Ph: Mariana Yablon

Por Martina López


Existe la idea de que quienes escriben literatura los realizan un “acopio” para su trabajo. Se trata de entrar en una modalidad vital de observación, de sorpresa, tanto en la lectura como en la vida cotidiana, que permite recolectar diferentes elementos, anécdotas, imágenes, que luego estarán disponibles para ser utilizadas en la escritura de un texto. En muchos talleres de escritura hablan de esta “recolección”, que puede hacerse tanto cuando se leen libros como cuando se viaja en colectivo, se camina por la calle o se está en una reunión familiar. En el primer caso se trataría de desmenuzar la escritura de les autores que nos sorprenden, que nos emocionan, que nos perturban, para comprender sus mecanismos de trabajo – “cómo lo hacen”- y también succionar de sus obras todo lo que nos llama la atención, empaparnos de la literatura que consumimos, dejar que se filtre en nuestra escritura. 

En el caso de las vivencias, sería estar en un estado de alerta o de “distanciamiento” (sin jamás perder la sensibilidad) que permitiría observar las acciones, las relaciones, las palabras de quienes nos rodean, de quienes conocemos y de quienes no, de los objetos, de la ciudad, del mundo, a través de un filtro distinto al de la costumbre. Tal forma de percepción permitiría una concepción poética del mundo, hasta de lo más banal, y esto podría llevar a ideas e imágenes “escribibles”. 

El resultado del acopio que realizan les escritores son formas de archivos. A veces pueden ser archivos mentales, depósitos reflexivos donde quien escribe va guardando y clasificando materiales que más adelante utilizará para su escritura…o terminará desechándolos, o dejándolos olvidados en un rincón oscuro de su cabeza, su cuaderno o su computadora. Lo interesante de este tipo de archivo es que, aunque pareciera estar conformado sólo por ideas, en realidad, al igual que otras colecciones y acervos, lo componen materiales completamente diversos: de distintas texturas, duraciones, orígenes. No faltan en él los recuerdos de la infancia, imágenes difusas de objetos utilizados, palabras que riman, admiraciones, fotografías, versos leídos, sonidos, gestos, la musicalidad de un texto, fragancias, ambientes, dolores, paradojas, rostros desconocidos, preguntas… ¿qué no se utiliza en la escritura? ¿qué cosa puede considerarse un material no literario?

Un archivo socialmente legitimado está conformado por diversos objetos e informaciones que se considera que tienen importancia para la memoria de su comunidad. Son lo que hay que guardar para la posteridad. Implican una cierta forma de percibir y definir el mundo y permiten ser observados siempre desde distintos puntos de vista. Por ejemplo: un archivo personal, si fue manipulado y organizado por su “protagonista”, expresa una mirada sobre sí misme, la imagen que se quiere dejar a la quien lo consulte está implícita en todo lo que la persona decidió resguardar y lo que eliminó, en cómo organizó los elementos, etc. En los archivos nacionales o institucionales sucede lo mismo, son también representaciones de determinada sociedad que se resguardan para la historia. “Monumentos”, diría el medievalista Le Goff en uno de sus artículos. ¿Quién decide allí qué se guarda y qué no? ¿Quién hace el recorte? Por suerte, el paso del tiempo, las investigaciones y el cruce con otros archivos van permitiendo que los objetos adopten nuevos significados y provean a la sociedad de nuevas informaciones. Por eso es importante pensar cómo se hace hablar a estos objetos que, expuestos o conservados, parecen permanecer totalmente mudos. 


El encuentro con el archivo es la percepción de la ambigüedad de los hechos, la necesidad de interpretación con conocimiento de que siempre será posible una reinterpretación.


Los archivos, entonces, no son un discurso uniforme sobre la historia de una persona, un país, una cultura, una institución (aunque muchos tengan pretensiones de mantenerse en un solo punto de vista). El encuentro con el archivo es la percepción de la ambigüedad de los hechos, la necesidad de interpretación con conocimiento de que siempre será posible una reinterpretación. Los archivos permiten siempre – o deberían hacerlo – su re-organización, el constante enriquecimiento de sus informaciones, el rearmado del rompecabezas, el cruce con otros archivos… Esto lleva a veces a un cierto desborde, que pone en duda el recorte temático de los archivos: millones de objetos podrían ocupar un lugar en millones de archivos distintos, por el simple hecho de que la vida es un entramado de elementos e historias que se cruzan entre sí y no una determinada cantidad de compartimentos estancos que flotan en la nada. La importancia de los objetos, de las personas, de las historias es su condición de convivencia, de coparticipación en algo común que los une, los cruza y les permite la construcción de la dinámica social.

