Orfeo y Eurídice – Rubens

Por Roma Godoy


Suelo escribir bastante sobre cine y, luego de tanto ejercicio, ya no representa para mí una gran dificultad encarar una reseña ni saber cómo plantearla, pero con este film las cosas no se dieron así. La última obra de la directora francesa Céline Sciamma (*) me impresionó cuando la vi y me vuelve a impresionar hoy cuando me siento a escribir algunas ideas que considero válidas para apreciar su contextura poética. Tal vez que me haya conmovido tanto sea la causa de que este texto no sea más que un laberinto lleno de interrupciones.

Para empezar expongo mi conclusión: este film es un ensayo sobre la mirada. Podrá parecer trivial afirmar que una película se preocupa por la cuestión de la mirada, pues qué película no lo hace. Sin embargo, el punto de vista que propone la directora es tan simple y hermoso que vale la pena prestar mucha atención al modo en que desarrolla su aproximación.

El cine es efectivamente un ensayo sobre la potencia performativa de la mirada, pero esta no es otra película sobre el cine. La autora eligió en cambio la pintura para hablar de una historia de amor prohibido entre mujeres. Con genialidad Sciamma establece una serie de mediaciones entre la mirada y el amor que nos permite arribar sin dificultad al núcleo vital de su obra.


Si mirar y ser mirados es tan importante para pensar la vida humana, entonces también necesariamente lo será para pensar el amor. ¿Y el arte qué papel cumple? Tal vez toque al arte crear el lenguaje que lo haga posible.


Antes de preguntarme por el amor me pregunto por la mirada, ¿por qué? Tal vez porque la mirada tiene mucho que ver con lo que somos como sujetos y como naturaleza. Los antropólogos tienen algunas teorías sobre la anatomía que apuntan en este sentido. El mismo Aristóteles enseñaba tres siglos antes de Cristo que el más valorado de los sentidos entre los hombres es la vista, y luego de él la sentencia no puede más que ser cumplida, y reafirmada una y otra vez. El imperio de la mirada encuentra, por otra parte, muchas confirmaciones a lo largo de la historia, pero este no es el momento ni el lugar para explayarse. Solo menciono que los estudios culturales de hace algunos años se han cansado de escribir al respecto, por lo que a los curiosos no les será difícil encontrar material para profundizar.

Si mirar y ser mirados es tan importante para pensar la vida humana, entonces también necesariamente lo será para pensar el amor. ¿Y el arte qué papel cumple? Tal vez toque al arte crear el lenguaje que lo haga posible .

***

La escena que considero central se encuentra justamente promediando las dos horas de la cinta. Tres mujeres en la intimidad de una cocina decimonónica discuten el sentido del siguiente texto:

(…)

y a Eurídice llaman: de las sombras recientes estaba ella

en medio, y avanzó con un paso de la herida tardo.

A ella, junto con la condición, la recibe el rodopeio héroe,  

de que no gire atrás sus ojos hasta que los valles haya dejado

del Averno, o defraudados sus dones han de ser.

Se coge cuesta arriba por los mudos silencios un sendero,

arduo, oscuro, de bruma opaca denso,

y no mucho distaban de la margen de la suprema tierra.

Aquí, que no abandonara ella temiendo y ávido de verla,

giró el amante sus ojos, y en seguida ella se volvió a bajar de nuevo,

y ella, sus brazos tendiendo y por ser sostenida y sostenerse contendiendo,

nada, sino las que cedían, la infeliz agarró auras.

Y ya por segunda vez muriendo no hubo, de su esposo,  

de qué quejarse, pues de qué se quejara, sino de haber sido amada,

y su supremo adiós, cual ya apenas con sus oídos él

alcanzara, le dijo, y se rodó de nuevo adonde mismo.

(…)

Es imposible no compartir la indignación de una de ellas por la debilidad de Orfeo, que contra las advertencias del dios del inframundo no es capaz de contener su impulso de voltear la vista en dirección a su amada. ¿Acaso desconfió del deseo de su joven esposa de volver a gozar de los frutos del sol? Y en las puertas de la vida la pierde por toda la eternidad.


la imagen rebelde se resiste a su forma original y la mímesis termina por ser solo una excusa para la libertad del espíritu.


Otra de las mujeres igualmente consternada por la imperdonable incontinencia de poseer a Eurídice se pregunta si no fue aquel gesto una decisión del artista que prefirió la memoria a la presencia. Sugiere que el poeta Orfeo prefirió el arte al amor: la imagen prima sobre la realidad que dice representar, la imagen rebelde se resiste a su forma original y la mímesis termina por ser solo una excusa para la libertad del espíritu, que se elige a sí misma antes que a la obstinación de la materia perecedera.

Surge de la dialéctica de estas tres mujeres una lectura más para hacer inteligible el acto fatídico. Por qué no suponer que la misma Eurídice fue quien llamó al esposo. ¿No pudo ser ella la que prefirió la muerte del cuerpo y la libertad del amado?

***

Los tres retratos de Héloïse

La joven debe casarse con un hombre al que desconoce para cumplir con el mandato familiar. Incumplir con su deber se encuentra fuera de su horizonte de sentido. Sin embargo, Héloïse intuye una zona de libertad al que se aferra con todas sus fuerzas.

