Ph: Micaela Giudici

Por Rocío Navarro


“Pero allá lejos todavía hay una hoguera

donde se abaten las estrellas humeantes

y quienes las vuelven a encender les piden

que se eleven hasta esas llamas sublimes

y que ardan con ellas

Oh público

sean la antorcha inextinguible del fuego nuevo”

Apollinaire, Las tetas de Tiresias

A la hora de hablar acerca de posporno es inevitable referirnos a la pornografía. Sabemos que el porno se erige como el discurso en el que se alojan todas aquellas prácticas hegemónicas heteronormativas que dictan, de alguna manera, el reglamento de la estructura sexogenérica que se impone, se legitima y se recrea una y otra vez en cada cumshot, en cada primer plano de las penetraciones que recortan rostros, subjetividades, identidades.Y allí en donde el porno impone sus representaciones de prácticas sexuales determinadas, ejercidas por sujetos con roles genéricos asignados, el posporno funciona como resistencia a ese discurso y des-genera, echando luz sobre otras corporalidades, otras prácticas y otros placeres.

La sexualidad: el dispositivo y la resistencia posporno

Ya Foucault en Historia de la sexualidad analizaba la sexualidad en términos de resultado de la elaboración de cierto tipo de discurso: de saber sobre el sexo. Así, identificó una serie de estrategias y operaciones que sucedían en el orden del discurso y que reproducían una y otra vez los efectos de sentido del ejercicio del poder. Hoy, en esta sociedad posmoderna, la reproducción de estos discursos se da de manera más copiosa y significativamente más veloz. 

La sexualidad, entonces, es entendida como una tecnología -sostiene Preciado- que pertenece al orden del control biopolítico y que, en tanto régimen de dominación social, corta, divide los cuerpos sexuados y circunscribe el placer a la estimulación de ciertas zonas erógenas ¿Cuáles son esas zonas erógenas? nos preguntaremos. Y sí, claro,  son aquellas zonas en donde se alojan los órganos reproductores. La reducción del cuerpo a esta diferencia sexogenérica reproduce la asimetría de las relaciones sociales, históricamente construidas. La sexualidad en la sociedad heteronormativa es profundamente ideológica y el discurso pornográfico un reproductor del saber/poder sexual por excelencia. 


La reducción del cuerpo a esta diferencia sexogenérica reproduce la asimetría de las relaciones sociales, históricamente construidas.


Las estructuras de relación genérica dentro del porno se retroalimentan y multiplican/clonan a las identidades sexuales, ayudados por las tecnologías que vehiculizan esas representaciones: cine, televisión, literatura, etc. De esta manera, los discursos respecto de lo sexual se encuentran de forma permanente en el centro de la escena con el fin de delimitar biopolíticamente a los individuos, corregir cuerpos, moldear sexualidades que encajen en esa legitimidad discursiva. 

El valor de las prácticas sexuales se traduce en identidades que deben cumplir con el imperativo de ser dichas: todo lo que debiera pertenecer a la esfera privada hoy es de dominio público. Preciado llama a este tipo de estructura sociedad farmacopornográfica -actualizando a Foucault-, y es en ella donde se da la inversión definitiva del espacio público/privado, la industria sobre lo subjetivo, lo interior, lo íntimo, la pérdida de la propia soberanía corporal. Las tecnologías de poder se inscriben en los cuerpos. Son el cuerpo.

La industria pornográfica vehiculiza esa inversión y, en su dispositivo adoctrinador, los actos performativos explotan el plusvalor que se halla en la puesta en escena de los cuerpos y la repetición mecánica que provoca esa ilusión hiperrealista del porno mainstream: el círculo vicioso del placer como satisfacción frustrante. La producción de la libido capitalista se encuentra codificada en ese deseo que circula de cuerpo/objeto en cuerpo/objeto, generando la ilusión de liberación en un gesto que no hace más que perpetuar nuestra sujeción a la estructura. Este placer -capitalista- opera como valor de cambio en una sociedad -dice Preciado- regida por tecnologías que no solo son performáticas sino prostéticas: las representaciones funcionan como prótesis de las subjetividades.

La sociedad, entonces, funciona utilizando lo sexual como una distribución de gustos que se encuentra -indefectiblemente- atravesada por cierta idea de moralidad. La presencia del elemento moral aquí no es menor, ya que genera una transgresión ilusoria que, por supuesto, se encuentra contemplada, en tanto resistencia, por el mismo sistema y que, eventualmente, se traducirá en nuevas identidades sexuales que el sistema incorporará. Parece ser un sistema cerrado, sin escapatoria, ya que norma e interdicto son, a las claras, caras de una misma moneda. 


La producción de la libido capitalista se encuentra codificada en ese deseo que circula de cuerpo/objeto en cuerpo/objeto, generando la ilusión de liberación en un gesto que no hace más que perpetuar nuestra sujeción a la estructura.


Sin embargo, el recorte de los cuerpos delimita un adentro y un afuera de esa legitimidad sexogenérica impuesta, y mientras los discursos hegemónicos recogen lo que queda por dentro, los márgenes y los desechos que permanecen fuera son recogidos por la fértil y productiva cúpula del posporno.

