Ph: Federico Bini

Por Solange Rodríguez Soifer


Cuando escuché ¡a comer!, estiré mi vestido como pude y emprendí la carrera hacia casa. Debía estar sentada en la mesa antes del  primer llamado para que mamá no empezara con su rosario de quejas. Ella no sabía que tres minutos antes había hecho pis en el pasto, y que esa laguna tibia ahora se disipaba entre los arbustos. 

Esquivé los latigazos de las sábanas colgadas, y traté de no tropezar con Piccolino, que me seguía y por momentos se adelantaba, miraba hacia atrás y volvía sobre sus pasos para alcanzar mis piernas y empujarme con su hocico. Aun así logré llegar al comedor justo a tiempo; el aroma a pan recién horneado y pizzellas invadieron la nariz, mientras la panza se quejaba con un remolino de sonidos. Mamá estaba parada en la cocina y cortaba el pan en rodajas; la abracé con fuerza y los pliegues de su falda taparon por completo mi cara. Olía a ropa secada al Sol. Me dedicó una sonrisa y sus ojos se volvieron más luminosos; aún con el rodete que ocultaba su pelo, me parecía la mujer más hermosa del mundo. Con la mano tiznada de harina, me dio un empujoncito en señal de ir hacia la mesa. 

Di unos saltitos y me ubiqué en mi lugar; sabía que papá llegaría un momento después para colocarse en la cabecera. Así lo hizo, y antes de sentarse, soltó su delantal sin sacárselo; cuando bebió su café, la cerámica de la taza desapareció entre sus dedos de gigante. Mamá se limpió las manos con un trapo y acomodó como lo hacía siempre el cuadro que cada tanto se torcía, encendió la radio, y recién ahí ocupó su asiento, a la derecha de papá. Comenzaban a escucharse como cada lunes, los acordes del programa Canta Rabagliati. Fue entonces que un recuerdo lejano me sacudió.  

La melodía aún sonaba cuando la radio silenció de a poco la voz, hasta quedarse muda. Abrí los ojos. El cuadro ya no estaba, ni siquiera era la misma pared; sólo un reloj gris colgaba de la superficie blanca. Se escuchaba desde la tv una novela, y frente mío una mujer la miraba sin pestañear. 

-¿Qué hago acá? -le pregunté.  

-Vivís acá -me respondió sin despegar los ojos de la pantalla. 

Escuché pasos a mis espaldas pero no alcanzaba a ver de dónde provenían ni quiénes eran los intrusos. Intenté pararme cuando noté que algo me lo impedía: estaba atada a la silla. Comenzó a faltarme el aire.

-¡Quiero ir a mi casa! -dije con una voz cascada que no parecía ser mía.  

Los ojos celestes de la mujer me miraron con impaciencia. Había algo familiar en ellos, pero no estaba segura.

-Ya te dije que no podés volver. 

-¿Quién sos vos? ¡Quiero ir con mi mamá!

Traté de levantarme pero los huesos parecían estar rellenos de plomo.

-Quedate quieta que te vas a caer de nuevo.

¿Cuándo me caí? Miré mis piernas. Las vi finitas, débiles. Bajo el pantalón asomaba algo que hacía bulto a la altura de la cadera. Intenté soltarme pero sin tener la fuerza suficiente, el cansancio acabó por apagar mi cuerpo. 

Piccolino ahora no me prestaba atención; concentrado, rasgaba la tierra con sus patitas delanteras. Quería enterrar un hueso de pavo que había chupado por horas hasta dejarlo brillante. Mientras mamá colgaba la ropa de cama, yo armaba un ramo con flores de distintos colores para sorprenderla. Entre chicharras y susurros de árboles, se colaba el martilleo constante de papá sobre una espuela. En ese momento, algo que pareció como un trueno hizo vibrar la tierra como si miles de animales saltaran al mismo tiempo. Una bandada de pájaros voló a toda velocidad y en el horizonte comenzó a dibujarse un enorme árbol hecho de humo. 

– Carmelina ¡a la casa! 

Miré hacia mamá pero ya no estaba ahí; en su lugar había una sábana a medio colgar anudándose por el batir del viento y la tina volcada que parecía herida de muerte, con ropa asomándose de su panza de metal. Llegué al comedor lo más rápido que me dieron las piernas, y vi que el cuadro se había torcido por completo, pero esta vez  mamá no lo acomodó. Aunque el obsequio parecía desubicado, mis manos aún sostenían el puñado de flores silvestres. Papá encendió la radio y subió el volumen; es el Duce, le decía a Mamá. El discurso con palabras que no entendía comenzó a esparcirse por la casa. Combatientes de Tierra, del Mar y del Aire, Camisas Negras de la Revolución y de las Legiones, declaración de guerra, ¡venceré, y venceremos! Papá y Mamá se quedaron al lado de la radio medio encorvados, como si les contara un secreto, pero de esos que uno no quiere saber. Entonces supe que había algo que debía recordar.

El sonido de noticias urgentes se apagó y el silencio volvió a ocupar la casa. Abrí los ojos. El cuadro ya no estaba, ni siquiera era la misma pared; solo un reloj gris colgaba de la superficie blanca. Se oían pasos de fondo y una mujer enfrente mío leía un libro; no sabía quién era, aunque me resultaba familiar. Intenté pararme para salir de ahí, pero no pude; algo me detenía. Miré hacia abajo y vi una especie de cinturón que me sujetaba de lado a lado. Empecé a lloriquear pero para mi captora parecía que yo era invisible.

-Quiero ir al baño.

Siguió con la lectura de su libro y sin levantar la vista, me respondió.

-Tenés los pañales.

Me miré para comprobarlo. Debajo del pantalón había algo que hacía bulto a la altura de la cadera. Qué vergüenza tener que hacer ahí delante de todos. ¿Y si mamá se enteraba?

-¡Quiero ir al baño! -grité y las lágrimas acumuladas saltaron hacia los costados. 

-¡Ay, Dios! ¡No te soporto más! ¡Hacé en los pañales, mamá! 

Me quedé muda. Cuando reaccioné, miré mis manos apoyadas sobre las piernas; ya no tenían ramos de flores silvestres ni eran como yo las recordaba. Levanté la vista y me crucé con esos ojos claros que me miraban con desprecio, y recordé que alguna vez me contemplaron con admiración, como yo lo hacía con mi propia madre en un tiempo que ya no existía. Recordé también que tuve hambre, tuve frío y tuve miedo. Volvió a mí el crujir de un barco en altamar, que me llevaba lejos, en un viaje solo de ida. Escuché al oficial anotar mi nombre como Carmen, “porque Carmelina acá no existe”. También cómo sonaban en mis oídos las palabras nuevas que se esforzaron por esconder las viejas, aquellas de un idioma que ya no me pertenecía. Asaltaron mi memoria los amores lejanos, esos que te juran la luna y los otros que te juran el pan, y el más profundo, el de esos ojos celestes que una vez fueron chiquitos, cuando los miré por primera vez después de salir de mi vientre. Recordé entonces que dejé de recordar. La laguna tibia comenzó a fluir por el pañal, borrándose el rastro de la vergüenza. Cerré los ojos y entonces vi todo de nuevo. Sábanas colgadas que se agitaban al compás del viento; Papá martillaba; Piccolino empujaba mis piernas con su hocico; Mamá cocinaba, y como cada lunes, los primeros acordes de Canta Rabagliati comenzaban a sonar en la casa.


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