Un retrato debe ser entregado como parte del contrato entre las dos familias: la imagen de la joven es garantía de que ella cumplirá con su papel de esposa. Dado que la mujer se niega a ser pintada, la tarea ha de permanecer en secreto para poder cumplirse. A su vez deberán ocultar la verdadera identidad de quien ha sido elegida para llevarla a cabo. Marianne entonces es presentada como una dama de compañía encargada de que las horas de Héloïse sean menos tediosas en aquel lejano rincón de Francia dominado por la naturaleza.

Retrato de una mujer en llamas

Algunas pocas escenas bastan para perfilar un mundo exclusivamente femenino donde los varones poco tienen que hacer. No por nada estos solo aparecen al principio y al final de la cinta cumpliendo roles auxiliares que posibilitan simplemente el desarrollo de la trama. Queda claro que para Sciamma son absolutamente prescindibles. Este mundo de mujeres busca deliberadamente interrumpir el orden predominantemente masculino de la vida para descubrir una comunidad autosuficiente donde la colaboración mutua parece ser la regla.

Volviendo a la tarea de Marianne, dado que no cuenta con la modelo debe dedicarse primero a memorizar su cuerpo. Todo el tiempo que compartan lo destinará a fijar en su imaginación sus ojos, su boca, la forma de su oreja, el modo en que sus manos se posan una sobre la otra. Luego recluida en la soledad de su habitación contando tan solo con la luz de las velas la vuelca sobre el lienzo. Es el oficio aprendido de su padre el que hace posible la realización casi metódica del primer retrato.


Solo el amor puede revelar los rasgos auténticos del otro, parece querer decir Sciamma.


Mientras tanto las dos jóvenes se enamoran. Un viaje de la madre les habilita la libertad que necesitan para descubrir qué hay verdaderamente detrás de aquellas miradas que se dedican mutuamente. En la película se plantean como si fueran pocos días, no más de una semana, pero en la vivencia de ambas, y en la del espectador, este amor pareciera extenderse durante una vida entera. Todo es tan dulce y calmo que los instantes se dilatan plácidamente 

La tarea de Marianne finalmente está cumplida poco después que Héloïse conoce el verdadero motivo de su llegada. Ante su retrato sucede que no se ve en él. Y cómo encontrarse si hubo demasiados velos que se interponían a su verdadera forma. El reconocimiento del amor mutuo había transfigurado a las dos mujeres y exigía retomar el encargo desde el principio. Marianne entonces borra el rostro que no pertenece a su amada en un gesto de impotencia: era aquella pintura maldita la que las unía para luego separarlas.

Existe, entre tanto, un primer cuadro sin rostro que también debe ser destruido, devorado esta vez por el fuego. Captar la identidad de la joven fue imposible para un pintor anterior que dejó inconclusa la obra: era un cuerpo sin cabeza. Solo el amor puede revelar los rasgos auténticos del otro, parece querer decir Sciamma. Quizá debemos concluir que fue Marianne la que concedió a Héloïse una representación completa de ella misma. Quizá esta sea su verdadera obra, completarla a través de su amor permitiéndole un acceso a sí misma y haciéndola libre.

El tercer retrato es el definitivo y de él no se puede volver. La aceptación de lo irremediable se sella con la última pincelada, pero también la experiencia del amor. Los caminos de la vida no siempre conducen a tal experiencia, haberlo sentido en la carne propia es un privilegio del que muchos quisieran gozar. Tal vez no sea todo pérdida, tal vez Orfeo no se equivocaba.

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Última escena: Héloise llora conmovida por el tercer movimiento del Estate de Antonio Vivaldi. Se encuentra sentada en la platea de un hermoso teatro sin saber que Marianne la observa. Nunca más aquellas dos mujeres se volverán a cruzar. 

La tempestad musical es la nave en la que las amantes recorren los paisajes acuáticos de la memoria. Su amor imposible se conserva porque es amor, la imposibilidad que lo determina no es más que una circunstancia irreparable que paradójicamente lo rescata del ritmo modesto de la vida cotidiana para hacerlo trascender. ¿Qué trasciende el amor? El cuerpo, el tiempo y la muerte. Un amor imperecedero vale como arquetipo celeste que orienta en la noche del mundo, pero no satisface a todos los amantes ni podría hacerlo, pues este está hecho de carne deseante y desamparada: antes que perderse en un cielo estrellado prefiere acariciar la mano de aquel o aquella que lo desvela.


El artista tomará la materia y la transformará, y hará de ella su criatura. La vida que le conceda abrigará la singularidad, imperfección y caducidad de quien la contemple.


En cambio puede ser que el artista, como Orfeo, se arroje a otro abismo y escoja la memoria a la presencia. Su arte consistirá en crear imágenes de lo posible. El artista tomará la materia y la transformará, y hará de ella su criatura. La vida que le conceda abrigará la singularidad, imperfección y caducidad de quien la contemple.

***

Concluyo esperando que no se confundan mis sugerencias de lectura con la preciosa obra de Céline Sciamma. Tanto ella como yo luchamos con los límites del signo. También al lector le tocará luchar. En ese sentido siempre es más bello escuchar. Ahora vuelvo al silencio luego de intentar la difícil tarea de decir algo sobre la mirada, el arte y el amor.


(*) Portrait de la jeune fille en feu, Céline Sciamma, 2019 (Francia).


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