La pospornografía se nos presenta como un campo en el que se puede deconstruir aquellas oposiciones binarias y hegemónicas del sexo que habitan en el porno convencional y las relaciones genéricas que construye. El discurso posporno habilita un uso subversivo de los dispositivos hegemónicos, pone de manifiesto los placeres y sexualidades de aquellos sujetos marginales, de las minorías y de las disidencias. En un gesto de resemantización, el posporno permite que en los discursos sobre la sexualidad se libre la batalla por el sentido, se resignifiquen las prácticas y emerjan representaciones de lo abyecto del sistema.

Si la sociedad pornográfica produce placeres rizomáticos, la dimensión performativa del discurso posporno funciona como una línea de fuga que condensa la transgresión real y encuentra el placer allí, en los márgenes de la cultura porno, en un plan de consistencia deleuzeano: el posporno, en toda su dimensión anticapitalista, genera puros devenires, indefiniciones, agenciamientos por sí mismos. 

En esta línea, el posporno funciona como una máquina de guerra que desterritorializa las prácticas sexuales y, sobre todo, las representaciones de esas prácticas y deseos impuestas por los dispositivos de poder sobre los cuerpos/sujetos: es la inauguración de nuevas prácticas relacionales que desarman la sujeción a un sistema de géneros y que de ninguna manera busca institucionalizarse como una nueva cultura relacional. 

Preciado mismo plantea en Manifiesto contrasexual ponerle fin a la naturaleza como origen que legitima este sistema sexogenérico mediante una serie de prácticas contra-sexuales que consistirían en reconocer la arquitectura política del cuerpo y desarmarla por completo -una meseta, un cuerpo sin órganos-, explorando otras prácticas que proporcionen placer alternativas al discurso hegemónico.


 Un excurso, un desvío de lo corporal y lo relacional a un fuera de foco en la sociedad farmacopornográfica.


Las manifestaciones pospornográficas también deben inscribirse dentro de este posicionamiento crítico frente a la sociedad y la representación porno. 

Mediante una multiplicidad de expresiones – audiovisual, fotografía, performance, artivismo- el posporno funciona trabajando sobre el discurso pornocapitalista:  desarticula lo normativizado e institucionalizado por la cultura y desarma la coherencia intrasistémica de sexo-género-deseo. El reordenamiento de estos elementos, puestos al servicio del placer, trazan la fuga hacia nuevos espacios, allí en donde solo se encontraban las abyecciones del sistema, aquello que no podía ser enunciado hacia el interior del discurso legitimante de las prácticas dictadas por el dispositivo de la sexualidad. Un excurso, un desvío de lo corporal y lo relacional a un fuera de foco en la sociedad farmacopornográfica

Arte y posporno

El posporno, dijimos, se construye como un campo de acción que no puede -ni quiere- ser definido para ingresar en la lógica clasificatoria de los dispositivos de poder. En ese sentido, podemos pensarlo como un territorio que no tiene límites, que constituye un sitio para nuevos agenciamientos, nuevos devenires. Un lugar que aloje una multiplicidad de representaciones sexuales que no necesariamente deban traducirse en identidades, sino que, simplemente, sean en sí mismas. No hay límite en los géneros y las formas que lo pospornográfico adopte para manifestarse. La reapropiación de las herramientas utilizadas por el discurso pornográfico se ponen al servicio de la creación de nuevos órdenes de sentido, visibilizando aquello que constituía los márgenes de lo sistémico, como por ejemplo lo hace Nadia Granados(*) – La fulminante– quien utiliza la estética propia del porno para denunciar sujeciones, opresiones y hasta narcotráfico y negociados políticos. La fulminante visibiliza la opresión de la sexualidad femenina, el mandato de la maternidad, la sujeción al discurso clerical, etc. 


Posporno como pura potencia de devenir: ¿qué cuerpos? ¿qué deseos se legitiman y se rescatan del terreno de lo abyecto de la libido hegemónica?


Si bien es cierto que existen numerosos colectivos de artivistas y performers posporno (aquí en Argentina y en el mundo entero), resulta interesante, también,  permitirse en base a todo lo expuesto, pensar fuera de los límites temporales y rastrear gestos pospornográficos en otras manifestaciones, en otras esferas del arte y en otras épocas. Pensemos en las obras de Copi, en las que nuevas sexualidades ponen de manifiesto la subversión genérica, el no-género en absoluto; incluso en las obras de la vanguardia de los años 20, en las que, acompañadas por una estética del desastre, se proponen nuevos órdenes corporales y genéricos.

¿Cuántas manifestaciones más conocemos que ponen en jaque los placeres pornocapitalistas? No me refiero a aquellos nuevos discursos que son susceptibles de ser reterritorializados, sino a los que verdaderamente son una potencia desclasificadora, ¿cuántas?

Posporno como pura potencia de devenir: ¿qué cuerpos? ¿qué deseos se legitiman y se rescatan del terreno de lo abyecto de la libido hegemónica?

El posporno aparece como un campo de acción en el que no solo pueden evidenciarse las desigualdades sociales en materia de género, sino como un lugar que puede alojar prácticas y lazos de comunidad, de reconocimiento mutuo y de generación de nuevas formas de habitar este mundo. El posporno es abarcador y no conocemos sus límites. El posporno era inmenso y nos estaba esperando.


(*) para conocer más sobre esta performer posporno podés ir por acá.


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