Sin embargo, volviendo a la “definición” de la noción de archivo, hay un fuerte preconcepto de que los archivos son lugares muertos donde objetos aburridos y secos se llenan de polvo. No es el propósito de este texto pensar cuáles son las razones por las cuales existen estas ideas, aunque cualquiera puede imaginarlas. Sí lo es pensar en un interesante cruce que puede darse entre el arte y los archivos, que dé lugar a la animación de estos espacios. El teatro, el cine (y todas las disciplinas indisciplinadas dispuestas a hacerse su “acopio” para la producción artística) trabajan de múltiples formas en obras que intervienen documentos. Esto suele devenir en nuevas posibilidades de pensar la historia y de recuperar la memoria. Permiten que los archivos no sólo se dediquen a conservar los objetos con el fin de inmortalizarlos. Si bien es importante su conservación como documentos y testimonios históricos que permiten comprender el pasado, el presente y el futuro, muches archivistas y conservadores creen que, si los acervos se componen de elementos orgánicos o degradables que el tiempo envejece y que un día desaparecerán, no se puede evitar ese proceso. Su exhibición, su conocimiento, son muy importantes también. Sin duda, si se guarda un objeto es para que se lo conozca, se lo piense y sea accesible al público. Si se resguarda un objeto como importante para una sociedad, toda esa sociedad tiene derecho a conocerlo y a conocer las causas por las cuales este objeto tiene un valor patrimonial. En este sentido, esas causas no sólo varían constantemente con el tiempo, el contexto y según quién lo percibe: también pueden variar por una intervención artística que cuestione estas “razones divinas” que nos hacen sentir obligados a conservar algo. Se cae entonces de maduro, que las causas de la conservación del patrimonio documental son convencionales: un objeto “efímero” tiene mayor valor que uno que todo el mundo conservó, un libro dedicado tiene mayor valor que uno intonso… todo lo que de alguna forma participó de nuestra historia adquiere un valor (que tiene una confusa determinación entre lo patrimonial y lo comercial). Interesan aquí entonces las obras que no sólo cuestionan el aura, la inmortalidad y el sentido original de los objetos conservados en los archivos sino también las obras artísticas que trabajan con archivos de lo cotidiano, de lo “mundano”, de la “gente común” y recuperan la memoria comunitaria para reescribir la historia desde otro lugar. Para, además de sacar del pedestal a esos objetos que parecían divinos, poner en funcionamiento mecanismos que dinamizaron la vida pasada. Podría pensarse, en ciertos casos, en una recreación – siempre parcial – de la realidad. Esto no sólo permite repensar las prácticas institucionales que van definiendo nuestra cultura sino también nuestras concepciones de la propia historia, la propia cultura, los relatos, la vida en comunidad, entre otros. Poner a vivir y darles voz a esos elementos de la memoria utilizando los procedimientos poéticos nos hace encontrarnos de otra forma con eso que ya vimos… convertir la unión de dos viejas fotografías en metáfora, el montaje de antiguos videos en ironía, el relato del recuerdo en metonimia. Que la memoria no se encuentre solo en la vitrina inmóvil sino también en el “poner a rodar” la memoria: el diálogo entre los objetos y la vivencia, la experiencia, la práctica, el relato. 

Hay múltiples ejemplos de este tipo de trabajos, solo por mencionar uno, el ciclo Archivos Intervenidos, en el cual el Museo del Cine con el apoyo del Archivo General de la Nación convocó a diverses cineastas a editar piezas fílmicas de su acervo, como cortometrajes didácticos, para crear nuevas obras. Esto no sólo ayuda a llamar la atención sobre la importancia de la digitalización de sus materiales, sino que además da lugar a novedosas formas de leer y reinterpretar imágenes interviniendo su propia forma y dándoles nuevamente lugar en la pantalla. Uno de los ciclos ofrecía como material a intervenir Cine Escuela Argentino, un proyecto creado en 1948 por la Secretaría de Educación de Argentina durante el primer gobierno de Perón que promovía el uso del cinematógrafo como “auxiliar didáctico”. También realizaron una versión del proyecto en la que los estudiantes de distintos colegios intervinieron fílmicamente fragmentos del noticiero cinematográfico Sucesos argentinos. Esa experiencia dio lugar a que les jóvenes conocieran una forma en que se pensaban y representaban sucesos de la realidad político-social hace casi un siglo y que imaginaran cómo podrían modificar esos materiales de forma tal que expresaran su forma de pensar esos hechos hoy en día. 


“Que la memoria no se encuentre solo en la vitrina inmóvil sino también en el “poner a rodar” la memoria: el diálogo entre los objetos y la vivencia, la experiencia, la práctica, el relato.


Fernanda Pinta, por su parte, en su artículo “Puesta en escena, puesta en serie. Prácticas artísticas y curatoriales en el teatro argentino contemporáneo” (2015) también describe una experiencia en esta línea. Ferrowhite es un Museo compuesto por una colección de piezas ferroviarias que se rescataron de la privatización de las empresas de trenes nacionales. Para poder dar cuenta de la historia de estos objetos, se entrevistó a trabajadores del rubro que reconstruyeron su utilización y el contexto de ese trabajo. Se convocó a Vivi Tellas, quien dirigió el proyecto de teatro documental Nadie se despide en White, donde diversos espectáculos protagonizados por estes “protagonistas de la historia” comparten sus archivos y experiencias con los espectadores, sus relatos personales sobre sus propias vidas. Se cruzan, en la recepción de la obra, la vida personal y la historia general a través de la escucha y de la percepción de un cuerpo vivo (con sus gestos, miradas, silencios) que va rescatando la memoria frente a los ojos de los espectadores. Esos relatos construyen un contexto y una historia a los objetos, todo con el fin de contar y repensar. De juntar las piezas que están dispersas para armar y reamar las múltiples formas que adopta nuestra memoria. Los archivos públicos pueden ser pensados, entonces, como parte del espacio de los archivos del acopio de los artistas. Desde las instituciones nacionales, provinciales, municipales, se pueden abrir los acervos como material de producción de experiencias a través de las cuales el público se encuentre con las historias desde nuevos puntos de vista, para poder pensar cómo vive (o preferiría vivir) su realidad actual.


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