodidad. Entiende el poder de lo colectivo. Mientras se busca y define, necesita la unión política con otres compañeres. Recuerda que Marlene Wayar sugiere que aquello que no somos nos define tal vez más que lo que sí somos, en relación con la pregunta de quiénes estamos siendo. Por el momento, se piensa unida a quienes desean enfrentar el orden patriarcal heterocisexista que intenta dominar, callar y, en última instancia, aniquilar. Cree también que habría que encontrar nuevos modos afectivos de socialización desde posicionamientos antiespecistas. 


¿Cómo me identifico? ¿Vale la pena preguntarme esto, si desde la expresión de género a nadie más, salvo a mí, parece quedarle dudas de que soy una mujer cisgénero? ¿Es siquiera respetuoso hacia otras identidades preguntarme esto? ¿No hay otras urgencias que resolver? ¿Y si me lo pregunto en voz alta y después resulta que confirmo que soy una mujer cis?


Vuelve a encontrarse consigo. “¿Cómo me identifico? ¿Vale la pena preguntarme esto, si desde la expresión de género a nadie más, salvo a mí, parece quedarle dudas de que soy una mujer cisgénero? ¿Es siquiera respetuoso hacia otras identidades preguntarme esto? ¿No hay otras urgencias que resolver? ¿Y si me lo pregunto en voz alta y después resulta que confirmo que soy una mujer cis?”. Euge apoya la cabeza en su escritorio. Piensa que podría levantar la compuerta y darle espacio al caudal de incertidumbres para que se desparramen. No está segura. Por el momento, continúa con la indagación silenciosa a cada paso que da y se sigue preguntando si ahora, mientras mueve los dedos en el teclado, está siendo mujer cis.   


Escribir un comentario